Foto: archivo SJR ColombiaEn la comunidad del Alto Berlín, desde hace más de 25 años vive la señora María de la Cruz, quien tiene 58 años de edad. Empeño y persistencia la han caracterizado a la hora de buscar alternativas que mejoren el lugar donde vive. Por su gran labor, la comunidad la reconoce como una líder respetada en esta zona rural del municipio de San Pablo, Bolívar. A pesar de que cree que el campesino ha perdido la fe en la política, reza para que algún día a “los mandatarios se les ilumine la mente y repartan los recursos también a las personas más vulnerables”.

Mi nombre es María de la Cruz Peñuela y soy de El Socorro, Santander. Llegué a San Pablo hace más o menos treinta años porque donde nací la tierra le pertenece a pocas personas: a gente rica que nos hacía trabajar gratis para poder tener un techo ahí al lado de sus fincas. Cuando me casé, mi esposo y yo quisimos buscar un mejor futuro para nuestra familia, entonces él aceptó un trabajo acá y nos vinimos sin pensarlo dos veces a una finca en el corregimiento Caño de Oro. Él trabajó mucho con su hermano y al final pudimos comprar una finca grande. Hoy tenemos cultivos de plátano, yuca, piña, maíz, arroz, frutales, ganado, cerdos y aves de corral. Los que trabajamos las tierras somos mis dos hijos, sus parejas y yo porque mi esposo murió ya hace veinte años.

 Cuando llegamos nos tocó afiliarnos de una vez a la Junta de Acción Comunal del corregimiento y digo que nos tocó porque para esa época era una obligación. Primero entré como afiliada, pero luego empecé a pertenecer a la directiva y en año 91 logré que nos construyeran la primera escuela que es donde ahorita hacemos las reuniones de la Junta. Ahora tenemos una nueva escuela porque un día el SJR nos dijo que nosotros teníamos que hacer valer el derecho a la educación de nuestros niños construyendo una escuelita digna, entonces nosotros empezamos a gestionar allá en la Alcaldía hasta que nos la construyeron. La comunidad está muy contenta porque ya no tenemos una escuela de cuatro vigas y un techo de zinc, sino una escuela de verdad. También tenemos un comedor escolar y un parque que nos dio el SJR para rematar.

 Ya no soy más la presidente de la Junta de Acción Comunal, ahora soy la tesorera y también la secretaria porque la que estaba en el cargo lo dejó. Es que a veces trabajar con las comunidades requiere de mucha paciencia, yo no sé cómo he hecho para llegar hasta acá. También hago parte del Comité Pro-Carreteras que está conformado por un representante del corregimiento de Cerro Azul y las veredas de Alto San Juan y Alto Berlín.

Cuando yo llegué había un camino real, una trocha hasta el corregimiento de Caño de Oro que es más o menos a 20 minutos del pueblo. Luego como a los dos años empezó a salir una gincha, que es un camión largo que transporta madera, cada ocho días en la que nosotros bajábamos con la yuca, el plátano y todo eso, uno se hacía por encima de esa madera. Al poco tiempo unos grupos nos obligaron a abrir trocha a pica y pala pero eso fue una pérdida de tiempo porque el derecho era haber reunido a las directivas de las Juntas de Acción Comunal para enseñarles cómo gestionar y presionar a la Alcaldía. Al final mandaron a traer al Alcalde y se vino con una máquina que destruyó todo lo que habíamos hecho. A pesar de eso, hoy tenemos una vía que va hasta un poquito más allá de Alto San Juan que es como a hora y media del pueblo.

Para mantener la vía ha sido una lucha. En el año 2000 pusimos un peaje que pagaban las motos, las líneas, que es un transporte informal que lleva personas, alimentos y herramientas de la zona urbana a la rural, y los camiones de carga pesada que cruzan por acá. Eso lo usamos para pagar el arreglo de las vías, porque cuando llueve prácticamente se llena de lodo la vía. Yo sé que el municipio tiene presupuesto para esos arreglos pero quién sabe qué harán con él.

Entre el año 2013 y el 2014, el Servicio Jesuita a Refugiados pagó el contrato de arreglo de vías para que subieran volquetas, motoniveladoras y pajaritas, o sea retroexcavadoras para que arreglaran desde Caño de Oro hasta Alto San Juan. Fue esa una gran ayuda del SJR porque esas vías estaban acabadísimas, pero eso no es responsabilidad de ellos, sino de la Alcaldía. El problema es que a esa plata le dan un mal manejo porque lo invierten en otras cosas o a veces hasta aparentan. Sacan documentos que dicen que arreglan puentes y vías cuando eso no es así. Esas platas cogen otro rumbo y por eso es que siguen las vías en mal estado. Siguen los problemas y pasan de una administración a la otra, entonces a diario tiene que estar el campesino allá con protestas, con paros para que arreglen las vías, para que le pongan atención y se acuerden que uno existe.

