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Category ArchiveHistorias que Tejen Sueños

Segundo e Isabel: Entre el amor y la violencia

Cuando yo tenía como dieciséis años, Segundo empezó a trabajar con una señora que vivía cerquita, entonces él la ayudaba a arriar en mula el arroz hasta Puerto Coca, que en ese entonces no era el caserío que existe ahora, sino que ahí quedaba una sola casa a la que le decían La Bodega; ahí llegaba todo el mundo a depositar el arroz y el resto del pueblo era un pajonal. En una de esas arriadas, yo me encontré con Segundo en Puerto Coca, me acababa de bajar de un Johnson con un montón de gente, porque en esa época no había camino para llegar a Coco, que era donde la gente iba a comprar los víveres, entonces tocaba embarcarse en el río. En eso, Juan Ledesma, el esposo de mi mamá que era muy celoso conmigo y trataba de fregarme cuando mi mamá se iba de la casa, me vio hablando con Segundo y pareció como si lo hubiera puñaleado; se paró, cogió su mochila de víveres, se la echó a la espalda y arrancó y se fue. Al rato veníamos ya en el camino, montada yo en la mula de una señora, cuando me sale este man de entre un pajonal y me coge con un cinturón y écheme fuete, hasta que yo le cogí el cinturón y nos fuimos los dos al suelo. De buenas que en ese momento nos alcanzó Segundo, que venía por el mismo caminito y empezó a gritar que qué pasaba, que me soltara, entonces Ledesma me soltó y arrancó, pero me seguía gritando cosas.

Segundo me preguntó: “Isabel, ¿y tú qué vas a hacer? ¿Para dónde te vas a ir ahora, para donde tu mamá a que te sigan pegando, o te vienes conmigo?” Y yo le dije así nada más, que me iba con él, sin nosotros tener palabra de casarnos ni nada; sencillamente me bajé del mulo de la señora, me despedí de ella y me subí al de Segundo y arrancamos juntos para arriba, para Aguas Frías; eso fue el 5 de noviembre del año 1961.

Mi nombre es Isabel Arrieta, yo nací en Sucre, pero me vine a Tiquisio, Bolívar como de 7 años con mi mamá y dos hermanos. Llegamos al Coco Tiquisio porque mi mamá estaba buscando mejorar la economía, porque como éramos solo mujeres y nosotras estábamos pequeñitas, la situación estaba templada, entonces mi mamá se empleó cocinando y lavando. Al tiempito de llegar, mi mamá conoció al señor Juan Ledesma, se casaron y nos fuimos a vivir a La Hamaca, que es una veredita de aquí de Tiquisio, bien bonita.

El problema fue que Ledesma no hizo más que meterle cucarachas a mi mamá, diciendo que yo ya estaba con Segundo hace tiempo a escondidas; total que a la semana siguiente ya estaba mi mami allá en el Coco Tiquisio esperándonos con la demanda puesta por lo que yo era menor de edad y Segundo me llevó sin habernos casado, entonces lo cogieron preso. Él estuvo allá metido en la comisaría del Coco durante tres semanas, pero era Ledesma el que lo tenía ahí y quería obligarnos a casarnos, pero yo le decía que la culpa la tenía él, porque yo no tenía pensado casarme, sino que a mí me tocó salirme de allá porque él me tenía humillada. Al tercer domingo firmamos un montón de papeles con un testigo y esas cosas y al fin dejaron salir a Segundo y nos devolvimos para Aguas Frías; y ya estuvimos juntos desde ese día, hasta hoy. Como a los seis meses sacamos a mi mamá de allá porque Ledesma le estaba dando muy mala vida, y Segundo le construyó un ranchito al lado del nuestro para que viviera tranquila.

De ahí para adelante tuvimos una vida muy buena; en el año 1962, nació Isabel, nuestra primera hija. Luego en 1965, nació Beatriz, y el tercero fue Pedro, que nació en el año 1967, y así sucesivamente hasta que completamos los diez.

 

Yo creo que aquí varias personas murieron del corazón, ¿oyó?

 

El cuento empezó a cambiar como en los noventa, al principio los manes del ELN solo pasaban y uno los veía por ahí, pero poco a poco se nos fueron metiendo hasta que terminaron casi que viviendo con nosotros, porque se nos metían a las casas y nos decían “compañeros, necesitamos el fogón para cocinar” y ¡ay! De que uno les llegara a decir que no o a hacer mala cara; entonces ya se nos volvió costumbre tenerlos entre nuestros ranchos comiendo, durmiendo, escampando, cualquier cosa era pretexto para metérselos, y tras de todo, comerse nuestras cosas.

En el año 1995, Segundo y yo nos casamos y nos bajamos para el corregimiento Puerto Coca, a la finca Villa Doris, que hacía un tiempito una gente la había cogido y la había parcelado porque estaba abandonada, entonces nosotros compramos una parcelita ni muy grande, ni muy chiquita y nos vinimos para acá con los hijos menores porque ya los mayores estaban hechos.

Al tiempo nos tocó dejar esa casa sola porque la guerrilla se puso a traer todo el ganado que se robaban y a meterlo a nuestras tierras.

