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Segundo e Isabel: Entre el amor y la violencia

Cuando yo tenía como dieciséis años, Segundo empezó a trabajar con una señora que vivía cerquita, entonces él la ayudaba a arriar en mula el arroz hasta Puerto Coca, que en ese entonces no era el caserío que existe ahora, sino que ahí quedaba una sola casa a la que le decían La Bodega; ahí llegaba todo el mundo a depositar el arroz y el resto del pueblo era un pajonal. En una de esas arriadas, yo me encontré con Segundo en Puerto Coca, me acababa de bajar de un Johnson con un montón de gente, porque en esa época no había camino para llegar a Coco, que era donde la gente iba a comprar los víveres, entonces tocaba embarcarse en el río. En eso, Juan Ledesma, el esposo de mi mamá que era muy celoso conmigo y trataba de fregarme cuando mi mamá se iba de la casa, me vio hablando con Segundo y pareció como si lo hubiera puñaleado; se paró, cogió su mochila de víveres, se la echó a la espalda y arrancó y se fue. Al rato veníamos ya en el camino, montada yo en la mula de una señora, cuando me sale este man de entre un pajonal y me coge con un cinturón y écheme fuete, hasta que yo le cogí el cinturón y nos fuimos los dos al suelo. De buenas que en ese momento nos alcanzó Segundo, que venía por el mismo caminito y empezó a gritar que qué pasaba, que me soltara, entonces Ledesma me soltó y arrancó, pero me seguía gritando cosas.

Segundo me preguntó: “Isabel, ¿y tú qué vas a hacer? ¿Para dónde te vas a ir ahora, para donde tu mamá a que te sigan pegando, o te vienes conmigo?” Y yo le dije así nada más, que me iba con él, sin nosotros tener palabra de casarnos ni nada; sencillamente me bajé del mulo de la señora, me despedí de ella y me subí al de Segundo y arrancamos juntos para arriba, para Aguas Frías; eso fue el 5 de noviembre del año 1961.

Mi nombre es Isabel Arrieta, yo nací en Sucre, pero me vine a Tiquisio, Bolívar como de 7 años con mi mamá y dos hermanos. Llegamos al Coco Tiquisio porque mi mamá estaba buscando mejorar la economía, porque como éramos solo mujeres y nosotras estábamos pequeñitas, la situación estaba templada, entonces mi mamá se empleó cocinando y lavando. Al tiempito de llegar, mi mamá conoció al señor Juan Ledesma, se casaron y nos fuimos a vivir a La Hamaca, que es una veredita de aquí de Tiquisio, bien bonita.

El problema fue que Ledesma no hizo más que meterle cucarachas a mi mamá, diciendo que yo ya estaba con Segundo hace tiempo a escondidas; total que a la semana siguiente ya estaba mi mami allá en el Coco Tiquisio esperándonos con la demanda puesta por lo que yo era menor de edad y Segundo me llevó sin habernos casado, entonces lo cogieron preso. Él estuvo allá metido en la comisaría del Coco durante tres semanas, pero era Ledesma el que lo tenía ahí y quería obligarnos a casarnos, pero yo le decía que la culpa la tenía él, porque yo no tenía pensado casarme, sino que a mí me tocó salirme de allá porque él me tenía humillada. Al tercer domingo firmamos un montón de papeles con un testigo y esas cosas y al fin dejaron salir a Segundo y nos devolvimos para Aguas Frías; y ya estuvimos juntos desde ese día, hasta hoy. Como a los seis meses sacamos a mi mamá de allá porque Ledesma le estaba dando muy mala vida, y Segundo le construyó un ranchito al lado del nuestro para que viviera tranquila.

De ahí para adelante tuvimos una vida muy buena; en el año 1962, nació Isabel, nuestra primera hija. Luego en 1965, nació Beatriz, y el tercero fue Pedro, que nació en el año 1967, y así sucesivamente hasta que completamos los diez.

 

Yo creo que aquí varias personas murieron del corazón, ¿oyó?

 

El cuento empezó a cambiar como en los noventa, al principio los manes del ELN solo pasaban y uno los veía por ahí, pero poco a poco se nos fueron metiendo hasta que terminaron casi que viviendo con nosotros, porque se nos metían a las casas y nos decían “compañeros, necesitamos el fogón para cocinar” y ¡ay! De que uno les llegara a decir que no o a hacer mala cara; entonces ya se nos volvió costumbre tenerlos entre nuestros ranchos comiendo, durmiendo, escampando, cualquier cosa era pretexto para metérselos, y tras de todo, comerse nuestras cosas.

En el año 1995, Segundo y yo nos casamos y nos bajamos para el corregimiento Puerto Coca, a la finca Villa Doris, que hacía un tiempito una gente la había cogido y la había parcelado porque estaba abandonada, entonces nosotros compramos una parcelita ni muy grande, ni muy chiquita y nos vinimos para acá con los hijos menores porque ya los mayores estaban hechos.

Al tiempo nos tocó dejar esa casa sola porque la guerrilla se puso a traer todo el ganado que se robaban y a meterlo a nuestras tierras.

 

 

A Segundo le tocó irse para Magangué a la casa de una de nuestras hijas y a los ocho días me fui yo para allá también; acá se quedaron tres de nuestros hijos: José Segundo, Pedro y Neilson. Lo que pasó fue que un concejal de Tiquisio le prometió a la comunidad que si quedaba electo, iba a dar cincuenta láminas de zinc para armar la escuelita de Villa Doris, porque como existe un pleito por quién es el dueño de estas tierras a pesar que nosotros llevamos acá un pocotón de años, el Gobierno ha cogido eso de excusa para no darnos nada, ni alumbrado eléctrico, ni escuelita, ni vías, ni ayudas, ni nada. La comunidad le votó al tipo y ganó, pero no cumplió, entonces los del ELN bajaron a buscar a Segundo que era el presidente de la Junta de Acción Comunal de Villa Doris; ellos vinieron preguntando que qué había pasado con la escuela y Segundo no tuvo más opción que contarles, con ellos toca así siempre. Luego estuvieron amenazando al concejal diciéndole que le cumpliera al pueblo a pesar de que Segundo les pidió que no lo hicieran porque no quería que la gente creyera que él y la Junta de Acción Comunal tenía algún vínculo con esos señores.

Como lo que los elenos decían no era un favor sino una orden, después de un tiempo, a Segundo, al tesorero y al secretario les tocó ir a recoger las tejas y unos bultos de cemento, aunque Segundo no quería ir, a él eso no le daba buena espina. Y así después de un tiempo los paramilitares llegaron a buscar a Segundo diciendo que el concejal los había mandado a matar al señor Turizo porque él era un guerrillero. Afortunadamente Segundo ese día estaba para afuera arriando un ganado y no lo encontraron, pero sabía que tarde o temprano lo iban a volver a buscar hasta que lo encontraran para matarlo.

Después de todo eso y de estar viviendo en Magangué, nos devolvimos a Villa Doris porque si yo me iba a morir, me moría en mi tierra y con mis hijos, pero no me iba a morir de hambre por allá, porque además, cuando uno es desplazado siempre le dicen que le van a llegar ayudas y qué va, le dan a uno un mercadito o dos, ¿y el resto del tiempo uno qué come si uno por allá no conoce ni sabe hacer nada?.

 

El problema es que en medio de la guerra,

parece que lo peor que uno puede hacer es ser bueno,

porque ahí empiezan a venir los problemas encima.

 

 

En el año 2003 nació Proceso Ciudadano por Tiquisio. Nuestro hijo José Segundo se metió en todo el rollo y empezó a formarse como líder; él era un pelado muy inteligente, sabía leer y escribir muy bien y hablarle a la gente, entonces rapidito se convirtió en uno de los hombres de confianza tanto del padre Gallego, que vino a ayudarnos en ese año, como de la comunidad; eso lo llamaban a cada rato para viajar por todo el país a reuniones, a dictar charlas, a talleres.

