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CÍRCULO DE MUJERES: UNA APUESTA POR LA SORORIDAD

El pasado 10 de Marzo se conmemoró el Día de la Mujer con el propósito de fortalecer lazos y relaciones de empatía entre los  grupos de mujeres acompañados en el municipio de Barrancabermeja.

 

Las mujeres de la escuela de liderazgo y género, de los barrios el Diamante y Nuevo Renacer de la comuna siete de Barrancabermeja, participaron de la conmemoración del Día de la Mujer.

 La actividad consistió en realizar un Círculo de Mujeres, el cual tenía como objetivo generar un espacio de apertura y cercanía entre los dos grupos para fomentar lo que se conoce como sororidad, concepto que alude a los vínculos de apoyo, que como mujeres son fundamentales para la unión y el logro de metas conjuntas e individuales, e implica que las mujeres reconozcan que la actitud competitiva entre ellas disminuye los lazos comunitarios y hace más difícil el cumplimiento de las apuestas en común.  

El círculo tuvo cuatro espacios en donde se trabajó: el reconocimiento de la otra, la empatía, la escucha, la autorreflexión y la colectividad entre mujeres, cuyo propósito, fue generar una perspectiva distinta del día comercial con el que se conoce esta fecha. La intención fue que ellas pudieran reconocer que es un día para reivindicar las luchas que cada una ha tenido que sobrepasar como mujer y que entre mujeres la unión es fundamental para el desarrollo de las capacidades grupales e individuales.

El ejercicio permitió que las mujeres sintieran confianza y que se regeneraran relaciones de comprensión y soporte entre ellas.  Asimismo, reflexionaron acerca de la importancia de ser mujeres y pertenecer a un colectivo que les ha permitido aprender de las otras, pero sobre todo de lo que ellas pueden ofrecerle a las demás. Al final, el equipo les dio una manilla a las participantes, como símbolo y recuerdo de lo que son capaces de lograr cuando se unen.

Servicio Jesuita a Refugiados

Jóvenes Rurales participó en el espacio “Del Capitolio Al Territorio”

El pasado 15 de marzo de 2019, en el municipio de Sardinata (Norte de Santander), se realizó una reunión dentro del marco “Del Capitolio Al Territorio”, una iniciativa desde la Cámara de Representantes para abrir espacios de diálogo con las comunidades, apoyada por la embajada del Reino Unido y Fundación Ideas para la Paz (FIP). 

En esta oportunidad, Alexander Molina, participante de nuestro proyecto Jóvenes Rurales, habló sobre el PNIS (Programa Nacional Integral de Sustitución de Cultivos Ilícitos) y PDET (Programa de Desarrollo con Enfoque Territorial). Su intervención se centró en contar las experiencias comunitarias desde Puerto Las Palmas para exponer la incidencia de los programas. Cabe resaltar que el proyecto de Jóvenes Rurales financiado por Unión Europea,  ha apostado a fortalecer las redes comunitarias,  con el fin de consolidar nuevas identidades rurales, donde los jóvenes sean sujetos activos en la exigencia de sus derechos frente al Estado.

Por último, se hizo la invitación para el próximo encuentro con líderes comunales que se llevará a cabo en el Senado de la República el próximo 28 de marzo, con el fin de discutir sobre los resultados de programas gubernamentales.

Servicio Jesuita a Refugiados

COMUNICADO OFICIAL – PUERTO LAS PALMAS

Servicio Jesuita a Refugiados

CEIP entrega resultados de investigación sobre ambientes escolares al JRS

 

El pasado 20 de Febrero de 2019 los representantes del Servicio Jesuita a Refugiados Colombia (JRS), el Colectivo Proterra y la Asociación de Colegios Jesuitas de Colombia (ACODESI), recibieron en las Instalaciones de la Oficina Nacional del JRS por parte de la Corporación de Educación e Investigación Intercultural para los Pueblos (CEIP) los resultados de la investigación o línea de base de los ambientes escolares y su relación con las culturas de paz, reconciliación y  cuidado del medio ambiente, en los territorios de Nariño, Valle del Cauca, Soacha y Bogotá.

Corporación de Educación e integración Intercultural para los pueblos (CEIP) encargada de la línea base del proyecto Tejedores de Vida.

Los resultados de la investigación serán claves para la implementación del proyecto Tejedores de vida que pretende contribuir a la formación de culturas de paz, reducción de brechas sociales y reparación del medio ambiente como víctima del conflicto armado. Todo, mediante talleres, campamentos y procesos de formación con estudiantes entre los 12 a los 16 años, profesores, líderes comunitarios y la comunidad de la región.

Así, la importancia de los resultados de la investigación sobre los territorios y sus poblaciones en ambientes escolares, está en el diseño de metas, desarrollo de rutas metodológicas y la futura evaluación del impacto que desea tener Tejedores de Vida, el proyecto pensado por y para la paz en Colombia.