 

 

A Segundo le tocó irse para Magangué a la casa de una de nuestras hijas y a los ocho días me fui yo para allá también; acá se quedaron tres de nuestros hijos: José Segundo, Pedro y Neilson. Lo que pasó fue que un concejal de Tiquisio le prometió a la comunidad que si quedaba electo, iba a dar cincuenta láminas de zinc para armar la escuelita de Villa Doris, porque como existe un pleito por quién es el dueño de estas tierras a pesar que nosotros llevamos acá un pocotón de años, el Gobierno ha cogido eso de excusa para no darnos nada, ni alumbrado eléctrico, ni escuelita, ni vías, ni ayudas, ni nada. La comunidad le votó al tipo y ganó, pero no cumplió, entonces los del ELN bajaron a buscar a Segundo que era el presidente de la Junta de Acción Comunal de Villa Doris; ellos vinieron preguntando que qué había pasado con la escuela y Segundo no tuvo más opción que contarles, con ellos toca así siempre. Luego estuvieron amenazando al concejal diciéndole que le cumpliera al pueblo a pesar de que Segundo les pidió que no lo hicieran porque no quería que la gente creyera que él y la Junta de Acción Comunal tenía algún vínculo con esos señores.

Como lo que los elenos decían no era un favor sino una orden, después de un tiempo, a Segundo, al tesorero y al secretario les tocó ir a recoger las tejas y unos bultos de cemento, aunque Segundo no quería ir, a él eso no le daba buena espina. Y así después de un tiempo los paramilitares llegaron a buscar a Segundo diciendo que el concejal los había mandado a matar al señor Turizo porque él era un guerrillero. Afortunadamente Segundo ese día estaba para afuera arriando un ganado y no lo encontraron, pero sabía que tarde o temprano lo iban a volver a buscar hasta que lo encontraran para matarlo.

Después de todo eso y de estar viviendo en Magangué, nos devolvimos a Villa Doris porque si yo me iba a morir, me moría en mi tierra y con mis hijos, pero no me iba a morir de hambre por allá, porque además, cuando uno es desplazado siempre le dicen que le van a llegar ayudas y qué va, le dan a uno un mercadito o dos, ¿y el resto del tiempo uno qué come si uno por allá no conoce ni sabe hacer nada?.

 

El problema es que en medio de la guerra,

parece que lo peor que uno puede hacer es ser bueno,

porque ahí empiezan a venir los problemas encima.

 

 

En el año 2003 nació Proceso Ciudadano por Tiquisio. Nuestro hijo José Segundo se metió en todo el rollo y empezó a formarse como líder; él era un pelado muy inteligente, sabía leer y escribir muy bien y hablarle a la gente, entonces rapidito se convirtió en uno de los hombres de confianza tanto del padre Gallego, que vino a ayudarnos en ese año, como de la comunidad; eso lo llamaban a cada rato para viajar por todo el país a reuniones, a dictar charlas, a talleres.

A nosotros nos han llegado muchas versiones de por qué mataron a José Segundo, pero ninguna es segura y además ninguna nos consuela; algunos dicen que lo mataron porque él administraba un trapiche que era del Proceso Ciudadano por Tiquisio y los paramilitares querían este terreno donde estaba el trapiche para esconderse, otros, que lo mataron por sapo, por ser líder, y hay los que dicen que al pelado lo mataron por error.

Ahora el que está metido en todo el cuento del Proceso es Pedro, otro de nuestros hijos que siempre acompañaba a José Segundo a las reuniones; él nunca se educó formalmente en los programas que trajeron para los líderes, pero igual ya había aprendido muchas cosas. A mi me da miedo ver a Pedro en esas también, pero recuerdo todas las vidas que ayudó a salvar mi pelado.

Pues sí, esta ha sido nuestra vida, a veces ni yo me creo que hayamos pasado por tantas cosas malas: que muévase de un lado para otro, que la amenaza por acá, que nos va a hacer daño el uno el otro. Lo bueno es que tenemos una familia grande, que hemos podido seguir unidos, a pesar de los problemas, solo nos falta mi pelado… Pero lo bueno es que los que quedamos todavía tenemos ganas de luchar y ya no nos vamos a separar, y si nos sacan, nos sacan a todos, y si nos matan, pues nos tendrán que matar a todos juntos.

Don Jose Uriel y sus 7 vidas

Ronda por ahí, el mito de que los gatos pueden tener entre 7 y hasta 9 vidas. Se dice que es por ser un animal, ágil, veloz, inteligente y fuerte. Características que les permiten poder salir ilesos o escapar de situaciones peligrosas que, para otros animales podría ser una muerte segura.

 

A veces los mitos pueden volverse realidad, o eso parece en la vida de José Uriel, campesino de 69 años oriundo de Marquetalia, Caldas que durante su trayecto de vida ha sobrevivido a siete desplazamientos forzados, siete lugares diferentes, mudándose de pueblo en pueblo, yendo de un país a otro y regresando a Colombia en el 2015. Quizá para vivir su séptima vida en el país donde todo comenzó.

Su primer desplazamiento fue en el 2001, en el municipio de Tibú, Norte de Santander, zona azotada históricamente por el conflicto armado colombiano. Don Uriel llevaba años en su parcela trabajando, tenía gallinas, cerdos y abundante ganado. Sin embargo, José Uriel recuerda que un viernes a la 1 de la tarde llegaron las Autodefensas a su finca. —Yo le clamaba al señor donde estaba escondido, que se llevaran todo, menos que me fueran a ¡matar un obrerito! y ¡llévense todo! pero que no me vayan a hacer daño, ni dañar a un obrerito, porque tremendo.

Y así fue, José Uriel, con su parcela quemada y sin animales, llegó a otra parcela en Caño Cinco, para rehacer su vida. Sin embargo, no pasó mucho tiempo, para que las Autodefensas en el 2005 irrumpieran de nuevo en la vida de José Uriel, intentando acabar con ella —¡Yo soy ese señor que buscan! ¡Pero yo no soy ese guerrillero o me ven camuflado o están muy mal informados! — comentaba José Uriel.