 

Testimonio recopilado por el equipo regional en Magdalena Medio del SJR Colombia

“ La paz comienza con una sonrisa”

Adriana Caro es una de las tantas mujeres en el país que se ha enfrentado a las consecuencias del desplazamiento forzado, es madre cabeza de hogar y es acompañada por el Servicio Jesuita a Refugiados – Colombia desde el área de Integración Local del equipo regional en Norte de Santander. Su acompañamiento hace parte de la estrategia de medios de vida y generación de ingresos.  Foto: Adriana Nataly Caro

Es partir de esta iniciativa que desde el año 2016 Adriana es apoyada con un proyecto productivo para la venta de comidas rápidas mediante el cual sostiene sus tres hijos y ha ido cumpliendo su sueño de adecuar su hogar. Su testimonio e historia de vida fue compartido en el marco de la conmemoración del Día Nacional de las Víctimas que se llevó a cabo el pasado 9 de abril en las instalaciones del concejo municipal de la ciudad Cúcuta.

“Mi más sincero deseo de bienestar y progreso para lograr estabilidad en toda las circunstancias, abramos el corazón a Dios y en un minuto de silencio agradezcamos su presencia bondadosa en los momentos de logro y también en los momentos difíciles, que su presencia nos ayude a vivir en la esperanza y en el esfuerzo constante de superación”. Al iniciar su intervención Adriana en el recinto del concejo municipal.

“Soy Adriana Nataly Caro León, oriunda de la ciudad de Medellín, la mayor parte de mi vida transcurrió en Bogotá, donde viví en el cartucho ya que por mis bajos recursos no me permitía vivir en otro lugar. Mi compañero sentimental fue asesinado por las Bandas Criminales – BACRIM por lo cual tuvimos que desplazarnos con dos de mis cinco hijos debido a que no tenía los recursos suficientes para movilizarnos en familia. Recorrimos muchos lugares de Colombia luchando para sobrevivir. Llegué a la ciudad de Cúcuta en el departamento de Norte de Santander en el año 2013 debido a las inminentes amenazas por parte de las BACRIM y con mucho esfuerzo he adquirido aquí un poco de estabilidad y con la fe en el señor y en las entidades buenas que me ha ayudado sin ningún interés”. Asegura Adriana mientas cuenta su testimonio.

“Agradezco a Cúcuta por su acogida porque me ha permitido soñar y empezar a tener una vida a pesar de las múltiples dificultades, pero siempre con el deseo de ofrecerles a mis hijos las mejores oportunidades de vida y sobre todo con la esperanza de hacer de ellos unas grandes personas y unos grandes ciudadanos”.

“Finalmente, sigo siendo desplazada y víctima y aunque el gobierno no me ha reconocido como tal sigo luchando para salir adelante con mi familia, gracias de todo corazón al Servicio Jesuita a Refugiados – SJR quienes confiaron en mí, en mis capacidades y deseos de superación, obras como estas me han brindado una nueva oportunidad, gracias a la comunidad Jesuita. No sin antes terminar con una frase para la construcción de paz que tanto anhelamos en este país “ la paz comienza con una sonrisa”. De esta manera Adriana termina su presentación frente a los asistentes en el recinto para la conmemoración de este día.

 

Testimonio presentado por el equipo regional del SJR Colombia en Norte de Santander

22 de mayo de 2017

“Si usted va a cultivar la tierra, hágalo con amor” 

La señora Carmenza tiene 40 años y vive en la vereda Patio Bonito. Es una mujer alegre que hace algunos años tomó la decisión de probar otras formas de cultivar la tierra para ver si era posible tener un vida con más paz: Nací en una época en que las mujeres no valemos nada, y por eso hago todo lo posible por dejarle un futuro diferente a mis hijos. Foto: archivo SJR Colombia

Mi nombre es Carmenza Delgado y tengo 40 años. Desde pequeña he vivido en la zona rural de San Pablo trabajando en lo que se me ponga en frente. Me crié en las minas y aprendí con mi papá a extraer el oro de la tierra. A veces, cuando me estoy quedando sin plata me dan ganas de salir corriendo otra vez a trabajar en eso… No para quedarme toda la vida, no, no, sino para sacar buena plata e invertirla en mis frutales.

Cuando me casé me fui a vivir al Bajo Taracué y tuve tres hijos con mi primer esposo. La verdad es que vivíamos de la coca, él raspaba mil arrobas, tenía una camioneta muy linda. Pero eso trae muchos problemas, por eso fue que lo mataron. Le robaron todo y a nosotros nos amenazaron y nos sacaron de la finca. Vivimos en el pueblo un tiempo pero la situación era muy difícil, entonces me fui a raspar a Patio Bonito y luego, con una plata que me salió de ayudas del Estado, me compré una tierra y empecé otra vez a sembrar coca.