Asistentes a la entrega de la línea de base del proyecto Tejedores de vida: JRS, Colectivo Proterra y ACODESI. 

 

 

Servicio Jesuita a Refugiados

Comunicado: Día Mundial de las Manos Rojas

Servicio Jesuita a Refugiados

Uno de nuestros nuevos proyectos: Protección a la Movilidad Humana

Servicio Jesuita a Refugiados

Segundo e Isabel: Entre el amor y la violencia

Cuando yo tenía como dieciséis años, Segundo empezó a trabajar con una señora que vivía cerquita, entonces él la ayudaba a arriar en mula el arroz hasta Puerto Coca, que en ese entonces no era el caserío que existe ahora, sino que ahí quedaba una sola casa a la que le decían La Bodega; ahí llegaba todo el mundo a depositar el arroz y el resto del pueblo era un pajonal. En una de esas arriadas, yo me encontré con Segundo en Puerto Coca, me acababa de bajar de un Johnson con un montón de gente, porque en esa época no había camino para llegar a Coco, que era donde la gente iba a comprar los víveres, entonces tocaba embarcarse en el río. En eso, Juan Ledesma, el esposo de mi mamá que era muy celoso conmigo y trataba de fregarme cuando mi mamá se iba de la casa, me vio hablando con Segundo y pareció como si lo hubiera puñaleado; se paró, cogió su mochila de víveres, se la echó a la espalda y arrancó y se fue. Al rato veníamos ya en el camino, montada yo en la mula de una señora, cuando me sale este man de entre un pajonal y me coge con un cinturón y écheme fuete, hasta que yo le cogí el cinturón y nos fuimos los dos al suelo. De buenas que en ese momento nos alcanzó Segundo, que venía por el mismo caminito y empezó a gritar que qué pasaba, que me soltara, entonces Ledesma me soltó y arrancó, pero me seguía gritando cosas.

Segundo me preguntó: “Isabel, ¿y tú qué vas a hacer? ¿Para dónde te vas a ir ahora, para donde tu mamá a que te sigan pegando, o te vienes conmigo?” Y yo le dije así nada más, que me iba con él, sin nosotros tener palabra de casarnos ni nada; sencillamente me bajé del mulo de la señora, me despedí de ella y me subí al de Segundo y arrancamos juntos para arriba, para Aguas Frías; eso fue el 5 de noviembre del año 1961.

Mi nombre es Isabel Arrieta, yo nací en Sucre, pero me vine a Tiquisio, Bolívar como de 7 años con mi mamá y dos hermanos. Llegamos al Coco Tiquisio porque mi mamá estaba buscando mejorar la economía, porque como éramos solo mujeres y nosotras estábamos pequeñitas, la situación estaba templada, entonces mi mamá se empleó cocinando y lavando. Al tiempito de llegar, mi mamá conoció al señor Juan Ledesma, se casaron y nos fuimos a vivir a La Hamaca, que es una veredita de aquí de Tiquisio, bien bonita.

El problema fue que Ledesma no hizo más que meterle cucarachas a mi mamá, diciendo que yo ya estaba con Segundo hace tiempo a escondidas; total que a la semana siguiente ya estaba mi mami allá en el Coco Tiquisio esperándonos con la demanda puesta por lo que yo era menor de edad y Segundo me llevó sin habernos casado, entonces lo cogieron preso. Él estuvo allá metido en la comisaría del Coco durante tres semanas, pero era Ledesma el que lo tenía ahí y quería obligarnos a casarnos, pero yo le decía que la culpa la tenía él, porque yo no tenía pensado casarme, sino que a mí me tocó salirme de allá porque él me tenía humillada. Al tercer domingo firmamos un montón de papeles con un testigo y esas cosas y al fin dejaron salir a Segundo y nos devolvimos para Aguas Frías; y ya estuvimos juntos desde ese día, hasta hoy. Como a los seis meses sacamos a mi mamá de allá porque Ledesma le estaba dando muy mala vida, y Segundo le construyó un ranchito al lado del nuestro para que viviera tranquila.

De ahí para adelante tuvimos una vida muy buena; en el año 1962, nació Isabel, nuestra primera hija. Luego en 1965, nació Beatriz, y el tercero fue Pedro, que nació en el año 1967, y así sucesivamente hasta que completamos los diez.

 

Yo creo que aquí varias personas murieron del corazón, ¿oyó?

 

El cuento empezó a cambiar como en los noventa, al principio los manes del ELN solo pasaban y uno los veía por ahí, pero poco a poco se nos fueron metiendo hasta que terminaron casi que viviendo con nosotros, porque se nos metían a las casas y nos decían “compañeros, necesitamos el fogón para cocinar” y ¡ay! De que uno les llegara a decir que no o a hacer mala cara; entonces ya se nos volvió costumbre tenerlos entre nuestros ranchos comiendo, durmiendo, escampando, cualquier cosa era pretexto para metérselos, y tras de todo, comerse nuestras cosas.