Golpes, muertes, torturas y un sinfín de abusos y desprotecciones sufrió José Uriel y su familia aquel día. —Nos tocó salirnos porque se trajeron al hijo mío, al mayor pa Tibú todo torturado (…) me toco salirme de allá, votar esa vaina allá y dejar eso allá y venirme a vivir acá [Venezuela]. El hogar acabado prácticamente –

Y así, con su nueva compañera optan por una tercera vida, cruzando la frontera hacia Venezuela, para pasar la tormenta y los estruendos que no cesaban en Colombia, intentando escampar de la violencia. Llegaron a Guasdalito, Estado Apure, donde fueron a solicitar Refugio en Venezuela y lo obtuvieron. Fue una pequeña victoria que les permitió calmar tanto sufrimiento en Colombia, amparados bajo la figura de refugiados.

Aunque José Uriel se encontraba al otro lado de la frontera, pareciera que los vientos lo perseguían y la nube tormentosa de nuevo lo acechaba. —Estando en Guadualito llegaron unos manes preguntando por mí y todas esas cosas y dijo la señora de la casa [donde estaba viviendo José Uriel] “¡No. el señor salió!” Y según me dice la señora, [las personas que lo buscaban dijeron:]“¡Ah, pero se nos volvió a escapar ese viejo!”. Entonces yo llegué de donde estaba trabajando y le dije a mi compañera ¡vámonos de aquí!

En su cuarto intento por huir de la tormenta, llegaron a un pueblo que se llamaba el Calabozo, Estado Guárico. Ahí no duraron mucho tiempo pues José Uriel no logró encontrar un trabajo para sostener a su familia. —Nos fuimos para allá y sinceramente ¡fue un calabozo! – exclamaba José Uriel entre risas.

Del Estado Guárico, pasaron a la ciudad de Caja Seca, Estado Zulia donde parecía que el quinto intento era por fin el último. Allí José Uriel y su familia vivieron por más de 13 años. Las cosas mejoraron, adquirieron una propiedad y lograron por fin mantener un poco de tranquilidad en sus vidas. —Descanso, fue mucho descanso, señorita.

Y aunque Venezuela fue su nuevo hogar por un largo tiempo, para el 2015 ese país afrontaba una crisis humanitaria donde los medios de vida y los servicios básicos poco a poco fueron colapsando, la inflación ya no permitía costear lo mínimo para vivir y cada vez más se sentía el desabastecimiento de alimentos, medicamentos y productos básicos. Ese mismo año, el presidente Nicolás Maduro decidió en agosto, de manera unilateral, cerrar la frontera con Colombia declarando el estado de excepción en los estados limítrofes y procediendo a las deportaciones masivas de ciudadanos colombianos.

José Uriel y su familia sintieron los estragos de la crisis. Fueron violentados por la Guardia Venezolana, donde les quitaron todo lo que habían construido en ese país. —¡Allá hay una cosa muy tenaz! una cosa muy tenaz pasó lo que pasó aquí [Colombia], aquí llegaban los paramilitares y si veían si la finca estaba buena, o que el fulano tenía ganadito entonces lo fichan como guerrillero para quitarle las reses, entonces es tenaz, es tremendo. ¡Lo mismo pasó allá! [Venezuela] Allá supuestamente la misma autoridad se presta para todas esas vainas, como pasa aquí—.

Y sin nada, sin donde dormir o comer, se desplazan nuevamente hacia Colombia, intentando escampar de la fuerte tormenta en Venezuela. Con lo único que llegaron fue con un montón de esperanzas y documentos que certificaban sus nacionalidades colombianas y haber sido víctimas del conflicto armado.  Aun así, estos documentos no han sido una garantía para acceder a sus derechos, donde después de 18 años, siguen esperando las ayudas de la Unidad de Víctimas. Sin embargo, las esperanzas persisten —Yo tengo la ilusión— comenta José Uriel.

Ya en Cúcuta, José Uriel no tiene la posibilidad de regresar a Tibú, lo que una vez fue su hogar en Colombia. El conflicto en la zona no cesa, se sigue recrudeciendo y José Uriel aún siente miedo de las amenazas que le costaron su hogar en Colombia:

Uno pues está amenazado por esa gente y no puedo volver a la finca que tuve en Tibú, el problema es en Tibú, y en Tibú las cosas están horribles hoy. (…)  Yo dijera no, pues yo me reubico y me voy para mi finca, pero ahora con ese conflicto tan sumamente tenaz. Resulta y pasa que, según los comentarios de la gente, dicen que toda la disidencia de los paramilitares que quedaron, ingresaron a los Pelusos, entonces hay una confusión sumamente tremenda, los paramilitares están incluidos con los Pelusos y el ELN está combatiendo contra ellos—

Sin alternativas, José Uriel se desplaza de lugar en lugar en la Ciudad de Cúcuta tratando de encontrar un techo para vivir. Algunas personas los alojaron por 15 días, otros días alquilaron una cochera, otros días en unas piecitas y ahora se encuentran viviendo en el Barrio Camilo Daza.  En esos momentos José Uriel a través de la Defensoría del Pueblo conoce al Servicio Jesuita a Refugiados en el primer semestre de 2017.