A nosotros nos han llegado muchas versiones de por qué mataron a José Segundo, pero ninguna es segura y además ninguna nos consuela; algunos dicen que lo mataron porque él administraba un trapiche que era del Proceso Ciudadano por Tiquisio y los paramilitares querían este terreno donde estaba el trapiche para esconderse, otros, que lo mataron por sapo, por ser líder, y hay los que dicen que al pelado lo mataron por error.

Ahora el que está metido en todo el cuento del Proceso es Pedro, otro de nuestros hijos que siempre acompañaba a José Segundo a las reuniones; él nunca se educó formalmente en los programas que trajeron para los líderes, pero igual ya había aprendido muchas cosas. A mi me da miedo ver a Pedro en esas también, pero recuerdo todas las vidas que ayudó a salvar mi pelado.

Pues sí, esta ha sido nuestra vida, a veces ni yo me creo que hayamos pasado por tantas cosas malas: que muévase de un lado para otro, que la amenaza por acá, que nos va a hacer daño el uno el otro. Lo bueno es que tenemos una familia grande, que hemos podido seguir unidos, a pesar de los problemas, solo nos falta mi pelado… Pero lo bueno es que los que quedamos todavía tenemos ganas de luchar y ya no nos vamos a separar, y si nos sacan, nos sacan a todos, y si nos matan, pues nos tendrán que matar a todos juntos.

Servicio Jesuita a Refugiados

Lo bello y la hospitalidad en los momentos límites de la vida

 Cada año, retorna esta misma fecha fatídica para Haití y para los verdaderos amigos y amigas de este pueblo caribeño: el 12 de enero. Ya pasaron nueve años: de 2010 a 2019. Es como si el tiempo se detuviera. Seguimos oyendo el mismo “llanto y rechinar de dientes”, como si se hubiera cumplido exactamente a las 16:53:09 hora local del 12 de enero de 2010 el apocalipsis, tan anunciado por Jesús y otras voces mesiánicas.

 De hecho, aquel día fue el “fin del mundo” para 300 mil personas aproximadamente, quienes se encontraban en el momento y lugar equivocado– en Puerto Príncipe y las zonas aledañas afectadas por el sismo- realizando distintas actividades, descansando en casa, comprando o vendiendo en la calle o en mercados y negocios privados, tomando un café o almorzando, charlando o peleando con amigos, vecinos, parejas, trabajando en sus oficinas, en colegios o en la universidad.

 La muerte los sorprendió, con su acostumbrada buena puntería, para darles la estocada, dejando en el corazón de las y los sobrevivientes tanto dolor que (1) la memoria busca aliviar aun traspasando sus límites, pero que (2) el mismo corazón desea a veces olvidar. Sin embargo, (3) en estos momentos límites de la vida se encuentra también lo bello para una mirada atenta que (4) sepa discernir la verdadera solidaridad: otro nombre de la hospitalidad.

 

1. La memoria ante el dolor

 Cuando retorna esta fecha aciaga cada año, gran parte de los haitianos (creyentes y no) organizan o asisten a lo largo del día a actividades religiosas y espirituales intensas –y otros sustitutos- para intentar enfrentarla y/o simular el intento: jornadas de oración, ayunos, misas especiales, ceremonias vudú, eventos artísticos, visitas de recogimiento a los lugares, barrios, edificios, donde desaparecieron –o “se supone” que desaparecieron- sus seres queridos, etc.

 El haitiano cuenta con un gran repertorio de estrategias para recordar, es decir, “volver al corazón” (tal como lo indica el origen de esta palabra en latín re-corderis), de tal modo que el recuerdo le ayude a vencer el dolor. Al igual que otros pueblos descendientes de esclavizados africanos, Haití es un país tejedor de memorias luchadoras, resistentes, resilientes, rehabilitadoras, terapéuticas que se acostumbran a recoser o zurcir -en el continente exilio del Nuevo Mundo- la existencia desarraigada, la identidad negada y la cultura diseminada por la trata negrera y la colonización, con los hilos rotos, las huellas y las borraduras de los recuerdos del África de origen imaginada y recreada perpetuamente en la danza, la palabra y el arte. Es uno de los más importantes trabajos de reingeniería existencial, artística y cultural (llamado por algunos “creolización” o “creolidad”) que el mundo haya conocido.

 Sin embargo, cuando duele tan fuertemente el corazón, la memoria -por más estratega que sea- no sabe qué hacer, ya que se encuentra más allá de sus propios límites. No tiene pues ninguna posibilidad de ganar en un combate cuerpo a cuerpo. ¿Qué puede entonces hacer sino amortiguar el impacto del dolor para ayudar al corazón a no plegarse y a resistir?

 Efectivamente, en estos momentos límites la memoria se convierte en una caja de resonancia para recibir el primer golpe asestado por el sufrimiento y así dejar que éste- una vez modulado y amortiguado- haga eco en todo el corazón. De esta manera, el corazón no se expone tan directamente y de lleno al dolor y puede sobrellevarlo, como el órgano biológico-musical ya de por sí vulnerable que es.

Con esta estrategia, si bien la memoria no hace nada en un sentido activo (se hace pasiva): simplemente deja resonar en ella la plegaria abigarrada, confusa y estrepitosa de llantos, gritos, lamentos, quejidos que pasan por ella para ir directo al corazón pero como un eco modulado (ayudando al corazón a resistir); por eso, al no hacer nada, lo hace todo. Es resistencia pasiva.

 Gracias a esta estrategia que permite al corazón resistir el dolor, él puede convertir el poderoso eco en palabra articulada. Entonces, el asunto- cuyo recuerdo hace sufrir al corazón pero de manera suficientemente controlada- requiere de una larga conversación (la expresión creole koze mande chèz significa que el tema de la conversación exige que se tome asiento): la palabra se desata y pide una audiencia; el equivalente de audiencia en creole haitianolodyans designa no sólo un público, sino también todo un género “oraliterario”. Y cuando el corazón toma la palabra, esto va para largo.

 Volviendo al 12 de enero, este día puede llegar a ser incluso cacofónico en Haití, al menos en algunos lugares de sus ciudades, ya que la gente aprovecha la ocasión para hablar sin cesar recordando lo que hacían unas horas o unos minutos anterior o posteriormente a la tragedia, contando lo que les ocurrió a sus seres queridos muertos, narrando lo que vieron y escucharon.

 Hablar recordando y recordar hablando se vuelve uno solo: ambos traman un círculo virtuoso que recorren frecuentemente los haitianos ante la rememoración de los momentos difíciles que les tocó vivir. Se necesita de todo un día y aún más para –en este tramo- desenrollar el corazón, desnudar el alma, desenredar el nudo en la garganta.

 De niño, yo solía escuchar a mi mamá durante todo un día hablar de su vida- de la infancia a la edad adulta-, mientras preparaba la comida, lavaba la ropa, limpiaba la casa, recibía visitas, se bañaba, tomaba su café, comía su almuerzo, iba a dormir. Un día entero para recordar, narrar e incluso “performar” cantando o escenificando, mientras exponía su autobiografía y se detenía en algunos momentos para exteriorizar sus disgustos, alegrías y esperanzas, interpretar situaciones y eventos que vivió, tomar posición (perdón, agradecimiento, olvido, rencor) frente a las acciones de fulanomengano a favor o en contra de ella. Era un desfile de su vida entera.

Con la estrategia de resistencia pasiva de la memoria, la caótica materia del recuerdo bajo el eco modulado del dolor se hace texto en la textura embriagante de la oralidad y en el complejo tejido de lo cotidiano; ya que a lo largo de la narración relatada por el corazón, incluso los eventos que no tienen sentido y –por lo tanto- habrían podido fácilmente plegar la fragilidad y vulnerabilidad de éste (como la muerte, la maldad y el mismo terremoto) se hacen inteligibles o comprensibles.