En el año 1995, Segundo y yo nos casamos y nos bajamos para el corregimiento Puerto Coca, a la finca Villa Doris, que hacía un tiempito una gente la había cogido y la había parcelado porque estaba abandonada, entonces nosotros compramos una parcelita ni muy grande, ni muy chiquita y nos vinimos para acá con los hijos menores porque ya los mayores estaban hechos.

Al tiempo nos tocó dejar esa casa sola porque la guerrilla se puso a traer todo el ganado que se robaban y a meterlo a nuestras tierras.

 

 

A Segundo le tocó irse para Magangué a la casa de una de nuestras hijas y a los ocho días me fui yo para allá también; acá se quedaron tres de nuestros hijos: José Segundo, Pedro y Neilson. Lo que pasó fue que un concejal de Tiquisio le prometió a la comunidad que si quedaba electo, iba a dar cincuenta láminas de zinc para armar la escuelita de Villa Doris, porque como existe un pleito por quién es el dueño de estas tierras a pesar que nosotros llevamos acá un pocotón de años, el Gobierno ha cogido eso de excusa para no darnos nada, ni alumbrado eléctrico, ni escuelita, ni vías, ni ayudas, ni nada. La comunidad le votó al tipo y ganó, pero no cumplió, entonces los del ELN bajaron a buscar a Segundo que era el presidente de la Junta de Acción Comunal de Villa Doris; ellos vinieron preguntando que qué había pasado con la escuela y Segundo no tuvo más opción que contarles, con ellos toca así siempre. Luego estuvieron amenazando al concejal diciéndole que le cumpliera al pueblo a pesar de que Segundo les pidió que no lo hicieran porque no quería que la gente creyera que él y la Junta de Acción Comunal tenía algún vínculo con esos señores.

Como lo que los elenos decían no era un favor sino una orden, después de un tiempo, a Segundo, al tesorero y al secretario les tocó ir a recoger las tejas y unos bultos de cemento, aunque Segundo no quería ir, a él eso no le daba buena espina. Y así después de un tiempo los paramilitares llegaron a buscar a Segundo diciendo que el concejal los había mandado a matar al señor Turizo porque él era un guerrillero. Afortunadamente Segundo ese día estaba para afuera arriando un ganado y no lo encontraron, pero sabía que tarde o temprano lo iban a volver a buscar hasta que lo encontraran para matarlo.

Después de todo eso y de estar viviendo en Magangué, nos devolvimos a Villa Doris porque si yo me iba a morir, me moría en mi tierra y con mis hijos, pero no me iba a morir de hambre por allá, porque además, cuando uno es desplazado siempre le dicen que le van a llegar ayudas y qué va, le dan a uno un mercadito o dos, ¿y el resto del tiempo uno qué come si uno por allá no conoce ni sabe hacer nada?.

 

El problema es que en medio de la guerra,

parece que lo peor que uno puede hacer es ser bueno,

porque ahí empiezan a venir los problemas encima.

 

 

En el año 2003 nació Proceso Ciudadano por Tiquisio. Nuestro hijo José Segundo se metió en todo el rollo y empezó a formarse como líder; él era un pelado muy inteligente, sabía leer y escribir muy bien y hablarle a la gente, entonces rapidito se convirtió en uno de los hombres de confianza tanto del padre Gallego, que vino a ayudarnos en ese año, como de la comunidad; eso lo llamaban a cada rato para viajar por todo el país a reuniones, a dictar charlas, a talleres.

A nosotros nos han llegado muchas versiones de por qué mataron a José Segundo, pero ninguna es segura y además ninguna nos consuela; algunos dicen que lo mataron porque él administraba un trapiche que era del Proceso Ciudadano por Tiquisio y los paramilitares querían este terreno donde estaba el trapiche para esconderse, otros, que lo mataron por sapo, por ser líder, y hay los que dicen que al pelado lo mataron por error.

Ahora el que está metido en todo el cuento del Proceso es Pedro, otro de nuestros hijos que siempre acompañaba a José Segundo a las reuniones; él nunca se educó formalmente en los programas que trajeron para los líderes, pero igual ya había aprendido muchas cosas. A mi me da miedo ver a Pedro en esas también, pero recuerdo todas las vidas que ayudó a salvar mi pelado.

Pues sí, esta ha sido nuestra vida, a veces ni yo me creo que hayamos pasado por tantas cosas malas: que muévase de un lado para otro, que la amenaza por acá, que nos va a hacer daño el uno el otro. Lo bueno es que tenemos una familia grande, que hemos podido seguir unidos, a pesar de los problemas, solo nos falta mi pelado… Pero lo bueno es que los que quedamos todavía tenemos ganas de luchar y ya no nos vamos a separar, y si nos sacan, nos sacan a todos, y si nos matan, pues nos tendrán que matar a todos juntos.