El JRS ha acompañado a José Uriel y su familia, a través de asesoramiento jurídico, como derechos de petición frente a la ley de Víctimas, trámites para acceder al SISBEN y afiliación a la salud, acceso a nacionalidad para sus hijos y acceso a educación. Así mismo ha contando con atención humanitaria para mercados, arriendos y una bombona. Todo lo anterior, acompañado también de apoyo psicosocial para él y su familia. —Llegamos con la problemática de empapelar a los niños, entonces ya el compañero Germán y Paola se enfocaron sobre esa situación y gracias al señor ya están registrados y están estudiando —

José Uriel, ya establecido en Cúcuta, después de tanto recorrer, escapando de tantas tormentas, sigue estando firme, con paso fuerte, sus sueños no descansan. Puede que, para su séptima vida, José Uriel pueda cumplir su deseo de volver y trabajar en el campo, y que esta vez pueda rehacer su vida, sin tener que correr tanto. —Yo quisiera que de pronto, lo primero que todo, lo primordial ante todo es la casita y una fuente de trabajo, sea una parcelita, pero de campo—

Sus pasos son ejemplos de las constantes ambivalencias de la frontera colombo-venezolana, donde los momentos de crisis interna de los países (conflicto armado en Colombia y crisis humanitaria en Venezuela) dejan a múltiples familias en medio de fuegos cruzados. Fuegos cruzados, que dan paso al desplazamiento como única opción para escampar de las recurrentes desprotecciones.

Lionel no podía llorar

—¡Mamá, el niño no puede llorar mucho porque le duele el corazón!— gritaba Leonardo a su mamá cuando Lionel, su hermanito bebé comenzaba a llorar y ella estaba ocupada. Frente a esa situación había dos opciones: o Yenny, la mamá de los niños, iba y arrullaba al pequeño Lionel para tranquilizarlo, o Leonardo usaba su ingenio y creatividad para entretenerlo. En todo caso lo más importante era que el  pequeño Lionel no llorara.

Yenny Moreno es la madre de Leonardo, Leandro y Lionel. Leonardo tiene 6 años, Leandro tiene 5 y Lionel tiene 1. Junto con su esposo, conforman una familia proveniente del Estado Mérida en Venezuela.

—A él le escuchaban el corazón y se le escuchaba muy raro— dice Yenny recordando el 29 de septiembre de 2017, cuando Lionel nació y los médicos lo examinaron para saber a qué se debía ese extraño sonido en su pecho. El diagnóstico fue que Lionel había nacido con una cardiopatía congénita que consistía en una estrechamiento de una arteria y un soplo en el corazón.

La situación médica era compleja y Lionel requería con urgencia una cirugía para ensanchar la arteria afectada. Sin embargo, la máximo que se logró en Venezuela fue que su caso entrara en una lista de espera que con el tiempo debería atender el Estado Venezolano.

Lionel no podía llorar porque cualquier emoción o actividad que le pudiera agitar el corazón lo afectaba por su cardiopatía. No obstante, evitar que un recién nacido llore es una tarea casi imposible. No hay nada más natural en un bebé que su impulso por llorar porque tiene hambre, sueño, ganas de hacer chichí o cualquier otra cosa. La única que lograba tranquilizarlo del todo era su mamá y tal vez por eso, Lionel no se le despegaba en ningún momento.

Yenny es una mujer joven y sonriente que irradia tranquilidad y amor. Al igual que su hijo menor, Leonardo y Leandro están alrededor de ella casi todo el tiempo, como cuidándola mientras ella también los cuida. Por su acento habla rápido, pero su tono de voz es suave, como si acariciara cada palabra. Su actitud es serena mezclada con tenacidad y valentía por todas las luchas que ha tenido que afrontar  frente a las burocracias colombiana y venezolana.

—Mi esposo, mi hermana, el bebé y yo decidimos venirnos en diciembre— cuenta Yenny. —Nosotros tenemos la costumbre de que los niños estén felices en esa época pero nada, no había para nada, ni para la hayaca ni para nada. Entonces dijimos ¡vámonos por ellos! y nos vinimos por ellos—.

Yenny, su esposo y Lionel llegaron el 6 de enero a Colombia buscando una mejor situación económica para su familia y mejores condiciones de salud para Lionel. En Venezuela ya no tenían con qué comer y pasados tres meses del nacimiento de su hijo no lo habían operado.  Mientras ellos se establecían en Colombia, Doña Carmen, la mamá de Yenny, se quedó en Mérida con los dos hijos mayores. Con cada día que pasaba Yenny sentía más miedo por la salud de Lionel.

 

***

Don Carlos Moreno nació en Cúcuta, Norte de Santander, en Colombia. En su juventud migró hacia Venezuela donde se conoció y casó con la venezolana Carmen Rondón, la mamá de Yenny. Sus  hijos nacieron en Venezuela y vivió allá, en el municipio Libertador del Estado Mérida durante 30 años que culminaron hace pocos meses, cuando regresó a Colombia. Su caso hace parte de los más de 250.000 colombianos que en el pasado migraron a Venezuela y ahora han tenido que retornar por las dificultades que ese país afronta.

Hoy don Carlos, su esposa y varios de sus familiares viven en una casa en el municipio colombiano y fronterizo de Villa del Rosario. En total, allí  viven 23 personas —entre las que están Yenny y su familia— que poco a poco han ido llegando de Venezuela y se han ido acomodando en la casa. Aunque están un poco apretados de espacio, tienen un techo donde dormir y la cercanía y apoyo que la familia puede brindar en momentos difíciles.