Es que ese cultivo empieza a dar a los seis meses y a partir de ahí, cada dos meses se raspa, y por cada kilo que uno procese le dan dos millones trescientos. Todos acá tenemos poquita coca por el miedo a las fumigaciones porque eso es mucha destrucción, acaba con todo. Yo tenía un cultivo donde raspaba 200 arrobas, le hice dos raspas y con la plata que me quedaba arreglaba los potreros. Pero un día llegó el avión y fumigó mi plátano, mi yuca, mi ñame, todo, nos quedamos sin nada. Me fumigó hasta a mi que estaba embarazada, me mató la niña que tenía en la barriga. Le repito que eso trae muchos problemas, pero también es lo que le da la comida a uno.

Luego de todo eso me arriesgué con el SJR a sembrar cacao. Me dieron 2200 maticas, más 300 de plátano y 30 palos de aguacate, y luego me ayudaron con el zinc y las puntillas para la marquesina. Nos demoramos como dos meses sembrando el cacao entre mi marido y los pelados pequeñitos… Se me olvidó contarle que ahora tengo otra pareja y que con él tenemos tres hijos, serían cuatro, pero una me la mató una serpiente. Pero bueno, mi papá iba hoyando, un vecino lo ayudaba a ir midiendo, y nosotros le echábamos cal al hueco y enseguida el abono orgánico para ahí si sembrar la mata.

El mantenimiento también ha sido muy difícil, pero luego de tres años le puedo decir que mi cacao me está dando. Hace poco cogí los primeros frutos y me dieron trescientos mil pesos. Me toca ser bien ordenada porque siempre me gasto la plata en ropa y comida, pero tengo que guardar y ahorrar. Ese cultivo no nace de la noche a la mañana como la coca, pero por lo menos nos hace vivir diferente y le ayuda a pensar a uno en un mejor futuro. Ahora digo con orgullo que soy chocolatera.

Yo me siento contenta. Toca ponerle mucho amor a esto para que salga algo bueno, pues lo que uno no haga con amor no trae nada bueno. A mis hijos les he enseñado eso, a amar el campo y a cuidar las maticas que se siembran. Los chiquitos saben podar y abonar el cultivo de cacao, coger el fruto y ponerlo al sol, y uno de los mayores ya aprendió a injertarlo. Eso es lo único que les voy a dejar. Yo quiero una mejor vida que la que yo tuve para ellos. Cuando pequeña llegué hasta primero porque mis papás me pusieron a trabajar. A mis tres hijos mayores no les pude dar sino hasta octavo, y con los tres pequeños no quiero que me pase lo mismo. Tampoco quiero que se me vayan a buscar la guerra…

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El día 11 de septiembre del presente año, helicópteros del Ejército Nacional sobrevolaron la zona conocida como Cuatro Vientos en la vereda Patio Bonito, con el objetivo de realizar una operación militar contra integrantes del frente “Héroes y Mártires de Santa Rosa” del grupo guerrillero ELN. La tropa de la Quinta Brigada descendió sobre la finca de la señora Carmenza y abrió fuego contra su esposo Álvaro, quien estaba al lado de su hijo de tres años.

Los vecinos de Álvaro y Carmenza empezaron a llegar para acompañar a la familia y verificar lo sucedido. Al ver que el cuerpo quería ser levantado por parte de los integrantes del Ejército, se levantaron contra ellos. Tenían temor e ira de que se lo llevaran, de que le pusieran un uniforme para hacerlo pasar como un guerrillero más caído en combate.

Si bien la reacción violenta de los pobladores en contra del ejército no es justificable, esta se generó ante la sensación de injusticia que experimentaron y ante la ausencia de garantías de seguridad por parte de las autoridades locales. La reacción violenta de los integrantes del Ejército Nacional, que terminaron asesinando a un poblador argumentando un compromiso por la defensa de los Derechos Humanos y el respeto al Derecho Internacional Humanitario, si resulta totalmente cuestionable. El SJR Colombia no considera justificable una lucha contra el conflicto armado en el que las víctimas son los campesinos.

En el momento actual del país, esta situación es una oportunidad real para ponernos en los pies de la señora Carmenza, de sus hijos, de todas las familias de la región del Magdalena Medio, del país, que continúan siendo marcadas por el conflicto armado.

El Servicio Jesuita a Refugiados a partir del trabajo desarrollado durante años en las comunidades rurales de San Pablo – Bolívar, re-conoce a Carmenza como una mujer humilde y emprendedora, que trabaja por una vida digna y más bonita para sus hijos. Asimismo, lamentamos que haya tenido que pasar por esta situación y la acompañamos a ella, a sus hijos, a la familia de Álvaro y a los pobladores de la zona, en su lucha por no dejar en la impunidad la muerte de un inocente.

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A sus 36 años, Omaira Lizarazo García, lejos de la casa donde crio y educó a su hija menor, a la dulce Yurlei, conmemora el primer aniversario de su partida. Un año sin su hija, un año que para Omaira ha permitido sobrellevar un proceso de aceptación y duelo, del hecho ocurrido el pasado 4 de septiembre del 2015, en el corregimiento Las Mercedes, donde la belleza natural del territorio se ve empañada constantemente por la presencia de grupos al margen de la ley, siendo estos lo causantes del giro al ritmo de vida de la familia Prado Lizarazo. Foto: comunicaciones regional Norte de Santander.