2. Querer olvidar para siempre

 

Sin embargo, después del terremoto del 12 de enero de 2010, hay todavía quienes tenemos el corazón extremadamente dolido y las heridas aún vivas o en proceso de cicatrización, y sentimos de vez en cuando la tentación de borrar esta fecha del corazón porque su reminiscencia remueve los escombros dolorosos de la memoria, destempla las entrañas, dobla los pliegues y repliegues del alma.

El corazón no quiere pues seguir exponiéndose al eco de tanto sufrimiento (por más modulado y aliviado que sea por la memoria), al rememorar a nuestros seres queridos muertos, desaparecidos o que perdieron un brazo o una pierna, al remembrar todo lo visto presencialmente, o a través de los medios de comunicación o por medio de los testimonios de sobrevivientes. No, no, no…

 Esta fecha mueve todas las capas geológicas de nuestra historia: como país, como ciudad, como familia, como individuo. Marca un momento en que la vida humana fue llevada a sus límites ante tantas pérdidas humanas en unos pocos segundos (el tiempo puede ser mortal): un momento límite que excede lo humanamente soportable y todo sentido posible. ¿Para qué seguir recordando? ¿Por qué no olvidar para siempre?

 Sin embargo, lo que el terremoto dejó tras su paso devela también lo bello que puede haber en los momentos límites que plantean tantas preguntas instando a olvidar, a “tirar la toalla”.

3. Lo bello en lo “humano, demasiado humano”

 

Si bien los minutos posteriores al paso del terremoto dejaron un espeso humo blanco que cubría Puerto Príncipe y sus alrededores. Este humo blanco, que se levantó como un enorme fantasma sobre la capital haitiana tras el terremoto, envolvió todo el paisaje en un silencio literalmente sepulcral, bajo una oscuridad paradójicamente deslumbrante, a la sombra de Dios y de todos los espíritus del vudú.

Era pues el fin de lo que hasta ahora se conocía como Puerto Príncipe: una ciudad que albergaba en aquel entonces más de 3 millones de personas en un caos, con sus cinturones de miseria, sus paisajes desolados, sus construcciones anárquicas y sus carencias en materia de infraestructuras y servicios de base. Pero aun así, este monstruo urbano no nos dejaba de seducir con la mejor demostración que se podía hacer humanamente de la férrea voluntad de vivir, esperar contra toda esperanza, cultivar el arte (pintar, escribir, hacer música), disfrutar de cada día como si fuera el último, apostarle al futuro. Y esto, en medio de una gran precariedad económica, de la indiferencia y corrupción de la clase política, de la falta de imaginación de las élites del país y del círculo vicioso de la ayuda internacional.

Eduardo Galeano describió maravillosamente esta mixtura paradójica, cuando habla de “el talento de sus artistas [los de Haití], magos de la chatarra capaces de convertir la basura en hermosura”. Puerto Príncipe era el ejemplo acabado de esta magia no sólo artística, sino existencial de convertir la basura -en que progresivamente se ha convertido Haití, prácticamente desde su independencia en 1804 hasta hoy – en hermosura: la hermosura de la existencia, en particular, de millones de jóvenes (Haití es un país de jóvenes), mujeres –muchas de ellas, madres solteras y jefas de hogar- y campesinos, quienes se las “ingenian” de manera muy creativa (como si fuera un trabajo estético) con los pocos medios a su disposición para vivir lo más alegremente posible, sacar adelante la familia y el país, hacer la vida más llevadera en el hogar para todos, llevar a cuestas la esperanza bajo el yugo incierto y caprichoso del trabajo informal y de un futuro sin horizonte.

En fin, la magia de convertir un país cada vez más enmugrecido – con la inmundicia de cosas que podrían ser tan buenas en otras latitudes como la “política”, la “ayuda humanitaria”, la “cooperación internacional”, la “religión”- en la hermosura de resistir activamente contra la corrupción, por una educación universitaria de calidad y –cuando no se puede hacer nada- buscar con la misma dignidad la esperanza y el futuro bajo otros cielos menos inclementes. Esta resistencia se convierte pues en un acto estético que invierte la chatarra del actual orden de las cosas para imaginar otras realidades posibles. Es también una poética de la existencia que aspira a recrear la vida y la esperanza.

4. La verdadera solidaridad

 

Por otro lado, poco a poco tras el terremoto, y en medio del llanto, de la desesperación, del dolor, de la desorientación, del pánico y de la zozobra aquí y allá, dentro y fuera de Haití (no era para menos)… en medio de este momento límitebrotó la solidaridad entre las y los mismos haitianos que se ayudaban entre sí para salir debajo de los escombros, sacar a las personas atrapadas en las casas y los edificios, brindar los primeras ayudas médicas, buscar a los desaparecidos. Solidaridad que se fue ampliando a los países vecinos caribeños- Cuba, República Dominicana, Puerto Rico-, a las repúblicas latinoamericanas hermanas -Colombia, Venezuela, México, Brasil, Chile, etc.- y a otras naciones del mundo.

 Pareciera que los momentos límites, como éste, contradicen contundentemente la idea tan arraigada según la cual el hombre es un lobo para el otro hombre (decimos en creole haitiano chen manje chen). Sugieren más bien que la ingenuidad y la superficialidad están del lado de quienes creen que la solidaridad en el mundo de hoy es un cuento de hadas y que –cuando se presenta- nunca viene sola (es como si el lobo se disfrazara de oveja).

Al contrario, estos momentos develan que lo “bello” puede también coexistir con lo “humano, demasiado humano”, es decir, estar en medio de, en contra de y a pesar del egoísmo, el odio, la indiferencia, la hostilidad y de tantos errores yhorrores de nuestra historia y de nuestra humanidad.

Revelan que no todo está perdido y que es posible (re)construir la humanidad, (re)hacer la existencia, (re)crear la vida, (re)coser los tejidos rotos de la fraternidad, (re)edificar una sociedad más incluyente, más justa y reconciliada consigo misma y con el medioambiente.

Una diferencia no menos importante entre estos dos extremos (lo “humano, demasiado humano” y lo “bello”) y en su gran escala de múltiples grises puede estribar en el discernimiento de la mirada, a saber: en qué miramos y qué no miramos, dónde ponemos el relieve.

Por ejemplo, ver filas y filas de contenedores esperando días y horas desde el lado dominicano la apertura de la frontera común con Haití para llevar comida y ayuda humanitaria a los damnificados del terremoto no deja de maravillar a quienes conocemos de cerca las dificultades de convivencia que ha habido en la isla compartida por ambos países. Y miren: el vecino fue el primero en ayudar.

Ver aterrizar el 14 de enero de 2010 (dos días después del terremoto) a dos aviones del gobierno colombiano en Puerto Príncipe con –además de kits de ayuda humanitaria y de materiales de medicina- perros entrenados y socorristas expertos en situaciones de emergencia y gestión de desastres para detectar y salvar a personas atrapadas bajo escombros… esto tiene sabor a felicidad.

Ver a los médicos cubanos en misión en Haití trabajar de una manera tan impresionante (con muy pocos materiales) para atender masivamente a los heridos… no hay palabras para describir esto.

Y ver tantos gestos profundamente humanos –que sería imposible traer a colación aquí y ahora- en este momento límite para el pueblo haitiano muestran elocuentemente que la solidaridad no consiste en dar al otro que sufre (o al pobre) lo que nos sobra, sino en compartir con él lo más valioso que se tiene y –sobre todo- que se es, estar con él, preocuparse por él, ocuparse de él, ser para él, cuidarlo.