Muchos de los familiares de don Carlos han tenido que dejar en Venezuela todo lo que tenían y llegar a Colombia sin empleo, sin dinero, sin orientación y sin saber cómo empezar una nueva vida.  —Llegamos aquí y fue duro, porque tampoco teníamos ni para comer— cuenta Yenny, —empezamos a vender café pero no nos daba… mi esposo intentó otros trabajos pero nada. Entonces él dejó de trabajar en eso y ahora vende chupetas ahí afuera en la carretera—.

Fue allí cuando el JRS comenzó a acompañar a toda esta familia. Se les entregaron bonos de alimentación y elementos para cocinar. —Nosotros no teníamos dónde cocinar porque acá no había cocina, no había fogones, nada, entonces ustedes me llegaron con una cocina y una bombona— relata Yenny.

Los 23 integrantes de esta familia no solo deben enfrentarse al reto de reconstruir los cimientos de su vida, sino que además no tienen garantías ni protección para hacerlo por no ser colombianos. La falta de  nacionalidad los hace vulnerables a la desprotección de sus derechos fundamentales.

Sin embargo, gracias a que don Carlos y sus hermanos sí son colombianos, ellos pueden darle la nacionalidad a sus hijos y sus hijos a sus nietos. Pero el trámite es lento,  engorroso y costoso, pues don Carlos debe viajar a Venezuela a reclamar las partidas de sus hijos y esperar a que se las entreguen. El JRS lo apoyó económicamente para hacer el viaje a Mérida el 16 de agosto de 2018, pero un més después de estar allá no había recibido los papeles. Durante ese tiempo, familiares de él como el pequeño Lionel han visto vulnerados sus derechos fundamentales.

 

***

 

Lionel es moreno y tiene ojos grandes de color café oscuro. Su cabello es ondulado y también es café. Sin separarse de los brazos de su mamá, observa todo su alrededor y parece tener claro quiénes están cerca de él, qué están haciendo y qué dejan de hacer. Es curioso. Sus hermanitos mayores, que parecen mellizos y a veces se visten (o Yenny los viste) igual,  juegan con él, lo consienten y lo estripan para abrazarlo.

Aunque Lionel no sabe qué es Venezuela o Colombia ni sabe que él es venezolano, su salud sí ha sido afectada por la nacionalidad. —El bebé se me enfermó acá en Colombia y yo lo llevé al médico porque tenía como mucha gripa, moquito, lo congestionaba más y yo lo veía más mal y él se agitaba— cuenta Yenny. —Y allá (en el Hospital Erasmo Meoz) me lo dejaron más que todo por lo del corazón. (…). Pero los doctores me lo dieron de alta y me dijeron que siguiera buscando por fuera, por el IDS (Instituto Departamental de Salud) —.

Esa primera vez que Lionel estuvo en el hospital duró un mes en urgencias. Los médicos se dieron cuenta de que lo urgente no era la gripa, sino la cirugía que debieron haberle practicado desde recién nacido. Sin embargo no se la hicieron porque no había quién la pagara. Sin ningún tipo de afiliación al sistema de salud, el bebé hace parte de la Población Pobre no Asegurada, el término jurídico con el que se conoce en Colombia a aquellas personas sin ningún tipo de afiliación a la salud.

La salud es un derecho fundamental y por ello, incluso cuando no hay afiliación al sistema de salud, los Estados deben garantizar la atención médica de cualquier persona. En el departamento de Norte de Santander, en Colombia, el Instituto Departamental de Salud (IDS) es el encargado de otorgar la atención a la Población Pobre no Asegurada. No obstante, los recursos de esta entidad son escasos y por ello se ponen trabas para cubrir algunos gastos médicos. La cirugía de Lionel costaba 230 millones de pesos y en el hospital decían que no se la podían hacer por el costo. El IDS no la pagaba.

En ese momento Yenny se acercó con la historia médica de Lionel a la oficina del JRS  y allí la acompañaron y asesoraron sobre cómo exigir la protección a la salud de su hijo. Con el apoyo del Servicio Jesuita a Refugiados se hizo una tutela para pedir que a Lionel se le practicara la cirugía que después de 10 meses de vida no se le había realizado. A los 10 días el juez falló y obligó al IDS a pagar la operación para proteger “el derecho a la salud en conexión a la vida” de Lionel.

Si bien el fallo de la tutela fue favorable, aún quedaba camino para que Lionel por fin fuera operado. El IDS no se comunicaba con Yenny para programar la cirugía y no pagaban el procedimiento al hospital. Entonces se presentó ante el juez un desacato por el incumplimiento que el Instituto estaba haciendo del fallo.

—Para mí fue muy duro ahorita para que me lo operaran— cuenta Yeny —con Lionel he sentido mucho miedo, pero está bien gracias a Dios—. Tras el desacato el IDS comenzó a cumplir parcialmente la tutela. Remitieron a Lionel a una clínica privada para que allí lo viera un cardiólogo e inicialmente solo le iban a cubrir un cateterismo. No obstante, la orden del juez solo se cumplía hasta el momento en que a Lionel le operaran su cardiopatía. Finalmente el 17 de agosto le hicieron la cirugía y el 27 del mismo mes salió de la clínica.

Por esos días llegó a Colombia doña Carmen con Leonardo y Leandro —porque ellos nos extrañaban mucho— cuenta Yenny. Después de la cirugía de Lionel y la llegada de los niños la angustia de Yenny empezó a disminuir. Sin embargo, hoy está en los engorroso trámites para que a Lionel le hagan los controles médicos del postoperatorio y le brinden los medicamentos esenciales que debe tomar por su condición. Hoy sigue esperando que a su papá le entreguen las partidas en Venezuela para que ella y sus tres hijos accedan a la nacionalidad colombiana.