“El domingo celebramos el primer aniversario de mi niña, su hermana y yo oramos por ella, pero para mi esposo todavía es difícil” comentó Doña Omaira. Y es que para Luis David Prado López es aún más complejo, pues los hechos que le dieron fin a la vida de su hija ocurrieron cuando él no estaba en casa, se encontraba en Cúcuta, la capital del departamento de Norte de Santander, siendo intervenido quirúrgicamente debido a un accidente que sufrió.

Un mes después del desplazamiento forzado, en una jornada itinerante permitió que la señora Omaira y su familia tuviesen la oportunidad de contactarse con el Servicio Jesuita a Refugiados (SJR) – Colombia. Desde aquel día inició el proceso de acompañamiento a esta familia. El acompañamiento legal y psicosocial que el SJR prestó a la señora Omaira y su familia les han permitido apaciguar el dolor por la pérdida de un ser querido, y el desalojo de la casa donde vivieron por tantos años, en el corregimiento Las mercedes, Municipio de Sardinata. Hoy tienen una vivienda digna, ubicada en el casco urbano de Cúcuta. Su hija mayor se encuentra estudiando en la universidad gracias al apoyo recibido, y ella, trabaja de manera informal para solventar los gastos de la casa.

La comunidad a la que llegaron los acogieron con brazos abiertos, Doña Omaira comentó que se siente segura después de mucho tiempo, y aunque extraña su casa, ella y su esposo no desean volver, pues hay muchos recuerdos que quieren dejar en el pasado para seguir adelante como lo han hecho hasta el momento.

Foto: comunicaciones regional Norte de Santander.Omaira, hoy es la presidenta de la Junta de Acción Comunal de su barrio. Entre sonrisas comenta que fue la comunidad quien la eligió para ocupar ese cargo, que sus vecinos la tienen muy en cuenta. Éste cargo le ha otorgado confianza en sí misma, ahora cree en ella y cree en el liderazgo que despertó; además cuenta con los ojos inundados de orgullo y alegría que su primer logro fue el mejoramiento de la cuadra donde vive, todo gestión de ella¸ ha aprovechado su tiempo para perdonar al destino y para acoger en su corazón el sentimiento de reconciliación.

 

Testimonio recopilado por el equipo regional en Norte de Santander del SJR Colombia

Noviembre de 2016

Recopilación: equipo regional Magdalena Medio

“Yo quiero un futuro en el campo”

A sus cincuenta y cinco años, siendo padre de dos hijos, el señor Campo Elías vive con Elvia, su esposa. Puerto Boyacá fue el lugar donde nació, pero la necesidad de encontrar un lugar que le brindara mejores oportunidades lo llevó hasta San Pablo, Bolívar. Actualmente vive allí, en el corregimiento de Cerro Azul, donde es presidente de la Junta de Acción Comunal. Él constantemente está buscando soluciones a todas las necesidades de su comunidad, pues cree que si el Estado invirtiera más en el campo, las futuras generaciones permanecerían en zona rural y estarían orgullosas de llamarse campesinas.

Mi nombre es Campo Elías García y, hace dieciséis años, vivo en San Pablo. Llegué con mi esposa Elvia y mis dos hijos al corregimiento de Cerro Azul y hoy en día tenemos una finquita con cacao, yuca, plátano, pasto y otros cultivos. Esto lo hemos conseguido con mucho esfuerzo, tuvimos que vender una casa que teníamos en Barrancabermeja y un lote en Cimitarra, Santander. 

 A mí, mis papás pudieron darme educación solo hasta que tuve catorce años y yo a esa edad pensaba en todo menos en estudiar, por eso trabajé desde niño en todo lo que la ciudad me ofreciera y nunca terminé mis estudios. Pero llega un momento en que uno se empieza a hacer viejo y las empresas ya no lo quieren contratar, entonces si uno quiere seguir vivo tiene que pensar qué hacer. Fue así cómo llegué acá, porque siempre me ha gustado la agricultura, entonces ¿por qué no vivir del campo?

 Había gente que me decía que no me fuera al sur de Bolívar porque iba a terminar cultivando coca y viviendo en guerra, pero así tocó. Yo no tengo cultivo de coca porque no quiero vivir pensando que en cualquier momento el gobierno mande las fumigaciones o erradicaciones y me dañen todo. Igual ya me han dañado algunos cultivos legales. Yo siempre he pensado que la coca no es la mala, la gente la cultiva porque le toca. En una región como estas donde no hay educación, salud, proyectos productivos, nada, la gente tiene que ver cómo hace para no dejarse morir.