En definitiva, la verdadera solidaridad es otro nombre de la hospitalidad: este viejo arte del encuentro acogedor, dignificante y humanizador entre seres humanos. Un arte que se requiere tanto en el mundo globalizado de hoy, que puede ser a veces tan hostil con el otro diferente (principalmente el que es pobre) considerado “indigno” de ser tratado como un ser humano igual con los mismos derechos fundamentales y la misma dignidad. Vivimos pues a todas luces una crisis de hospitalidad, ante la cual estos gestos arriba mencionados nos inspiran para seguir teniendo fe en la humanidad y en nuestra capacidad para mirar y crear lo bello incluso –y sobre todo- en los momentos límites y en medio/a pesar/en contra de los errores y horrores de lo “humano, demasiado humano”.

 

Wooldy Edson Louidor

 

 Leipzig, Alemania. 11 de enero de 2019. 

Profesor e investigador del Instituto PENSAR de la Pontificia Universidad Javeriana (Colombia). Actualmente está doctorando en Filología en Institut für Romanistik- Universität Leipzig (Alemania).

Servicio Jesuita a Refugiados

“Saberes y sabores del Tigre, Bella Doris”

Recetas de cocina y medicina tradicional

Dentro de la apuesta del área de Prevención de la regional Magdalena Medio, dirigida a la construcción de nuevas culturas de paz territorial, arraigo y memoria, se construyó la herramienta “Saberes y sabores del Tigre, Bella Doris”- Recetas de cocina y medicina tradicional” junto con un grupo de mujeres de la vereda el Tigre-Bella Doris del municipio de Tiquisio – sur de Bolívar que el JRS acompaña desde 2016 a través de la implementación de huertas familiares y producción de especies menores.

Este grupo de mujeres alza su voz y manifiesta su resistencia por la permanencia en el territorio ante el conflicto de tierras que han tenido que enfrentar de manera comunitaria desde hace varios años ante un hombre que reclama ser propietario de los terrenos de la vereda.

Sus saberes en la transformación de productos cosechados y su compromiso con el traspaso de los mismos a las siguientes generaciones recopilan un conjunto de relatos en relación a la familia-el campo-el fogón y la comunidad.

 

Servicio Jesuita a Refugiados

Don Jose Uriel y sus 7 vidas

Ronda por ahí, el mito de que los gatos pueden tener entre 7 y hasta 9 vidas. Se dice que es por ser un animal, ágil, veloz, inteligente y fuerte. Características que les permiten poder salir ilesos o escapar de situaciones peligrosas que, para otros animales podría ser una muerte segura.

 

A veces los mitos pueden volverse realidad, o eso parece en la vida de José Uriel, campesino de 69 años oriundo de Marquetalia, Caldas que durante su trayecto de vida ha sobrevivido a siete desplazamientos forzados, siete lugares diferentes, mudándose de pueblo en pueblo, yendo de un país a otro y regresando a Colombia en el 2015. Quizá para vivir su séptima vida en el país donde todo comenzó.

Su primer desplazamiento fue en el 2001, en el municipio de Tibú, Norte de Santander, zona azotada históricamente por el conflicto armado colombiano. Don Uriel llevaba años en su parcela trabajando, tenía gallinas, cerdos y abundante ganado. Sin embargo, José Uriel recuerda que un viernes a la 1 de la tarde llegaron las Autodefensas a su finca. —Yo le clamaba al señor donde estaba escondido, que se llevaran todo, menos que me fueran a ¡matar un obrerito! y ¡llévense todo! pero que no me vayan a hacer daño, ni dañar a un obrerito, porque tremendo.

Y así fue, José Uriel, con su parcela quemada y sin animales, llegó a otra parcela en Caño Cinco, para rehacer su vida. Sin embargo, no pasó mucho tiempo, para que las Autodefensas en el 2005 irrumpieran de nuevo en la vida de José Uriel, intentando acabar con ella —¡Yo soy ese señor que buscan! ¡Pero yo no soy ese guerrillero o me ven camuflado o están muy mal informados! — comentaba José Uriel.

Golpes, muertes, torturas y un sinfín de abusos y desprotecciones sufrió José Uriel y su familia aquel día. —Nos tocó salirnos porque se trajeron al hijo mío, al mayor pa Tibú todo torturado (…) me toco salirme de allá, votar esa vaina allá y dejar eso allá y venirme a vivir acá [Venezuela]. El hogar acabado prácticamente –

Y así, con su nueva compañera optan por una tercera vida, cruzando la frontera hacia Venezuela, para pasar la tormenta y los estruendos que no cesaban en Colombia, intentando escampar de la violencia. Llegaron a Guasdalito, Estado Apure, donde fueron a solicitar Refugio en Venezuela y lo obtuvieron. Fue una pequeña victoria que les permitió calmar tanto sufrimiento en Colombia, amparados bajo la figura de refugiados.

Aunque José Uriel se encontraba al otro lado de la frontera, pareciera que los vientos lo perseguían y la nube tormentosa de nuevo lo acechaba. —Estando en Guadualito llegaron unos manes preguntando por mí y todas esas cosas y dijo la señora de la casa [donde estaba viviendo José Uriel] “¡No. el señor salió!” Y según me dice la señora, [las personas que lo buscaban dijeron:]“¡Ah, pero se nos volvió a escapar ese viejo!”. Entonces yo llegué de donde estaba trabajando y le dije a mi compañera ¡vámonos de aquí!

En su cuarto intento por huir de la tormenta, llegaron a un pueblo que se llamaba el Calabozo, Estado Guárico. Ahí no duraron mucho tiempo pues José Uriel no logró encontrar un trabajo para sostener a su familia. —Nos fuimos para allá y sinceramente ¡fue un calabozo! – exclamaba José Uriel entre risas.

Del Estado Guárico, pasaron a la ciudad de Caja Seca, Estado Zulia donde parecía que el quinto intento era por fin el último. Allí José Uriel y su familia vivieron por más de 13 años. Las cosas mejoraron, adquirieron una propiedad y lograron por fin mantener un poco de tranquilidad en sus vidas. —Descanso, fue mucho descanso, señorita.

Y aunque Venezuela fue su nuevo hogar por un largo tiempo, para el 2015 ese país afrontaba una crisis humanitaria donde los medios de vida y los servicios básicos poco a poco fueron colapsando, la inflación ya no permitía costear lo mínimo para vivir y cada vez más se sentía el desabastecimiento de alimentos, medicamentos y productos básicos. Ese mismo año, el presidente Nicolás Maduro decidió en agosto, de manera unilateral, cerrar la frontera con Colombia declarando el estado de excepción en los estados limítrofes y procediendo a las deportaciones masivas de ciudadanos colombianos.

José Uriel y su familia sintieron los estragos de la crisis. Fueron violentados por la Guardia Venezolana, donde les quitaron todo lo que habían construido en ese país. —¡Allá hay una cosa muy tenaz! una cosa muy tenaz pasó lo que pasó aquí [Colombia], aquí llegaban los paramilitares y si veían si la finca estaba buena, o que el fulano tenía ganadito entonces lo fichan como guerrillero para quitarle las reses, entonces es tenaz, es tremendo. ¡Lo mismo pasó allá! [Venezuela] Allá supuestamente la misma autoridad se presta para todas esas vainas, como pasa aquí—.

Y sin nada, sin donde dormir o comer, se desplazan nuevamente hacia Colombia, intentando escampar de la fuerte tormenta en Venezuela. Con lo único que llegaron fue con un montón de esperanzas y documentos que certificaban sus nacionalidades colombianas y haber sido víctimas del conflicto armado.  Aun así, estos documentos no han sido una garantía para acceder a sus derechos, donde después de 18 años, siguen esperando las ayudas de la Unidad de Víctimas. Sin embargo, las esperanzas persisten —Yo tengo la ilusión— comenta José Uriel.