A pesar de la espera por los medicamentos y controles médicos, Lionel se encuentra mejor. —Ahorita después de la operación Lionel ha estado más tranquilo— cuenta Yenny —Si llora es porque quiere comida o tiene sueño, pero ya está más tranquilo. Ya no se agita, ya se ríe y ya camina porque antes no—.

Tras los meses de constante angustia, Yenny hoy tiene otros motivos para preocuparse. —Ahorita lo que pasa es que no me quiere comer. Lo obligó a comer porque no quiere. Quiere es estar pegado a mí— dice Yenny. —Del caldo le gusta es la papa, entonces le digo “si se como una o dos cucharadas, le doy la teta”. Entonces lo piensa, hasta que me lo recibe—.

Tal vez Lionel no quiere separarse de su mamá porque el vínculo creado entre madre e hijo es muy intenso. Se ve en la forma en que se miran. Se nota en que Lionel no se le despega nunca. Se siente en ese amor tan recíproco entre los dos que se ha materializado en las luchas que Yenny enfrenta por su hijo.

—Lionel para mí es una bendición, o sea, todos mis hijos, pero él no sé, él es con el que más he sufrido, pero también me he levantado— dice Yenny conmovida. Seguro que para Lionel su mamá también es una bendición, porque aunque él no sepa de países, trámites o fronteras, sí sabe quién es su mamá. Yenny es la mujer que lo ha protegido, que lo consuela y que le permitió por primera vez llorar tranquilamente.

Caminar

 

Cuando se le pregunta a Iris —¿cuál es tu sueño?— ella no lo duda. Por un momento pierde la timidez y responde con seguridad —mi sueño ahorita es poder caminar—.  Aunque tiene nueve años y nunca lo ha podido hacer, su situación médica no ha sido un impedimento para volar alto y soñar lejos.

Dianid Florez tiene cinco hijos. Jose Miguel y Mary Johana son los mayores, Iris es la del medio, y Ángel Daniel y Keyler Lionel son los menores. Todos viven juntos en Cúcuta, Norte de Santander y provienen de Socopó, Estado Barinas, en Venezuela.

El rostro de iris refleja alegría y tranquilidad. Con su sonrisa un poco tímida, deja que se asomen los huequitos que la caída de los dientes de leche le han dejado. Sus ojos, oscuros, grandes y expresivos brillan tanto que alejan de su vida cualquier lamento sobre su condición médica. No le gusta que los demás la vean con aflicción, porque como su hermana afirma —Iris no es una niña especial—.

—Iris nació con un problema en la columna, pero desde que la operaron de eso, le empezó a subir el líquido al cerebro y le dio hidrocefalia— cuenta Dianid. Desde ese momento, cuando la niña tenía un mes de nacida, Iris ha pasado por tres cirugías más. Algunas por la hidrocefalia y otras de la columna. Por ambas situaciones médicas ha necesitado a lo largo de su vida controles con especialistas y medicamentos.

En Venezuela la situación económica y social cada día se iba tornando más difícil. —¡Realmente allá el dinero no alcanza para nada!— cuenta Dianid. —¡La canasta alimenticia no se conseguía! Uno llegaba a un supermercado a comprar una harina, y tenía que hacer una cola como de dos días para ver si alcanzaba a comprar—. Ante esa circunstancia, Dianid comenzó hace dos años un vaivén entre Colombia y Venezuela en el que iba a Cúcuta a conseguir lo que su familia necesitaba y luego lo llevaba a sus hijos que aún estaban en Socopó.

La situación médica de Iris también se empezó a ver afectada por lo que ocurría en Venezuela. —A ella tenían que hacerle controles—, cuenta Dianid —pero los especialistas dejaron de funcionar en el hospital y ahora solo funcionaban en centros privados, (…) pero no alcanzaba el dinero para pagar privados—.

Era cuestión de tiempo que Iris se enfermara y Dianid no encontrara la atención adecuada para su hija en Venezuela y ese día llegó. —Un día ella se me enfermó y entonces me vine para Colombia— cuenta Dianid, —allá para uno hospitalizar a un niño tenía que comprar desde el catéter y de ahí para arriba, pero yo no tenía cómo comprar eso—.

Frente a ese panorama, Dianid decidió emprender la travesía de viajar con su hija enferma, durante 6 horas y media, desde Socopó hasta Cúcuta. Fue una decisión difícil, pero era la única alternativa que quedaba. Dianid no ha sido la única, muchas familias venezolanas se ha visto en la misma situación de migrar a Colombia por la falta de protección de sus derechos.

Una vez en Cúcuta Dianid llevó a su hija al Hospital Erasmo Meoz. Allá la hospitalizaron durante poco más de un mes. La niña salió sintiéndose bien y sin ningún dolor, pero los médicos no le explicaron con claridad a Dianid por qué Iris había estado enferma.  Hoy, ni Iris ni Dianid saben a ciencia cierta qué fue lo que le pasó en ese episodio.

—He estado bien después de que salí del médico— dice Iris, nuevamente con timidez. Y según cuenta su mamá, efectivamente Iris ha estado sana desde que salió del hospital, pero no ha podido tener las terapias, ni los controles médicos con los especialistas que deberían verla y hacerle seguimiento. Si bien Dianid pudo resolver en Colombia la urgencia médica que tuvo su hija hace algunos meses, se lamenta que la niña —desde Venezuela no había podido tener controles con los especialistas y acá tampoco los ha podido tener—.