 A mi cultivo de cacao yo le dedico mucho esfuerzo. Fue un apoyo que el SJR dio hace como dos o tres años a algunas familias. Teníamos la opción de elegir varios proyectos productivos como cítricos, aguacate, avicultura, piscicultura. La gente no sabía si el cacao era una buena opción porque ese cultivo se demora dos años en producir, darle vida es muy difícil. Entonces son dos años en los que uno le invierte sin recibir ingresos. Son dos años que uno tiene que trabajarle fuerte a otros cultivos para recibir algo de dinero. Yo me arriesgué y lo sembré, aprendí a cultivarlo por medio de la asistencia técnica que me prestaron y, a pesar de que ha sido muy duro, mi cacao ya está empezando a producir.

 La gente necesita los proyectos productivos para poder tener una buena vida. Yo quiero mucho a mi comunidad, por eso soy el presidente de la Junta de Acción Comunal. A veces es difícil lidiar con la gente, pero yo trabajo por el bienestar de ellos. Con el SJR también hemos recibido información sobre cómo manejar una junta, cuáles son los reglamentos y sobre nuestros derechos como ciudadanos. Recopilación: equipo regional Magdalena Medio

 Como le digo, la cosa es difícil pero ahí estamos buscando qué hacer. Yo quiero dejar algo bien bueno en la comunidad para ver si este país cambia en algo. Hasta el día de hoy, los niños de acá no tienen una educación de calidad porque desde que empezó eso de la educación contratada las clases empiezan dos o tres meses después. No hay bachillerato entonces los jóvenes se tienen que ir para San Pablo o quedarse a trabajar boleando rula, raspando coca o como no tienen capacitación o educación los inducen fácilmente a que terminen trabajando con los grupos armados.

 Yo creo en la paz, pero no creo que sea posible como se está haciendo ahorita. Es necesario que el gobierno haga la paz desde el campo, que le invierta para que así los jóvenes tengan cosas buenas en las qué trabajar. Para que en un futuro no vaya a pasar que la gente tenga hambre y esté tan cansada que la violencia aumente y se conformen nuevos grupos. Yo le tengo mucho miedo a los grupos armados y ahora la delincuencia aumenta día a día. A veces me da hasta miedo bajar a San Pablo porque qué tal me roben y me quiten lo poco que tengo.

 A mí sí que me ha tocado vivir la guerra por mucho tiempo. De acá del corregimiento, la comunidad se ha tenido que desplazar varias veces por bombardeos y combates porque minaron las tierras donde trabajábamos. Una vez en un enfrentamiento entre el ejército y la guerrilla hasta la casa mía llegaban balas que pasaban encima de nosotros, se veían como cocullos [1].

 

 

Testimonio recopilado por el equipo regional en Magdalena Medio del SJR Colombia

Octubre de 2016

 

[1] Insecto parecido a la luciérnaga.

Campeonas olvidadas

Testimonio recopilado por el equipo regional en Norte de Santander del SJR Colombia

Foto: SJR Colombia Comunicaciones

Agosto 21 de 2016

Las injusticias y complicaciones de la vida pasan inadvertidas por el rostro de Arelis Quiñones. Es una persona tranquila, extrovertida y descomplicada. No hace mucho tiempo fue foco de atención de los grandes medios de comunicación nacionales por sus triunfos como deportista. Hoy está en el olvido y sobreviviendo en un asentamiento humano.

Hace 32 años Omar Quiñones y Maria Cecilia Granja trajeron al mundo a la tricampeona suramericana y subcampeona Panamericana de lanzamiento con disco. De padres tumaqueños y raíces negras, Arelis nació en San José de Cúcuta y es la segunda de cinco hijos. Sus padres llegaron a construir en un terreno de invasión en el barrio el Aeropuerto, precisamente denominado así por su cercanía con el Aeropuerto Internacional Camilo Daza. Actualmente las condiciones del barrio son muy distintas por su acelerada urbanización. Allí creció la campeona sudamericana. Arelis Quiñonez

Fue por su hermana mayor que Arelis se inició en el mundo del deporte. En una ocasión, mientras Claudia, la primogénita, estaba en horas de descanso en el colegio, un ojeador le vio contextura atlética. Su cuerpo largo y fornido, prometía grandes logros en el mundo del atletismo. Pronto Arelis se contagió de las prácticas de su hermana y comenzó a entrenar. Inició compitiendo en festivales e intercolegiales en las disciplinas de salto largo, lanzamiento de bola y 80 metros.

Para la cucuteña su gran sacrificio fue dejar su casa y su familia a la corta edad de 15 años. Tras dedicarse de lleno al lanzamiento de disco y romper los 40 metros que le permitieron clasificar a la Selección Colombia de atletismo, por lo cual viajó a concentrarse a la ciudad de Bogotá. Paradójicamente estas instituciones deportivas nacionales no incentivaron el estudio en los cerca de 40 jóvenes que se ganaron un cupo y hasta ahí llegaron sus estudios académicos.