Ya en Cúcuta, José Uriel no tiene la posibilidad de regresar a Tibú, lo que una vez fue su hogar en Colombia. El conflicto en la zona no cesa, se sigue recrudeciendo y José Uriel aún siente miedo de las amenazas que le costaron su hogar en Colombia:

Uno pues está amenazado por esa gente y no puedo volver a la finca que tuve en Tibú, el problema es en Tibú, y en Tibú las cosas están horribles hoy. (…)  Yo dijera no, pues yo me reubico y me voy para mi finca, pero ahora con ese conflicto tan sumamente tenaz. Resulta y pasa que, según los comentarios de la gente, dicen que toda la disidencia de los paramilitares que quedaron, ingresaron a los Pelusos, entonces hay una confusión sumamente tremenda, los paramilitares están incluidos con los Pelusos y el ELN está combatiendo contra ellos—

Sin alternativas, José Uriel se desplaza de lugar en lugar en la Ciudad de Cúcuta tratando de encontrar un techo para vivir. Algunas personas los alojaron por 15 días, otros días alquilaron una cochera, otros días en unas piecitas y ahora se encuentran viviendo en el Barrio Camilo Daza.  En esos momentos José Uriel a través de la Defensoría del Pueblo conoce al Servicio Jesuita a Refugiados en el primer semestre de 2017.

El JRS ha acompañado a José Uriel y su familia, a través de asesoramiento jurídico, como derechos de petición frente a la ley de Víctimas, trámites para acceder al SISBEN y afiliación a la salud, acceso a nacionalidad para sus hijos y acceso a educación. Así mismo ha contando con atención humanitaria para mercados, arriendos y una bombona. Todo lo anterior, acompañado también de apoyo psicosocial para él y su familia. —Llegamos con la problemática de empapelar a los niños, entonces ya el compañero Germán y Paola se enfocaron sobre esa situación y gracias al señor ya están registrados y están estudiando —

José Uriel, ya establecido en Cúcuta, después de tanto recorrer, escapando de tantas tormentas, sigue estando firme, con paso fuerte, sus sueños no descansan. Puede que, para su séptima vida, José Uriel pueda cumplir su deseo de volver y trabajar en el campo, y que esta vez pueda rehacer su vida, sin tener que correr tanto. —Yo quisiera que de pronto, lo primero que todo, lo primordial ante todo es la casita y una fuente de trabajo, sea una parcelita, pero de campo—

Sus pasos son ejemplos de las constantes ambivalencias de la frontera colombo-venezolana, donde los momentos de crisis interna de los países (conflicto armado en Colombia y crisis humanitaria en Venezuela) dejan a múltiples familias en medio de fuegos cruzados. Fuegos cruzados, que dan paso al desplazamiento como única opción para escampar de las recurrentes desprotecciones.

Servicio Jesuita a Refugiados

Lionel no podía llorar

—¡Mamá, el niño no puede llorar mucho porque le duele el corazón!— gritaba Leonardo a su mamá cuando Lionel, su hermanito bebé comenzaba a llorar y ella estaba ocupada. Frente a esa situación había dos opciones: o Yenny, la mamá de los niños, iba y arrullaba al pequeño Lionel para tranquilizarlo, o Leonardo usaba su ingenio y creatividad para entretenerlo. En todo caso lo más importante era que el  pequeño Lionel no llorara.

Yenny Moreno es la madre de Leonardo, Leandro y Lionel. Leonardo tiene 6 años, Leandro tiene 5 y Lionel tiene 1. Junto con su esposo, conforman una familia proveniente del Estado Mérida en Venezuela.

—A él le escuchaban el corazón y se le escuchaba muy raro— dice Yenny recordando el 29 de septiembre de 2017, cuando Lionel nació y los médicos lo examinaron para saber a qué se debía ese extraño sonido en su pecho. El diagnóstico fue que Lionel había nacido con una cardiopatía congénita que consistía en una estrechamiento de una arteria y un soplo en el corazón.

La situación médica era compleja y Lionel requería con urgencia una cirugía para ensanchar la arteria afectada. Sin embargo, la máximo que se logró en Venezuela fue que su caso entrara en una lista de espera que con el tiempo debería atender el Estado Venezolano.

Lionel no podía llorar porque cualquier emoción o actividad que le pudiera agitar el corazón lo afectaba por su cardiopatía. No obstante, evitar que un recién nacido llore es una tarea casi imposible. No hay nada más natural en un bebé que su impulso por llorar porque tiene hambre, sueño, ganas de hacer chichí o cualquier otra cosa. La única que lograba tranquilizarlo del todo era su mamá y tal vez por eso, Lionel no se le despegaba en ningún momento.

Yenny es una mujer joven y sonriente que irradia tranquilidad y amor. Al igual que su hijo menor, Leonardo y Leandro están alrededor de ella casi todo el tiempo, como cuidándola mientras ella también los cuida. Por su acento habla rápido, pero su tono de voz es suave, como si acariciara cada palabra. Su actitud es serena mezclada con tenacidad y valentía por todas las luchas que ha tenido que afrontar  frente a las burocracias colombiana y venezolana.

—Mi esposo, mi hermana, el bebé y yo decidimos venirnos en diciembre— cuenta Yenny. —Nosotros tenemos la costumbre de que los niños estén felices en esa época pero nada, no había para nada, ni para la hayaca ni para nada. Entonces dijimos ¡vámonos por ellos! y nos vinimos por ellos—.

Yenny, su esposo y Lionel llegaron el 6 de enero a Colombia buscando una mejor situación económica para su familia y mejores condiciones de salud para Lionel. En Venezuela ya no tenían con qué comer y pasados tres meses del nacimiento de su hijo no lo habían operado.  Mientras ellos se establecían en Colombia, Doña Carmen, la mamá de Yenny, se quedó en Mérida con los dos hijos mayores. Con cada día que pasaba Yenny sentía más miedo por la salud de Lionel.

 

***

Don Carlos Moreno nació en Cúcuta, Norte de Santander, en Colombia. En su juventud migró hacia Venezuela donde se conoció y casó con la venezolana Carmen Rondón, la mamá de Yenny. Sus  hijos nacieron en Venezuela y vivió allá, en el municipio Libertador del Estado Mérida durante 30 años que culminaron hace pocos meses, cuando regresó a Colombia. Su caso hace parte de los más de 250.000 colombianos que en el pasado migraron a Venezuela y ahora han tenido que retornar por las dificultades que ese país afronta.

Hoy don Carlos, su esposa y varios de sus familiares viven en una casa en el municipio colombiano y fronterizo de Villa del Rosario. En total, allí  viven 23 personas —entre las que están Yenny y su familia— que poco a poco han ido llegando de Venezuela y se han ido acomodando en la casa. Aunque están un poco apretados de espacio, tienen un techo donde dormir y la cercanía y apoyo que la familia puede brindar en momentos difíciles.

Muchos de los familiares de don Carlos han tenido que dejar en Venezuela todo lo que tenían y llegar a Colombia sin empleo, sin dinero, sin orientación y sin saber cómo empezar una nueva vida.  —Llegamos aquí y fue duro, porque tampoco teníamos ni para comer— cuenta Yenny, —empezamos a vender café pero no nos daba… mi esposo intentó otros trabajos pero nada. Entonces él dejó de trabajar en eso y ahora vende chupetas ahí afuera en la carretera—.

Fue allí cuando el JRS comenzó a acompañar a toda esta familia. Se les entregaron bonos de alimentación y elementos para cocinar. —Nosotros no teníamos dónde cocinar porque acá no había cocina, no había fogones, nada, entonces ustedes me llegaron con una cocina y una bombona— relata Yenny.

Los 23 integrantes de esta familia no solo deben enfrentarse al reto de reconstruir los cimientos de su vida, sino que además no tienen garantías ni protección para hacerlo por no ser colombianos. La falta de  nacionalidad los hace vulnerables a la desprotección de sus derechos fundamentales.