Servicio Jesuita a Refugiados

Lo bello y la hospitalidad en los momentos límites de la vida

 Cada año, retorna esta misma fecha fatídica para Haití y para los verdaderos amigos y amigas de este pueblo caribeño: el 12 de enero. Ya pasaron nueve años: de 2010 a 2019. Es como si el tiempo se detuviera. Seguimos oyendo el mismo “llanto y rechinar de dientes”, como si se hubiera cumplido exactamente a las 16:53:09 hora local del 12 de enero de 2010 el apocalipsis, tan anunciado por Jesús y otras voces mesiánicas.

 De hecho, aquel día fue el “fin del mundo” para 300 mil personas aproximadamente, quienes se encontraban en el momento y lugar equivocado– en Puerto Príncipe y las zonas aledañas afectadas por el sismo- realizando distintas actividades, descansando en casa, comprando o vendiendo en la calle o en mercados y negocios privados, tomando un café o almorzando, charlando o peleando con amigos, vecinos, parejas, trabajando en sus oficinas, en colegios o en la universidad.

 La muerte los sorprendió, con su acostumbrada buena puntería, para darles la estocada, dejando en el corazón de las y los sobrevivientes tanto dolor que (1) la memoria busca aliviar aun traspasando sus límites, pero que (2) el mismo corazón desea a veces olvidar. Sin embargo, (3) en estos momentos límites de la vida se encuentra también lo bello para una mirada atenta que (4) sepa discernir la verdadera solidaridad: otro nombre de la hospitalidad.

 

1. La memoria ante el dolor

 Cuando retorna esta fecha aciaga cada año, gran parte de los haitianos (creyentes y no) organizan o asisten a lo largo del día a actividades religiosas y espirituales intensas –y otros sustitutos- para intentar enfrentarla y/o simular el intento: jornadas de oración, ayunos, misas especiales, ceremonias vudú, eventos artísticos, visitas de recogimiento a los lugares, barrios, edificios, donde desaparecieron –o “se supone” que desaparecieron- sus seres queridos, etc.

 El haitiano cuenta con un gran repertorio de estrategias para recordar, es decir, “volver al corazón” (tal como lo indica el origen de esta palabra en latín re-corderis), de tal modo que el recuerdo le ayude a vencer el dolor. Al igual que otros pueblos descendientes de esclavizados africanos, Haití es un país tejedor de memorias luchadoras, resistentes, resilientes, rehabilitadoras, terapéuticas que se acostumbran a recoser o zurcir -en el continente exilio del Nuevo Mundo- la existencia desarraigada, la identidad negada y la cultura diseminada por la trata negrera y la colonización, con los hilos rotos, las huellas y las borraduras de los recuerdos del África de origen imaginada y recreada perpetuamente en la danza, la palabra y el arte. Es uno de los más importantes trabajos de reingeniería existencial, artística y cultural (llamado por algunos “creolización” o “creolidad”) que el mundo haya conocido.

 Sin embargo, cuando duele tan fuertemente el corazón, la memoria -por más estratega que sea- no sabe qué hacer, ya que se encuentra más allá de sus propios límites. No tiene pues ninguna posibilidad de ganar en un combate cuerpo a cuerpo. ¿Qué puede entonces hacer sino amortiguar el impacto del dolor para ayudar al corazón a no plegarse y a resistir?

 Efectivamente, en estos momentos límites la memoria se convierte en una caja de resonancia para recibir el primer golpe asestado por el sufrimiento y así dejar que éste- una vez modulado y amortiguado- haga eco en todo el corazón. De esta manera, el corazón no se expone tan directamente y de lleno al dolor y puede sobrellevarlo, como el órgano biológico-musical ya de por sí vulnerable que es.

Con esta estrategia, si bien la memoria no hace nada en un sentido activo (se hace pasiva): simplemente deja resonar en ella la plegaria abigarrada, confusa y estrepitosa de llantos, gritos, lamentos, quejidos que pasan por ella para ir directo al corazón pero como un eco modulado (ayudando al corazón a resistir); por eso, al no hacer nada, lo hace todo. Es resistencia pasiva.

 Gracias a esta estrategia que permite al corazón resistir el dolor, él puede convertir el poderoso eco en palabra articulada. Entonces, el asunto- cuyo recuerdo hace sufrir al corazón pero de manera suficientemente controlada- requiere de una larga conversación (la expresión creole koze mande chèz significa que el tema de la conversación exige que se tome asiento): la palabra se desata y pide una audiencia; el equivalente de audiencia en creole haitianolodyans designa no sólo un público, sino también todo un género “oraliterario”. Y cuando el corazón toma la palabra, esto va para largo.

 Volviendo al 12 de enero, este día puede llegar a ser incluso cacofónico en Haití, al menos en algunos lugares de sus ciudades, ya que la gente aprovecha la ocasión para hablar sin cesar recordando lo que hacían unas horas o unos minutos anterior o posteriormente a la tragedia, contando lo que les ocurrió a sus seres queridos muertos, narrando lo que vieron y escucharon.