En Bogotá bajó de peso y se deprimió debido a la falta que le hacía su familia pero ella estaba hecha para ser campeona, tenía madera. Estuvo en contacto con psicólogos y se mantuvo en la ardua disciplina a cientos de kilómetros del lugar donde creció. Entrenaba en dos jornadas diarias de lunes a sábado. En el hotel los tenían muy controlados, sabían que comían, que hacían, y no les permitían salir sin permiso. Las jornadas en la mañana eran de 7 a 10 am y en la tarde entrenaba de 3 a 6 pm. El poco tiempo libre era para comer y descansar. Los domingos iban a la ciclovía como requisito de la Federación para mantenerse en forma. La vida de la exitosa atleta apenas comenzaba. Y es que después de eso llegaron los triunfos, como si Arelis al nacer hubiera sido tocada por el rey Midas.

Quedó campeona del Suramericano de la categoría menores realizado en 1998 en Manaos, Brasil. Un titular del periódico La Opinión tituló “Mija llegó la niña”, en referencia a las palabras de Doña Marina cuando la vio llegar. Detrás del titular hay una imagen que ocupa toda una página de Arelis llegando al aeropuerto. En esta ocasión, volvió a Cúcuta y su entrenamiento diario le permitió representar una vez más a su país en el suramericano realizado en Bogotá. Ganó el oro y el periódico El Tiempo título “Dos oros salvaron el honor”. Arelis puso uno, el otro lo puso, Giovanni Amador.

Tres años después el suramericano de atletismo se celebró en Santa Fe, Argentina, y ocho días después el Panamericano. En Argentina ganó el oro y en el Panamericano logró la medalla de plata. Por tercera vez colmó los diarios nacionales. Los titulares hablaron de ella, su foto salió en todos lados, medios nacionales la entrevistaban por ser promesa del atletismo colombiano.

Arelis QuiñonesEn su casa guarda con nostalgia una carpeta repleta de fotocopias de las decenas de artículos y fotos que publicaron sobre ella. Tiempos que hoy ya parecen muy lejanos. Además cuenta que aún conserva una amistad con Katherin Ibargüen, el oro olímpico en salto triple, a quien conoció estando en la disciplina de la selección.

Para Arelis su familia siempre ha jugado un papel importante en su vida. Estando concentrada en Bucaramanga con apenas la mayoría de edad cumplida, su padre tuvo un accidente de tráfico. Pidió una semana de descanso y solo le concedieron tres días. Hizo caso omiso a la orden de la Federación y regresó a Cúcuta sin intenciones de volver. Recibió un jalón de orejas pero ella tenía claro que a su familia no la volvía a dejar. Tampoco dejaría el lanzamiento de disco, seguía entrenando a diario y con la misma rigurosidad en su ciudad natal.

Participó en los juegos nacionales de Medellín y poco a poco su vida empezó a dar giros. Tuvo dos niñas muy parecidas a ella, con un atleta que le robó el corazón. Vivió con él y cuando todo parecía un cuento de hadas unas balas acabaron con la historia de amor. Por robarlo lo asesinaron en Puerto Ordaz.

De ahí en adelante se le venían duros retos para mantener a sus hijas y continuar con su vida. Se fue a vivir con sus padres en el barrio la Libertad, sin embargo una discusión con su madre la alejó de aquel hogar. Por eso llegó luego al barrio la Conquista*, lugar de lucha y sobrevivencia. Es un barrio de invasión habitado en su gran mayoría por personas en situación de desplazamiento forzado. El terreno es inestable, las lluvias se convierten en dramas y las casas están hechas en su mayoría de madera y zinc.

Arelis llegó con sus dos hijas a una casa que no estaba habitada; negoció con el dueño y prometió pagarle a plazos un dinero por lo que él había construido, a cambio de que ella pudiera hacerse al predio. Poco a poco fue construyendo su casa. El piso es rojo de cemento rústico completamente agrietado por la inestabilidad del terreno y está ubicado donde anteriormente había un lago. Cada que llueve duro su casa se inunda, además la casa se ha ido moviendo hacia la carretera. Sin embargo, la comunidad está unida y con la participación de las mujeres están en constante búsqueda de mejores condiciones de vida.

Arelis es un ejemplo de superación. Hoy trabaja para el Instituto Municipal de Recreación y Deporte, donde tres veces por semana instruye a quienes serán los próximos campeones en lanzamiento de disco.

*Actualmente el equipo regional del SJR Colombia en Norte de Santander con sede en Cúcuta acompaña a la comunidad en el barrio La Conquista en sus diferentes procesos organizativos y de empoderamiento comunitario.

Barrancabermeja, Santander.

Nací en Barrancabermeja hace 20 años, en la época de los noventa, una época donde la violencia estaba en todas partes, un tiempo muy difícil para mi familia. Soy hijo único, en una familia humilde y trabajadora. Cuando tenía 5 años nos fuimos a Bogotá con miedo porque secuestraron a un familiar, duramos 3 años en la capital.