—Yo me enteré del JRS cuando estaba acostada con la niña en la camilla— cuenta Dianid recordando el momento en el que Iris estaba hospitalizada.  —Llegaron a visitarme, me tomaron los datos, y me empezaron a ayudar. Ahorita me consiguieron unos medicamentos y me ayudaron a conseguir unos exámenes—

Hoy Dianid ya se estableció en Colombia con sus cinco hijos a pesar de las dificultades que tuvo para encontrar alojamiento. Debieron caminar mucho y tocar muchas puertas porque eran rechazados por la cantidad de niños que había en la familia. Una vez encontraron hospedaje, fue necesario adecuarlo para tener los servicios básicos. Allí, el JRS los apoyó con elementos para la cocina, bonos de mercado y pañales.

—Describiría a mi hermanita como una niña muy inteligente, ordenada, sentimental— dice Mary Johana, la hermana mayor, sobre Iris. Dianid complementa a su hija diciendo —Sí, Iris es sentimental (…)  Y en la casa pues le gusta hacer muchas tareas. (…) sumar, restar, colorear y a hacer dibujos—.

Iris es una niña responsable y ordenada con su ropa, su cuarto y sus cosas, y le exige la misma responsabilidad a su hermana, con quien comparte habitación. Además, entre risas Dianid cuenta que cuando los hermanos de Iris llegaban del colegio en Venezuela, ella —de una vez los regañaba: “vaya y se baña. Póngase a hacer tareas, ¡Jesús, las tareas!”—.

Iris también es una niña decidida. A pesar de las limitaciones que tiene por no poder caminar, le gusta hacer sus cosas. No le gusta que todos estén detrás de ella ni que le digan que no puede hacer algo. Cuando eso ocurre, Iris replica diciendo —¡Que sí puedo!—.

En este momento, Dianid e Iris están a la espera de que el Estado Colombiano les otorgue el PEP (Permiso Especial de Permanencia) al que tienen derecho por haberse censado en el RAMV (Registro Administrativo de Migrantes Venezolanos). Una vez tengan ese permiso, Iris podrá inscribirse al Sisbén para comenzar los trámites necesarios para las  terapias y la cirugía que necesita para poder caminar. Una vez tengan ese permiso, Iris estará más cerca de cumplir por fin su sueño de caminar.

 

Cuando los derechos no migran

Por toda la casa va caminando un niño sonriente de 2 años y 11 meses. Se mueve de un lado a otro tratando de llamar la atención de las nuevas personas que visitaban su casa. Va al cuarto donde está un primo y le pide que juegue con él. El primo juega con él. Luego sale y va a la cocina llorando para que le den comida. Le dan comida. Finalmente regresa a la sala y Selena, su mamá, ya sabe que quiere que lo alcen y lo alza. Con el bebé, tranquilo sobre su regazo, comienza a relatar lo que ha vivido su familia en el último año.

—La situación se puso muy crítica en Venezuela— empieza a relatar Selena. —Ya no daba ni para comer, ni para vestir, ni siquiera para decir: “le voy a comprar un caramelo al niño” porque no alcanza, así usted trabaje todo el mes, no alcanza—.

Brianneyker Méndez es el niño que está en el regazo de Selena. Tiene tres años, y es el único hijo de ella y su esposo, Jesús Méndez. Los tres viven actualmente en Cúcuta, Norte de Santander. Son una familia proveniente de Socopó, Estado Barinas en Venezuela, que migraron por la difícil situación que enfrenta ese país.

En Venezuela Jesús era mecánico de motos. Con su empleo podía sostener  a su familia, pero el dinero que ganaba le alcanzaba cada vez menos para comprar lo necesario. Ante la crisis económica, decidió migrar para conseguir un empleo en otro país, ganar en otra moneda y enviarle dinero a su familia. Escogió irse a Perú. Un conocido de él, que también era mecánico, se había ido para allá y le estaba yendo muy bien. Entonces Jesús vendió todas sus herramientas de trabajo, reunió el dinero de los pasajes y faltando una semana para partir comenzaron las dificultades.

—Resulta que en esos días [antes de viajar] le había dado una fiebre muy fuerte, muy fuerte, y le reventó como un herpes— relata Selena sobre lo que le ocurrió a Jesús en su ojo derecho. —Él pues ya tenía el viaje. Había vendido todas las herramientas y no teníamos más que hacer. Estábamos como entre la espada y la pared. Entonces él decidió comprar unas góticas para la irritación porque no sabíamos realmente qué tenía y se fue—.

 El viaje de Jesús a Perú duró siete días. Siete días en los que el estado de su ojo iba empeorando.  Una vez llegó, alcanzó a trabajar una semana en construcción, pero luego tuvo que ir al hospital a que le trataran su ojo. Todo el dinero que había ganado en una semana tuvo que invertirlo en medicamentos, pues los médicos le explicaron que el herpes que le había dado en Venezuela estaba muy avanzado y le causó una bacteria que perforó su córnea.

 —Él no tenía ayuda de nadie allá— cuenta Selena, —el único muchacho que le estaba ayudando también trabajaba… Decidimos entonces que yo me viniera para acá [Cúcuta] , y que él  también se viniera—.

Jesús llegó desde Perú al hospital Erasmo Meoz, en Cúcuta. Los médicos le dijeron que la bacteria estaba muy avanzada, y de urgencia le hicieron un procedimiento para detener el deterioro de su salud. Según cuenta Selena, fue un procedimiento sencillo que consistió en que —de la misma córnea de él, le quitaron un pedacito y le taparon la perforación—.