 Hablar recordando y recordar hablando se vuelve uno solo: ambos traman un círculo virtuoso que recorren frecuentemente los haitianos ante la rememoración de los momentos difíciles que les tocó vivir. Se necesita de todo un día y aún más para –en este tramo- desenrollar el corazón, desnudar el alma, desenredar el nudo en la garganta.

 De niño, yo solía escuchar a mi mamá durante todo un día hablar de su vida- de la infancia a la edad adulta-, mientras preparaba la comida, lavaba la ropa, limpiaba la casa, recibía visitas, se bañaba, tomaba su café, comía su almuerzo, iba a dormir. Un día entero para recordar, narrar e incluso “performar” cantando o escenificando, mientras exponía su autobiografía y se detenía en algunos momentos para exteriorizar sus disgustos, alegrías y esperanzas, interpretar situaciones y eventos que vivió, tomar posición (perdón, agradecimiento, olvido, rencor) frente a las acciones de fulanomengano a favor o en contra de ella. Era un desfile de su vida entera.

Con la estrategia de resistencia pasiva de la memoria, la caótica materia del recuerdo bajo el eco modulado del dolor se hace texto en la textura embriagante de la oralidad y en el complejo tejido de lo cotidiano; ya que a lo largo de la narración relatada por el corazón, incluso los eventos que no tienen sentido y –por lo tanto- habrían podido fácilmente plegar la fragilidad y vulnerabilidad de éste (como la muerte, la maldad y el mismo terremoto) se hacen inteligibles o comprensibles.

2. Querer olvidar para siempre

 

Sin embargo, después del terremoto del 12 de enero de 2010, hay todavía quienes tenemos el corazón extremadamente dolido y las heridas aún vivas o en proceso de cicatrización, y sentimos de vez en cuando la tentación de borrar esta fecha del corazón porque su reminiscencia remueve los escombros dolorosos de la memoria, destempla las entrañas, dobla los pliegues y repliegues del alma.

El corazón no quiere pues seguir exponiéndose al eco de tanto sufrimiento (por más modulado y aliviado que sea por la memoria), al rememorar a nuestros seres queridos muertos, desaparecidos o que perdieron un brazo o una pierna, al remembrar todo lo visto presencialmente, o a través de los medios de comunicación o por medio de los testimonios de sobrevivientes. No, no, no…

 Esta fecha mueve todas las capas geológicas de nuestra historia: como país, como ciudad, como familia, como individuo. Marca un momento en que la vida humana fue llevada a sus límites ante tantas pérdidas humanas en unos pocos segundos (el tiempo puede ser mortal): un momento límite que excede lo humanamente soportable y todo sentido posible. ¿Para qué seguir recordando? ¿Por qué no olvidar para siempre?

 Sin embargo, lo que el terremoto dejó tras su paso devela también lo bello que puede haber en los momentos límites que plantean tantas preguntas instando a olvidar, a “tirar la toalla”.

3. Lo bello en lo “humano, demasiado humano”

 

Si bien los minutos posteriores al paso del terremoto dejaron un espeso humo blanco que cubría Puerto Príncipe y sus alrededores. Este humo blanco, que se levantó como un enorme fantasma sobre la capital haitiana tras el terremoto, envolvió todo el paisaje en un silencio literalmente sepulcral, bajo una oscuridad paradójicamente deslumbrante, a la sombra de Dios y de todos los espíritus del vudú.

Era pues el fin de lo que hasta ahora se conocía como Puerto Príncipe: una ciudad que albergaba en aquel entonces más de 3 millones de personas en un caos, con sus cinturones de miseria, sus paisajes desolados, sus construcciones anárquicas y sus carencias en materia de infraestructuras y servicios de base. Pero aun así, este monstruo urbano no nos dejaba de seducir con la mejor demostración que se podía hacer humanamente de la férrea voluntad de vivir, esperar contra toda esperanza, cultivar el arte (pintar, escribir, hacer música), disfrutar de cada día como si fuera el último, apostarle al futuro. Y esto, en medio de una gran precariedad económica, de la indiferencia y corrupción de la clase política, de la falta de imaginación de las élites del país y del círculo vicioso de la ayuda internacional.

Eduardo Galeano describió maravillosamente esta mixtura paradójica, cuando habla de “el talento de sus artistas [los de Haití], magos de la chatarra capaces de convertir la basura en hermosura”. Puerto Príncipe era el ejemplo acabado de esta magia no sólo artística, sino existencial de convertir la basura -en que progresivamente se ha convertido Haití, prácticamente desde su independencia en 1804 hasta hoy – en hermosura: la hermosura de la existencia, en particular, de millones de jóvenes (Haití es un país de jóvenes), mujeres –muchas de ellas, madres solteras y jefas de hogar- y campesinos, quienes se las “ingenian” de manera muy creativa (como si fuera un trabajo estético) con los pocos medios a su disposición para vivir lo más alegremente posible, sacar adelante la familia y el país, hacer la vida más llevadera en el hogar para todos, llevar a cuestas la esperanza bajo el yugo incierto y caprichoso del trabajo informal y de un futuro sin horizonte.