Cuando volvimos a Barranca llegamos a la comuna 7, al barrio Minas del Paraíso, la violencia seguía, uno veía hombres armados que se dedicaban a “cuidar” el barrio y llegaban a las casas a ordenarle a la gente que debía asistir a las reuniones que ellos organizaran. Por esa época mi mamá trabajaba haciéndole aseo a una casa de familia, y no importaba si ella tenía que trabajar, era obligatorio ir a esas reuniones o si no la mataban. Mi papá siempre estuvo en la casa porque él es sastre y tiene su taller ahí mismo. Luis Carlos Vesga Caicedo

Siempre me gustó el arte, bailar y desde que tenía 12 o 13 años eso se volvió algo importante en mi vida. Cuando salí del colegio me preguntaba qué podría estudiar, quién iba a ser, qué tipo de profesional, ahora no, ahora me doy cuenta que yo no quiero ser doctor, ni ingeniero, quiero ser artista y vivir del arte y por el arte.

Unirme o más bien ser de los jóvenes fundadores de Jóvenes Constructores de Paz, me permitió reconocer mis talentos, trabajar para otros, preocuparme más por la sociedad en la que vivo. Llegué al grupo por medio del colegio, para ese momento había muchos grupos de jóvenes que se presentaban en el colegio y poco a poco nos fuimos reuniendo todos en la oficina del SJR unos se lo tomaron enserio como yo, otros simplemente lo veían como un espacio para pasar el tiempo.

Los jóvenes siempre hemos estado en la mitad del conflicto, nos afecta mucho, la drogadicción es algo que afecta a los jóvenes del mundo, es un problema gigantesco. Con las drogas viene la necesidad de delinquir, de volverse un delincuente sólo por llegar a ellas. No entiendo por qué en las películas muestran que los que venden drogas son personas adultas, mayores, la realidad es que son los pelados quienes venden, son los pelados quienes roban.

Todo lo que pasa con los pelados hoy en día es porque no tienen guías, no tienen compañía, siempre están solos porque la mamá y el papá trabajan, no hay una ayuda para que un niño o un joven construya su vida y termina buscando eso que no tiene en otras personas.

Cuando llegué al SJR encontré esa guía, mis padres también me la daban, pero conocer a otras personas de otros lugares, recibir sus consejos me permitió formarme, aclaré muchos aspectos de mi vida. Como que uno presta mucha atención a lo que otros tienen por decir y eso marca la diferencia. El grupo de Jóvenes Constructores de paz me ayudo a construirme a mí. Ya no pertenezco al grupo, porque crecí y tengo otras necesidades, pero le sigo apostando a construir mí vida desde el arte, con un grupo de baile de Break Dance; a tener una filosofía de vida distinta, a mí lo que me gusta es bailar y quiero vivir haciendo lo que me gusta.

Fecha de la entrevista: 3 de Marzo de 2015

Equipo Regional

Magdalena Medio

Un poco de mi: “la reina de la casa”

Soy una mujer nacida en Tumaco Nariño en la vereda Buchely, somos ocho hermanos, cuatro mujeres y cuatro hombres, criados por papá y mamá, dos personas muy luchadoras que hicieron todo lo posible para sacarnos adelante con sus manos y el sudor de su frente. Yo nací el 3 de agosto de 1973, siendo la séptima de mis hermanos y hermanas; crecí en una finca ganadera en medio de las vacas y los caballos, corría descalza por toda la finca sintiendo la hermosa naturaleza con mis pies. Cuando tenía ocho años me mandaron al pueblo a estudiar, solamente regresaba a la casa los fines de semana para pasar las vacaciones. Empecé a crecer y mi mamá nos repetía todos los días, “yo  no quiero nada de novios, ni de amigos para ustedes por ahora, ustedes lo que tienen es que estudiar”.

Relato de vida: Irma Fernanda Garzón

Cuando entré a primero de bachillerato yo no quería estudiar más en ese colegio de monjas y le insistía a mi madre que no quería volver, que quería relacionarme con los muchachos, ella no quería, así que yo a escondidas de ella decidí ir a presentarme al colegio mixto y pasé con una buena nota. Le conté y ella seguía insistiendo que no, así que me dejó en el colegio de monjas. Me fue mal y no pasé el año, mis padres por castigo me dejaron un año sin estudio y me metieron a trabajar. Yo iba al pueblo a vender frutas y así ahorré y me pagué mi estudio al siguiente año; mi mamá no quiso ayudarme más, así que yo cosí mi uniforme, compré la tela y lo fabriqué. Hice séptimo y en octavo fue el año en que me enamore, pues conocí a un hombre mayor en el inquilinato del pueblo donde mis hermanos y yo nos quedábamos. José Aparicio el hombre que hoy en día es mi esposo y el padre de mis hijos. Aquel que me decía que saliéramos y me mandaba cosas pero yo no le hacia caso, yo decía no, el es mujeriego.