Sin embargo, gracias a que don Carlos y sus hermanos sí son colombianos, ellos pueden darle la nacionalidad a sus hijos y sus hijos a sus nietos. Pero el trámite es lento,  engorroso y costoso, pues don Carlos debe viajar a Venezuela a reclamar las partidas de sus hijos y esperar a que se las entreguen. El JRS lo apoyó económicamente para hacer el viaje a Mérida el 16 de agosto de 2018, pero un més después de estar allá no había recibido los papeles. Durante ese tiempo, familiares de él como el pequeño Lionel han visto vulnerados sus derechos fundamentales.

 

***

 

Lionel es moreno y tiene ojos grandes de color café oscuro. Su cabello es ondulado y también es café. Sin separarse de los brazos de su mamá, observa todo su alrededor y parece tener claro quiénes están cerca de él, qué están haciendo y qué dejan de hacer. Es curioso. Sus hermanitos mayores, que parecen mellizos y a veces se visten (o Yenny los viste) igual,  juegan con él, lo consienten y lo estripan para abrazarlo.

Aunque Lionel no sabe qué es Venezuela o Colombia ni sabe que él es venezolano, su salud sí ha sido afectada por la nacionalidad. —El bebé se me enfermó acá en Colombia y yo lo llevé al médico porque tenía como mucha gripa, moquito, lo congestionaba más y yo lo veía más mal y él se agitaba— cuenta Yenny. —Y allá (en el Hospital Erasmo Meoz) me lo dejaron más que todo por lo del corazón. (…). Pero los doctores me lo dieron de alta y me dijeron que siguiera buscando por fuera, por el IDS (Instituto Departamental de Salud) —.

Esa primera vez que Lionel estuvo en el hospital duró un mes en urgencias. Los médicos se dieron cuenta de que lo urgente no era la gripa, sino la cirugía que debieron haberle practicado desde recién nacido. Sin embargo no se la hicieron porque no había quién la pagara. Sin ningún tipo de afiliación al sistema de salud, el bebé hace parte de la Población Pobre no Asegurada, el término jurídico con el que se conoce en Colombia a aquellas personas sin ningún tipo de afiliación a la salud.

La salud es un derecho fundamental y por ello, incluso cuando no hay afiliación al sistema de salud, los Estados deben garantizar la atención médica de cualquier persona. En el departamento de Norte de Santander, en Colombia, el Instituto Departamental de Salud (IDS) es el encargado de otorgar la atención a la Población Pobre no Asegurada. No obstante, los recursos de esta entidad son escasos y por ello se ponen trabas para cubrir algunos gastos médicos. La cirugía de Lionel costaba 230 millones de pesos y en el hospital decían que no se la podían hacer por el costo. El IDS no la pagaba.

En ese momento Yenny se acercó con la historia médica de Lionel a la oficina del JRS  y allí la acompañaron y asesoraron sobre cómo exigir la protección a la salud de su hijo. Con el apoyo del Servicio Jesuita a Refugiados se hizo una tutela para pedir que a Lionel se le practicara la cirugía que después de 10 meses de vida no se le había realizado. A los 10 días el juez falló y obligó al IDS a pagar la operación para proteger “el derecho a la salud en conexión a la vida” de Lionel.

Si bien el fallo de la tutela fue favorable, aún quedaba camino para que Lionel por fin fuera operado. El IDS no se comunicaba con Yenny para programar la cirugía y no pagaban el procedimiento al hospital. Entonces se presentó ante el juez un desacato por el incumplimiento que el Instituto estaba haciendo del fallo.

—Para mí fue muy duro ahorita para que me lo operaran— cuenta Yeny —con Lionel he sentido mucho miedo, pero está bien gracias a Dios—. Tras el desacato el IDS comenzó a cumplir parcialmente la tutela. Remitieron a Lionel a una clínica privada para que allí lo viera un cardiólogo e inicialmente solo le iban a cubrir un cateterismo. No obstante, la orden del juez solo se cumplía hasta el momento en que a Lionel le operaran su cardiopatía. Finalmente el 17 de agosto le hicieron la cirugía y el 27 del mismo mes salió de la clínica.

Por esos días llegó a Colombia doña Carmen con Leonardo y Leandro —porque ellos nos extrañaban mucho— cuenta Yenny. Después de la cirugía de Lionel y la llegada de los niños la angustia de Yenny empezó a disminuir. Sin embargo, hoy está en los engorroso trámites para que a Lionel le hagan los controles médicos del postoperatorio y le brinden los medicamentos esenciales que debe tomar por su condición. Hoy sigue esperando que a su papá le entreguen las partidas en Venezuela para que ella y sus tres hijos accedan a la nacionalidad colombiana.

A pesar de la espera por los medicamentos y controles médicos, Lionel se encuentra mejor. —Ahorita después de la operación Lionel ha estado más tranquilo— cuenta Yenny —Si llora es porque quiere comida o tiene sueño, pero ya está más tranquilo. Ya no se agita, ya se ríe y ya camina porque antes no—.

Tras los meses de constante angustia, Yenny hoy tiene otros motivos para preocuparse. —Ahorita lo que pasa es que no me quiere comer. Lo obligó a comer porque no quiere. Quiere es estar pegado a mí— dice Yenny. —Del caldo le gusta es la papa, entonces le digo “si se como una o dos cucharadas, le doy la teta”. Entonces lo piensa, hasta que me lo recibe—.

Tal vez Lionel no quiere separarse de su mamá porque el vínculo creado entre madre e hijo es muy intenso. Se ve en la forma en que se miran. Se nota en que Lionel no se le despega nunca. Se siente en ese amor tan recíproco entre los dos que se ha materializado en las luchas que Yenny enfrenta por su hijo.

—Lionel para mí es una bendición, o sea, todos mis hijos, pero él no sé, él es con el que más he sufrido, pero también me he levantado— dice Yenny conmovida. Seguro que para Lionel su mamá también es una bendición, porque aunque él no sepa de países, trámites o fronteras, sí sabe quién es su mamá. Yenny es la mujer que lo ha protegido, que lo consuela y que le permitió por primera vez llorar tranquilamente.

Servicio Jesuita a Refugiados

Caminar

 

Cuando se le pregunta a Iris —¿cuál es tu sueño?— ella no lo duda. Por un momento pierde la timidez y responde con seguridad —mi sueño ahorita es poder caminar—.  Aunque tiene nueve años y nunca lo ha podido hacer, su situación médica no ha sido un impedimento para volar alto y soñar lejos.

Dianid Florez tiene cinco hijos. Jose Miguel y Mary Johana son los mayores, Iris es la del medio, y Ángel Daniel y Keyler Lionel son los menores. Todos viven juntos en Cúcuta, Norte de Santander y provienen de Socopó, Estado Barinas, en Venezuela.

El rostro de iris refleja alegría y tranquilidad. Con su sonrisa un poco tímida, deja que se asomen los huequitos que la caída de los dientes de leche le han dejado. Sus ojos, oscuros, grandes y expresivos brillan tanto que alejan de su vida cualquier lamento sobre su condición médica. No le gusta que los demás la vean con aflicción, porque como su hermana afirma —Iris no es una niña especial—.

—Iris nació con un problema en la columna, pero desde que la operaron de eso, le empezó a subir el líquido al cerebro y le dio hidrocefalia— cuenta Dianid. Desde ese momento, cuando la niña tenía un mes de nacida, Iris ha pasado por tres cirugías más. Algunas por la hidrocefalia y otras de la columna. Por ambas situaciones médicas ha necesitado a lo largo de su vida controles con especialistas y medicamentos.

En Venezuela la situación económica y social cada día se iba tornando más difícil. —¡Realmente allá el dinero no alcanza para nada!— cuenta Dianid. —¡La canasta alimenticia no se conseguía! Uno llegaba a un supermercado a comprar una harina, y tenía que hacer una cola como de dos días para ver si alcanzaba a comprar—. Ante esa circunstancia, Dianid comenzó hace dos años un vaivén entre Colombia y Venezuela en el que iba a Cúcuta a conseguir lo que su familia necesitaba y luego lo llevaba a sus hijos que aún estaban en Socopó.