En fin, la magia de convertir un país cada vez más enmugrecido – con la inmundicia de cosas que podrían ser tan buenas en otras latitudes como la “política”, la “ayuda humanitaria”, la “cooperación internacional”, la “religión”- en la hermosura de resistir activamente contra la corrupción, por una educación universitaria de calidad y –cuando no se puede hacer nada- buscar con la misma dignidad la esperanza y el futuro bajo otros cielos menos inclementes. Esta resistencia se convierte pues en un acto estético que invierte la chatarra del actual orden de las cosas para imaginar otras realidades posibles. Es también una poética de la existencia que aspira a recrear la vida y la esperanza.

4. La verdadera solidaridad

 

Por otro lado, poco a poco tras el terremoto, y en medio del llanto, de la desesperación, del dolor, de la desorientación, del pánico y de la zozobra aquí y allá, dentro y fuera de Haití (no era para menos)… en medio de este momento límitebrotó la solidaridad entre las y los mismos haitianos que se ayudaban entre sí para salir debajo de los escombros, sacar a las personas atrapadas en las casas y los edificios, brindar los primeras ayudas médicas, buscar a los desaparecidos. Solidaridad que se fue ampliando a los países vecinos caribeños- Cuba, República Dominicana, Puerto Rico-, a las repúblicas latinoamericanas hermanas -Colombia, Venezuela, México, Brasil, Chile, etc.- y a otras naciones del mundo.

 Pareciera que los momentos límites, como éste, contradicen contundentemente la idea tan arraigada según la cual el hombre es un lobo para el otro hombre (decimos en creole haitiano chen manje chen). Sugieren más bien que la ingenuidad y la superficialidad están del lado de quienes creen que la solidaridad en el mundo de hoy es un cuento de hadas y que –cuando se presenta- nunca viene sola (es como si el lobo se disfrazara de oveja).

Al contrario, estos momentos develan que lo “bello” puede también coexistir con lo “humano, demasiado humano”, es decir, estar en medio de, en contra de y a pesar del egoísmo, el odio, la indiferencia, la hostilidad y de tantos errores yhorrores de nuestra historia y de nuestra humanidad.

Revelan que no todo está perdido y que es posible (re)construir la humanidad, (re)hacer la existencia, (re)crear la vida, (re)coser los tejidos rotos de la fraternidad, (re)edificar una sociedad más incluyente, más justa y reconciliada consigo misma y con el medioambiente.

Una diferencia no menos importante entre estos dos extremos (lo “humano, demasiado humano” y lo “bello”) y en su gran escala de múltiples grises puede estribar en el discernimiento de la mirada, a saber: en qué miramos y qué no miramos, dónde ponemos el relieve.

Por ejemplo, ver filas y filas de contenedores esperando días y horas desde el lado dominicano la apertura de la frontera común con Haití para llevar comida y ayuda humanitaria a los damnificados del terremoto no deja de maravillar a quienes conocemos de cerca las dificultades de convivencia que ha habido en la isla compartida por ambos países. Y miren: el vecino fue el primero en ayudar.

Ver aterrizar el 14 de enero de 2010 (dos días después del terremoto) a dos aviones del gobierno colombiano en Puerto Príncipe con –además de kits de ayuda humanitaria y de materiales de medicina- perros entrenados y socorristas expertos en situaciones de emergencia y gestión de desastres para detectar y salvar a personas atrapadas bajo escombros… esto tiene sabor a felicidad.

Ver a los médicos cubanos en misión en Haití trabajar de una manera tan impresionante (con muy pocos materiales) para atender masivamente a los heridos… no hay palabras para describir esto.

Y ver tantos gestos profundamente humanos –que sería imposible traer a colación aquí y ahora- en este momento límite para el pueblo haitiano muestran elocuentemente que la solidaridad no consiste en dar al otro que sufre (o al pobre) lo que nos sobra, sino en compartir con él lo más valioso que se tiene y –sobre todo- que se es, estar con él, preocuparse por él, ocuparse de él, ser para él, cuidarlo.

En definitiva, la verdadera solidaridad es otro nombre de la hospitalidad: este viejo arte del encuentro acogedor, dignificante y humanizador entre seres humanos. Un arte que se requiere tanto en el mundo globalizado de hoy, que puede ser a veces tan hostil con el otro diferente (principalmente el que es pobre) considerado “indigno” de ser tratado como un ser humano igual con los mismos derechos fundamentales y la misma dignidad. Vivimos pues a todas luces una crisis de hospitalidad, ante la cual estos gestos arriba mencionados nos inspiran para seguir teniendo fe en la humanidad y en nuestra capacidad para mirar y crear lo bello incluso –y sobre todo- en los momentos límites y en medio/a pesar/en contra de los errores y horrores de lo “humano, demasiado humano”.

 

Wooldy Edson Louidor

 

 Leipzig, Alemania. 11 de enero de 2019. 