Pasó un tiempo y yo comencé a sentir cosas por él, así que nos hicimos novios, pero cuando mi mamá se enteró… jum! eso fue un problema porque mi mamá no lo quería, ella decía que le habían dicho “ese hombre es mujeriego” y que los hermanos de él tenían fama de serlo, así que decía que él tampoco se salvaba. Yo no le hice caso a mi mamá y me fui con él; terminé octavo y juntos nos fuimos a vivir a la Guayacana Nariño, construimos nuestro hogar y a los dieciseis años de estar en unión libre nos casamos. Levantando cada día nuestro hogar en la hermosa Guayacana, donde tuvimos nuestros tres hijos. Actualmente José Fernando, nuestro primer hijo tiene 21 años, le sigue Jairo Andres de 18 años y nuestro ultimo hijo Jorge Alfredo con 6 años. Llevamos veintidós años de estar juntos luchando por un mejor futuro. Yo trabajaba en muchas cosas, no me quedaba nunca quieta, trabajaba en una fábrica de bioabono y hacía otras cosas demás con la comunidad; pero el 23 de diciembre de 2013, nos tuvimos que ir, de ese hermoso lugar a causa de algunas amenazas hacia mi familia. Nos tocó irnos del lugar que construimos por mucho tiempo todos juntos… y sentir que un día por miedo tienes que irte y huir, eso es muy difícil… yo aún pienso y recuerdo como era nuestra vida en ese lugar y como es ahora, sintiendo que sigo sin encontrarme a mi misma en este lugar.

Hoy vivo en el barrio el Triunfo en Buenaventura, un lugar que hemos construido juntos con los cuatro hombres que me rodean y me dan fuerzas día a día para salir adelante. La reina de la casa, así me llaman ellos, dándome fortaleza para afrontar esa experiencia vivida. En este caminar como familia seguimos construyendo la vida en busca de un nuevo horizonte que constantemente luchamos por abrirlo agarrados de la mano.

 Por: Diana Fagua Sánchez

 

 

 

Mi nombre es Nelly Galvis nacida el 17 de febrero de 1969, en el barrio Santa Bárbara aquí en Barrancabermeja.  A los 8 días de nacida me llevaron a una finca de mis padres en el bajo Simacota en donde me  crié.  Al pasar el tiempo formé mi hogar en una finca cercana al llano. Para el año de 1986 sufro el primer desplazamiento por la guerrilla que tenía su presencia en la zona, allí nos trasladaron a un campamento en el parque de Granada (Meta) y por lo menos duramos 27 días al sol y al agua protegidos por unos plásticos transparentes. Cuando nos dejaron ir retornamos a la vereda, pero desde este momento se generan gran cantidad de amenazas por los otros grupos al margen de la ley. Por esto nos regresamos al Bajo Simacota en donde teníamos 3 años laborando en una finca que le habían dado por herencia a mi suegra y a mi esposo; y comienzan a tener presencia grupos paramilitares de San Juan Bosco La Verde y salimos desplazados en el año de 1991, dejando atrás la tierra, los cultivos, animales y todas las cosas que teníamos. Relato de vida: Nelly Galvis

En el año de 1998 viviendo en el Sur de Bolívar  me traslado a otra vereda, llamada Floresta  (Sur de Bolívar) de donde salgo desplazada en el 2001. Llegué a Barrancabermeja y declaro por primera vez los desplazamientos, pero por la forma en como culturalmente me crié no pude hacer una vida en este municipio, por lo cual me regreso al campo a trabajar en las fincas de mi papá- Abel Galvis- y estando trabajando asesinan a mi hermano mayor las AUC. Esto me obligó a regresarme a Barrancabermeja y establecerme en el municipio por encima de mi forma de ver la vida.

Estando en el municipio pasando por tantas necesidades me acerco a la personería en el año 2004 y allí me dicen que me acerque al Servicio Jesuita a Refugiados que son las únicas personas que podrían ayudarme en estas circunstancias, aquí recibí una atención con mucho calor humano y siempre atentos a ayudarme en muchas de las inquietudes y solventando necesidades básicas de mi hogar.

Uno de los más grandes apoyos que pude recibir del SJR fue el de organizarnos como asociación de víctimas, en donde comienzo a trabajar con las víctimas, siendo en varias oportunidades la secretaria de organizaciones, una de ellas  en CEDESMAG y para el año 2010 por solicitud de las víctimas con las que trabajaba me nombran representante legal de APOVENCO, en donde registran en cámara de comercio 114 personas y de base 250 personas, (es de aclarar que son muchas más las personas que hemos podido ayudar). Para esta etapa  de mi vida el Servicio Jesuita a Refugiados fue un pilar para los logros alcanzados con la comunidad, ya que por el proceso que se llevaba muchas personas beneficiarias recibían apoyos en alimentos, medicamentos, transporte, documentos, talleres, asesoría, entre muchas cosas más.

Yo le agradezco al SJR porque también logré tener una fuente de trabajo en mi propia casa por el apoyo a una iniciativa productiva de miscelánea, que me ha facilitado tener recursos para sobrevivir y para seguir ayudando a más personas víctimas de este conflicto que vive el país.

Por: SJR COLOMBIA en el Magdalena Medio