La situación médica de Iris también se empezó a ver afectada por lo que ocurría en Venezuela. —A ella tenían que hacerle controles—, cuenta Dianid —pero los especialistas dejaron de funcionar en el hospital y ahora solo funcionaban en centros privados, (…) pero no alcanzaba el dinero para pagar privados—.

Era cuestión de tiempo que Iris se enfermara y Dianid no encontrara la atención adecuada para su hija en Venezuela y ese día llegó. —Un día ella se me enfermó y entonces me vine para Colombia— cuenta Dianid, —allá para uno hospitalizar a un niño tenía que comprar desde el catéter y de ahí para arriba, pero yo no tenía cómo comprar eso—.

Frente a ese panorama, Dianid decidió emprender la travesía de viajar con su hija enferma, durante 6 horas y media, desde Socopó hasta Cúcuta. Fue una decisión difícil, pero era la única alternativa que quedaba. Dianid no ha sido la única, muchas familias venezolanas se ha visto en la misma situación de migrar a Colombia por la falta de protección de sus derechos.

Una vez en Cúcuta Dianid llevó a su hija al Hospital Erasmo Meoz. Allá la hospitalizaron durante poco más de un mes. La niña salió sintiéndose bien y sin ningún dolor, pero los médicos no le explicaron con claridad a Dianid por qué Iris había estado enferma.  Hoy, ni Iris ni Dianid saben a ciencia cierta qué fue lo que le pasó en ese episodio.

—He estado bien después de que salí del médico— dice Iris, nuevamente con timidez. Y según cuenta su mamá, efectivamente Iris ha estado sana desde que salió del hospital, pero no ha podido tener las terapias, ni los controles médicos con los especialistas que deberían verla y hacerle seguimiento. Si bien Dianid pudo resolver en Colombia la urgencia médica que tuvo su hija hace algunos meses, se lamenta que la niña —desde Venezuela no había podido tener controles con los especialistas y acá tampoco los ha podido tener—.

—Yo me enteré del JRS cuando estaba acostada con la niña en la camilla— cuenta Dianid recordando el momento en el que Iris estaba hospitalizada.  —Llegaron a visitarme, me tomaron los datos, y me empezaron a ayudar. Ahorita me consiguieron unos medicamentos y me ayudaron a conseguir unos exámenes—

Hoy Dianid ya se estableció en Colombia con sus cinco hijos a pesar de las dificultades que tuvo para encontrar alojamiento. Debieron caminar mucho y tocar muchas puertas porque eran rechazados por la cantidad de niños que había en la familia. Una vez encontraron hospedaje, fue necesario adecuarlo para tener los servicios básicos. Allí, el JRS los apoyó con elementos para la cocina, bonos de mercado y pañales.

—Describiría a mi hermanita como una niña muy inteligente, ordenada, sentimental— dice Mary Johana, la hermana mayor, sobre Iris. Dianid complementa a su hija diciendo —Sí, Iris es sentimental (…)  Y en la casa pues le gusta hacer muchas tareas. (…) sumar, restar, colorear y a hacer dibujos—.

Iris es una niña responsable y ordenada con su ropa, su cuarto y sus cosas, y le exige la misma responsabilidad a su hermana, con quien comparte habitación. Además, entre risas Dianid cuenta que cuando los hermanos de Iris llegaban del colegio en Venezuela, ella —de una vez los regañaba: “vaya y se baña. Póngase a hacer tareas, ¡Jesús, las tareas!”—.

Iris también es una niña decidida. A pesar de las limitaciones que tiene por no poder caminar, le gusta hacer sus cosas. No le gusta que todos estén detrás de ella ni que le digan que no puede hacer algo. Cuando eso ocurre, Iris replica diciendo —¡Que sí puedo!—.

En este momento, Dianid e Iris están a la espera de que el Estado Colombiano les otorgue el PEP (Permiso Especial de Permanencia) al que tienen derecho por haberse censado en el RAMV (Registro Administrativo de Migrantes Venezolanos). Una vez tengan ese permiso, Iris podrá inscribirse al Sisbén para comenzar los trámites necesarios para las  terapias y la cirugía que necesita para poder caminar. Una vez tengan ese permiso, Iris estará más cerca de cumplir por fin su sueño de caminar.

 

Servicio Jesuita a Refugiados

Cuando los derechos no migran

Por toda la casa va caminando un niño sonriente de 2 años y 11 meses. Se mueve de un lado a otro tratando de llamar la atención de las nuevas personas que visitaban su casa. Va al cuarto donde está un primo y le pide que juegue con él. El primo juega con él. Luego sale y va a la cocina llorando para que le den comida. Le dan comida. Finalmente regresa a la sala y Selena, su mamá, ya sabe que quiere que lo alcen y lo alza. Con el bebé, tranquilo sobre su regazo, comienza a relatar lo que ha vivido su familia en el último año.

—La situación se puso muy crítica en Venezuela— empieza a relatar Selena. —Ya no daba ni para comer, ni para vestir, ni siquiera para decir: “le voy a comprar un caramelo al niño” porque no alcanza, así usted trabaje todo el mes, no alcanza—.

Brianneyker Méndez es el niño que está en el regazo de Selena. Tiene tres años, y es el único hijo de ella y su esposo, Jesús Méndez. Los tres viven actualmente en Cúcuta, Norte de Santander. Son una familia proveniente de Socopó, Estado Barinas en Venezuela, que migraron por la difícil situación que enfrenta ese país.

En Venezuela Jesús era mecánico de motos. Con su empleo podía sostener  a su familia, pero el dinero que ganaba le alcanzaba cada vez menos para comprar lo necesario. Ante la crisis económica, decidió migrar para conseguir un empleo en otro país, ganar en otra moneda y enviarle dinero a su familia. Escogió irse a Perú. Un conocido de él, que también era mecánico, se había ido para allá y le estaba yendo muy bien. Entonces Jesús vendió todas sus herramientas de trabajo, reunió el dinero de los pasajes y faltando una semana para partir comenzaron las dificultades.

—Resulta que en esos días [antes de viajar] le había dado una fiebre muy fuerte, muy fuerte, y le reventó como un herpes— relata Selena sobre lo que le ocurrió a Jesús en su ojo derecho. —Él pues ya tenía el viaje. Había vendido todas las herramientas y no teníamos más que hacer. Estábamos como entre la espada y la pared. Entonces él decidió comprar unas góticas para la irritación porque no sabíamos realmente qué tenía y se fue—.

 El viaje de Jesús a Perú duró siete días. Siete días en los que el estado de su ojo iba empeorando.  Una vez llegó, alcanzó a trabajar una semana en construcción, pero luego tuvo que ir al hospital a que le trataran su ojo. Todo el dinero que había ganado en una semana tuvo que invertirlo en medicamentos, pues los médicos le explicaron que el herpes que le había dado en Venezuela estaba muy avanzado y le causó una bacteria que perforó su córnea.

 —Él no tenía ayuda de nadie allá— cuenta Selena, —el único muchacho que le estaba ayudando también trabajaba… Decidimos entonces que yo me viniera para acá [Cúcuta] , y que él  también se viniera—.

Jesús llegó desde Perú al hospital Erasmo Meoz, en Cúcuta. Los médicos le dijeron que la bacteria estaba muy avanzada, y de urgencia le hicieron un procedimiento para detener el deterioro de su salud. Según cuenta Selena, fue un procedimiento sencillo que consistió en que —de la misma córnea de él, le quitaron un pedacito y le taparon la perforación—.

Tras ese procedimiento, Jesús necesitaba más operaciones y citas médicas para recuperar plenamente su salud. Sin embargo, cuenta Selena (quien ya había llegado a Cúcuta) que en el hospital le dijeron: —“nosotros no la  podemos ayudar más porque aquí el sistema es así, y él no es colombiano, él no tiene cédula colombiana”—.