Profesor e investigador del Instituto PENSAR de la Pontificia Universidad Javeriana (Colombia). Actualmente está doctorando en Filología en Institut für Romanistik- Universität Leipzig (Alemania).

Servicio Jesuita a Refugiados

“Saberes y sabores del Tigre, Bella Doris”

Recetas de cocina y medicina tradicional

Dentro de la apuesta del área de Prevención de la regional Magdalena Medio, dirigida a la construcción de nuevas culturas de paz territorial, arraigo y memoria, se construyó la herramienta “Saberes y sabores del Tigre, Bella Doris”- Recetas de cocina y medicina tradicional” junto con un grupo de mujeres de la vereda el Tigre-Bella Doris del municipio de Tiquisio – sur de Bolívar que el JRS acompaña desde 2016 a través de la implementación de huertas familiares y producción de especies menores.

Este grupo de mujeres alza su voz y manifiesta su resistencia por la permanencia en el territorio ante el conflicto de tierras que han tenido que enfrentar de manera comunitaria desde hace varios años ante un hombre que reclama ser propietario de los terrenos de la vereda.

Sus saberes en la transformación de productos cosechados y su compromiso con el traspaso de los mismos a las siguientes generaciones recopilan un conjunto de relatos en relación a la familia-el campo-el fogón y la comunidad.

 

Servicio Jesuita a Refugiados

Don Jose Uriel y sus 7 vidas

Ronda por ahí, el mito de que los gatos pueden tener entre 7 y hasta 9 vidas. Se dice que es por ser un animal, ágil, veloz, inteligente y fuerte. Características que les permiten poder salir ilesos o escapar de situaciones peligrosas que, para otros animales podría ser una muerte segura.

 

A veces los mitos pueden volverse realidad, o eso parece en la vida de José Uriel, campesino de 69 años oriundo de Marquetalia, Caldas que durante su trayecto de vida ha sobrevivido a siete desplazamientos forzados, siete lugares diferentes, mudándose de pueblo en pueblo, yendo de un país a otro y regresando a Colombia en el 2015. Quizá para vivir su séptima vida en el país donde todo comenzó.

Su primer desplazamiento fue en el 2001, en el municipio de Tibú, Norte de Santander, zona azotada históricamente por el conflicto armado colombiano. Don Uriel llevaba años en su parcela trabajando, tenía gallinas, cerdos y abundante ganado. Sin embargo, José Uriel recuerda que un viernes a la 1 de la tarde llegaron las Autodefensas a su finca. —Yo le clamaba al señor donde estaba escondido, que se llevaran todo, menos que me fueran a ¡matar un obrerito! y ¡llévense todo! pero que no me vayan a hacer daño, ni dañar a un obrerito, porque tremendo.

Y así fue, José Uriel, con su parcela quemada y sin animales, llegó a otra parcela en Caño Cinco, para rehacer su vida. Sin embargo, no pasó mucho tiempo, para que las Autodefensas en el 2005 irrumpieran de nuevo en la vida de José Uriel, intentando acabar con ella —¡Yo soy ese señor que buscan! ¡Pero yo no soy ese guerrillero o me ven camuflado o están muy mal informados! — comentaba José Uriel.

Golpes, muertes, torturas y un sinfín de abusos y desprotecciones sufrió José Uriel y su familia aquel día. —Nos tocó salirnos porque se trajeron al hijo mío, al mayor pa Tibú todo torturado (…) me toco salirme de allá, votar esa vaina allá y dejar eso allá y venirme a vivir acá [Venezuela]. El hogar acabado prácticamente –

Y así, con su nueva compañera optan por una tercera vida, cruzando la frontera hacia Venezuela, para pasar la tormenta y los estruendos que no cesaban en Colombia, intentando escampar de la violencia. Llegaron a Guasdalito, Estado Apure, donde fueron a solicitar Refugio en Venezuela y lo obtuvieron. Fue una pequeña victoria que les permitió calmar tanto sufrimiento en Colombia, amparados bajo la figura de refugiados.

Aunque José Uriel se encontraba al otro lado de la frontera, pareciera que los vientos lo perseguían y la nube tormentosa de nuevo lo acechaba. —Estando en Guadualito llegaron unos manes preguntando por mí y todas esas cosas y dijo la señora de la casa [donde estaba viviendo José Uriel] “¡No. el señor salió!” Y según me dice la señora, [las personas que lo buscaban dijeron:]“¡Ah, pero se nos volvió a escapar ese viejo!”. Entonces yo llegué de donde estaba trabajando y le dije a mi compañera ¡vámonos de aquí!

En su cuarto intento por huir de la tormenta, llegaron a un pueblo que se llamaba el Calabozo, Estado Guárico. Ahí no duraron mucho tiempo pues José Uriel no logró encontrar un trabajo para sostener a su familia. —Nos fuimos para allá y sinceramente ¡fue un calabozo! – exclamaba José Uriel entre risas.

Del Estado Guárico, pasaron a la ciudad de Caja Seca, Estado Zulia donde parecía que el quinto intento era por fin el último. Allí José Uriel y su familia vivieron por más de 13 años. Las cosas mejoraron, adquirieron una propiedad y lograron por fin mantener un poco de tranquilidad en sus vidas. —Descanso, fue mucho descanso, señorita.

Y aunque Venezuela fue su nuevo hogar por un largo tiempo, para el 2015 ese país afrontaba una crisis humanitaria donde los medios de vida y los servicios básicos poco a poco fueron colapsando, la inflación ya no permitía costear lo mínimo para vivir y cada vez más se sentía el desabastecimiento de alimentos, medicamentos y productos básicos. Ese mismo año, el presidente Nicolás Maduro decidió en agosto, de manera unilateral, cerrar la frontera con Colombia declarando el estado de excepción en los estados limítrofes y procediendo a las deportaciones masivas de ciudadanos colombianos.

José Uriel y su familia sintieron los estragos de la crisis. Fueron violentados por la Guardia Venezolana, donde les quitaron todo lo que habían construido en ese país. —¡Allá hay una cosa muy tenaz! una cosa muy tenaz pasó lo que pasó aquí [Colombia], aquí llegaban los paramilitares y si veían si la finca estaba buena, o que el fulano tenía ganadito entonces lo fichan como guerrillero para quitarle las reses, entonces es tenaz, es tremendo. ¡Lo mismo pasó allá! [Venezuela] Allá supuestamente la misma autoridad se presta para todas esas vainas, como pasa aquí—.

Y sin nada, sin donde dormir o comer, se desplazan nuevamente hacia Colombia, intentando escampar de la fuerte tormenta en Venezuela. Con lo único que llegaron fue con un montón de esperanzas y documentos que certificaban sus nacionalidades colombianas y haber sido víctimas del conflicto armado.  Aun así, estos documentos no han sido una garantía para acceder a sus derechos, donde después de 18 años, siguen esperando las ayudas de la Unidad de Víctimas. Sin embargo, las esperanzas persisten —Yo tengo la ilusión— comenta José Uriel.

Ya en Cúcuta, José Uriel no tiene la posibilidad de regresar a Tibú, lo que una vez fue su hogar en Colombia. El conflicto en la zona no cesa, se sigue recrudeciendo y José Uriel aún siente miedo de las amenazas que le costaron su hogar en Colombia:

Uno pues está amenazado por esa gente y no puedo volver a la finca que tuve en Tibú, el problema es en Tibú, y en Tibú las cosas están horribles hoy. (…)  Yo dijera no, pues yo me reubico y me voy para mi finca, pero ahora con ese conflicto tan sumamente tenaz. Resulta y pasa que, según los comentarios de la gente, dicen que toda la disidencia de los paramilitares que quedaron, ingresaron a los Pelusos, entonces hay una confusión sumamente tremenda, los paramilitares están incluidos con los Pelusos y el ELN está combatiendo contra ellos—

Sin alternativas, José Uriel se desplaza de lugar en lugar en la Ciudad de Cúcuta tratando de encontrar un techo para vivir. Algunas personas los alojaron por 15 días, otros días alquilaron una cochera, otros días en unas piecitas y ahora se encuentran viviendo en el Barrio Camilo Daza.  En esos momentos José Uriel a través de la Defensoría del Pueblo conoce al Servicio Jesuita a Refugiados en el primer semestre de 2017.

El JRS ha acompañado a José Uriel y su familia, a través de asesoramiento jurídico, como derechos de petición frente a la ley de Víctimas, trámites para acceder al SISBEN y afiliación a la salud, acceso a nacionalidad para sus hijos y acceso a educación. Así mismo ha contando con atención humanitaria para mercados, arriendos y una bombona. Todo lo anterior, acompañado también de apoyo psicosocial para él y su familia. —Llegamos con la problemática de empapelar a los niños, entonces ya el compañero Germán y Paola se enfocaron sobre esa situación y gracias al señor ya están registrados y están estudiando —

José Uriel, ya establecido en Cúcuta, después de tanto recorrer, escapando de tantas tormentas, sigue estando firme, con paso fuerte, sus sueños no descansan. Puede que, para su séptima vida, José Uriel pueda cumplir su deseo de volver y trabajar en el campo, y que esta vez pueda rehacer su vida, sin tener que correr tanto. —Yo quisiera que de pronto, lo primero que todo, lo primordial ante todo es la casita y una fuente de trabajo, sea una parcelita, pero de campo—

Sus pasos son ejemplos de las constantes ambivalencias de la frontera colombo-venezolana, donde los momentos de crisis interna de los países (conflicto armado en Colombia y crisis humanitaria en Venezuela) dejan a múltiples familias en medio de fuegos cruzados. Fuegos cruzados, que dan paso al desplazamiento como única opción para escampar de las recurrentes desprotecciones.

Servicio Jesuita a Refugiados
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