Sin saber qué más hacer, Selena y Jesús viajaron a Venezuela con la esperanza de que allá lo operaran. En ese país, una doctora les colaboró y le hizo una de las operaciones que Jesús necesitaba en su ojo. Cuando regresaron a Colombia, el JRS los apoyó con una cita médica de oftalmología en donde el médico les explicó que debían esperar seis meses más, para evaluar la evolución de la cirugía que le hicieron en Venezuela y continuar con las demás operaciones.

En ese momento, Jesús y Selena se acercaron a la oficina del JRS donde los orientaron sobre cómo acceder al derecho a la salud en Colombia. Debían inscribirse en el censo RAMV (Registro administrativo de migrantes venezolanos) que hizo el gobierno colombiano, para luego sacar el PEP (Permiso especial de permanencia) e inscribirse con ese documento al sistema de salud. Ellos se censaron en el RAMV, y ahora están a la espera de los demás trámites para acceder a la salud.

Selena sigue sentada con el niño en sus piernas. Su hijo y su esposo, que está parado a espaldas de ella, la escuchan atentamente. Selena habla rápido por su acento, pero cuando recuerda los momentos más difíciles de su historia, acelera más cada palabra. Culminando su relato, Selena dice —gracias a Dios [Jesús] ha estado estable, pero tiene un año que él no puede hacer nada. No puede trabajar, y pues se nos ha complicado todo un poco debido a eso—.

Con esmero Selena cose con dos máquinas antiguas para obtener algo de dinero y Jesús le ayuda a un muchacho en lo que puede para sustentar a su familia. No es fácil la situación: deben cubrir los gastos de su familia, los medicamentos de Jesús y construir nuevamente su vida en un nuevo país.  A pesar de las dificultades siempre tienen un motor que los impulsa  a enfrentar cada reto —la familia y mi hijo— afirma Selena —o sea, como sea, ¡pero estamos juntos, unidos!—.

En Colombia los venezolanos que no están en situación regular no tiene acceso pleno a la salud. Solo pueden acceder a los centros médicos cuando tienen una urgencia. Allí los estabilizan, pero no les brindan los medicamentos o procedimientos posteriores a la urgencia, a pesar de que el derecho a la salud abarque más que la atención de una situación inminente. Así, la falta de seguimiento oportuno a afecciones sencillas como la que le dio a Jesús en Venezuela, desemboca en graves problemas de salud como el que él sufre hasta el día de hoy.

—La única posibilidad que vemos es luchar poco a poco mientras le sale la afiliación al sistema de salud— dice Selena, —y pues gracias a Dios, Jesús se pueda operar—. Mientras tanto, su hijo, el niño que estuvo en el regazo de Selena durante toda la historia y que en este momento se baja de sus piernas, es y seguirá siendo el motivo más fuerte para seguir perseverando cada día.

Servicio Jesuita a Refugiados

Comunicado: El Pacto Global por una Migración Segura, Ordenada y Regular

Servicio Jesuita a Refugiados

Encuentro Productivo Agroecológico “LA PAZ VIENE DEL CAMPO”, para promover la productividad en paz del Catatumbo

 

Los días 6 y 7 de diciembre de 2018, en el municipio de Tibú, se llevó a cabo el Encuentro Productivo Agroecológico “LA PAZ VIENE DEL CAMPO”, convocado por la Pastoral Social de las diócesis de Tibú y Cúcuta y el Servicio Jesuita para los Refugiados (JRS) Colombia. También, contó con la participación de organizaciones productivas del Catatumbo, cada una con sus respectivas asociaciones mostraron sus diferentes productos en un espacio de intercambio de saberes. Las organizaciones tuvieron la oportunidad de exponer sus productos en una feria y de realizar acuerdos de comercialización entre ellas.

 

En la jornada de día y medio se trabajaron los temas de prácticas agroecológicas, conservación y uso de semillas nativas y valor agregado, en relación con la implementación de los Acuerdos de Paz y la construcción de la paz territorial. Así mismo, se realizó una reflexión en torno a estos temas, pero desde el campo, para afianzar la conciencia de que la economía campesina lícita, digna y rentable contribuye a la transformación de la realidad de la región.

 

En el conversatorio sobre prácticas agroecológicas se contó con la ponencia de la instructora e investigadora del SENA Marlin Consuelo Corzo, quien habló sobre la importancia de los microorganismos eficientes, compostajes orgánicos, la conformación de los suelos y qué son suelos enfermos, abriendo el debate en torno a la recuperación de los suelos degradados por los cultivos de coca, los agrotóxicos y los monocultivos que afectan la calidad de los suelos y las fuentes hídricas. Así mismo, participaron como panelistas tres miembros de la vereda Puerto Las Palmas, del municipio de Tibú, quienes desarrollan una experiencia de recuperación de suelos a través de abonos orgánicos, en el marco del proyecto “emprendimientos juveniles rurales, nuevas identidades y paz territorial”.

 

En el segundo panel, estuvo dirigido al tema de semillas nativas, contó con la participación de la ingeniera Elizabeth Rochel Ortega, investigadora de AGROSAVIA, quien realizó una presentación sobre los bancos de germoplasma y su aporte para la recuperación de semillas y variedades nativas, especialmente en el cacao. Como invitados al panel estuvieron representantes de asociaciones productivas de Campo Dos y San Martín de Loba.

 

Hubo otro panel dirigido al tema de valor agregado y cadenas de valor, que se dividió en dos sesiones. La primera con participación de campesinos de organizaciones que han afianzado prácticas y habilidades para la generación de valor agregado a sus productos. También se contó con el compartir de experiencias de transformación de cacao en Pacelli, transformación de productos medicinales y de aseo y generación de abonos orgánicos en Campo Dos, los procesos de empaque y generación de marca para la comercialización de fríjol en el corregimiento de La Curva, y la transformación de uva y mora en la vereda Siberia del municipio de Herrán.

 

La segunda sesión sobre valor agregado estuvo a cargo de representantes de instituciones y empresa privada, para visibilizar la importancia de la generación de valor para la comercialización y el aumento de los ingresos de las familias campesinas de la región. Se contó con el ingeniero Vladimir Cavieles, del Instituto Colombia Agropecuario ICA, Gerson Villamizar, presidente de ASOJUNTAS de Pacelli quien presentó la Red Adelco y la consultora experta en temas de transformación, Sandra Gamboa. Allí se abordó la importancia de la innovación y la diversificación de la producción para acceder a nuevos mercados, la certificación de las granjas y las buenas prácticas para promover la cultura de la eficiencia y calidad y la creación de redes de comercialización para asegurar la venta de los productos de la región.

 

Por último, se desarrolló un espacio sobre los aportes de la economía campesina a la construcción de la paz en la región. La presentación principal estuvo a cargo de Iván Camilo Vargas, especialista del Secretariado Nacional de Pastoral Social, quien abordó el tema de la construcción de paz desde las prácticas locales y la importancia de su visibilización para incidir en la política pública y la relación con los Programas de Desarrollo con Enfoque Territorial PDET y otros componentes de los Acuerdos de Paz. Como invitados estuvieron representantes de organizaciones productivas de Las Mercedes y de la cabecera municipal de Sardinata, quienes hablaron sobre sus experiencias de construcción de paz desde sus organizaciones y comunidades.

 

 Elaborado por:

Servicio Jesuita a Refugiados Colombia. 

Pastoral Social de las diócesis de Tibú y Cúcuta

Servicio Jesuita a Refugiados

Relatos con Rostro de Mujer ll

Desprotección de derechos humanos en la frontera colombo-venezolana hacia mujeres migrantes gestantes y lactantes: El proceso de ser madre en contextos de migración forzada

Servicio Jesuita a Refugiados
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