Tras ese procedimiento, Jesús necesitaba más operaciones y citas médicas para recuperar plenamente su salud. Sin embargo, cuenta Selena (quien ya había llegado a Cúcuta) que en el hospital le dijeron: —“nosotros no la  podemos ayudar más porque aquí el sistema es así, y él no es colombiano, él no tiene cédula colombiana”—.

Sin saber qué más hacer, Selena y Jesús viajaron a Venezuela con la esperanza de que allá lo operaran. En ese país, una doctora les colaboró y le hizo una de las operaciones que Jesús necesitaba en su ojo. Cuando regresaron a Colombia, el JRS los apoyó con una cita médica de oftalmología en donde el médico les explicó que debían esperar seis meses más, para evaluar la evolución de la cirugía que le hicieron en Venezuela y continuar con las demás operaciones.

En ese momento, Jesús y Selena se acercaron a la oficina del JRS donde los orientaron sobre cómo acceder al derecho a la salud en Colombia. Debían inscribirse en el censo RAMV (Registro administrativo de migrantes venezolanos) que hizo el gobierno colombiano, para luego sacar el PEP (Permiso especial de permanencia) e inscribirse con ese documento al sistema de salud. Ellos se censaron en el RAMV, y ahora están a la espera de los demás trámites para acceder a la salud.

Selena sigue sentada con el niño en sus piernas. Su hijo y su esposo, que está parado a espaldas de ella, la escuchan atentamente. Selena habla rápido por su acento, pero cuando recuerda los momentos más difíciles de su historia, acelera más cada palabra. Culminando su relato, Selena dice —gracias a Dios [Jesús] ha estado estable, pero tiene un año que él no puede hacer nada. No puede trabajar, y pues se nos ha complicado todo un poco debido a eso—.

Con esmero Selena cose con dos máquinas antiguas para obtener algo de dinero y Jesús le ayuda a un muchacho en lo que puede para sustentar a su familia. No es fácil la situación: deben cubrir los gastos de su familia, los medicamentos de Jesús y construir nuevamente su vida en un nuevo país.  A pesar de las dificultades siempre tienen un motor que los impulsa  a enfrentar cada reto —la familia y mi hijo— afirma Selena —o sea, como sea, ¡pero estamos juntos, unidos!—.

En Colombia los venezolanos que no están en situación regular no tiene acceso pleno a la salud. Solo pueden acceder a los centros médicos cuando tienen una urgencia. Allí los estabilizan, pero no les brindan los medicamentos o procedimientos posteriores a la urgencia, a pesar de que el derecho a la salud abarque más que la atención de una situación inminente. Así, la falta de seguimiento oportuno a afecciones sencillas como la que le dio a Jesús en Venezuela, desemboca en graves problemas de salud como el que él sufre hasta el día de hoy.

—La única posibilidad que vemos es luchar poco a poco mientras le sale la afiliación al sistema de salud— dice Selena, —y pues gracias a Dios, Jesús se pueda operar—. Mientras tanto, su hijo, el niño que estuvo en el regazo de Selena durante toda la historia y que en este momento se baja de sus piernas, es y seguirá siendo el motivo más fuerte para seguir perseverando cada día.

“EL CATATUMBO ES MÁS QUE GUERRA Y COCA”

Foto: Servicio Jesuita a Refugiados – Colombia

Alexander es un líder social de la Vereda Puerto las Palmas, del municipio de Tibú a 120 kilómetros de Cúcuta, Norte de Santander. Desde el año 2016, hace parte de los jóvenes que le apuestan a cambiar el rumbo del Catatumbo con una palabra clave: Legalidad.

A través del proyecto Jóvenes Rurales, iniciativa financiada por la Unión Europea, en el marco de la Hoja de Ruta de su compromiso con la Sociedad Civil, en la que participan el Instituto Mayor Campesino -IMCA-, el Servicio Jesuita a Refugiados Colombia-JRS y el Centro de Investigación y Educación Popular – CINEP/ Programa por la Paz, más de 1000 jóvenes entre los municipios de Norosí, Tiquisio y Río Viejo (Bolívar), Tibú y Cúcuta (Norte de Santander), Florida, Pradera, Buga, Tuluá y Trujillo (Valle del Cauca), trabajan por reafirmar su identidad campesina y reconocer diferentes caminos para realizar incidencia política en sus territorios, además de fortalecerse técnicamente en proyectos productivos de agroecología.

 

Llegada del programa a Puerto las Palmas

Como un verso aprendido de memoria, Alex explica que la amapola es diferente a la mata de coca, “la mata de coca se da en tierra caliente, la amapola en tierra fría, el Catatumbo está inundado de coca y nosotros queremos cambiar esa realidad.” La situación de esta Región del país, conformada por ocho municipios de Norte de Santander, hace que sus habitantes se enfrenten a una suerte de fuego cruzado, entre grupos armados ilegales, minería ilegal y cultivos ilícitos.

En el 2017, el programa Jóvenes Rurales, llegó a la vereda Puerto las Palmas con el propósito de vincular a los jóvenes en la consolidación de proyectos de vida comunitarios, estableciendo emprendimientos económicos alternativos y promoviendo el ejercicio de la ciudadanía en espacios de participación formales y no formales. Además, desde el 2017, se lleva a cabo la sustitución voluntaria de cultivos de uso ilícito, donde los jóvenes han asumido un protagonismo.

Frente a la erradicación, Alexander afirma que aunque es un camino largo, han logrado cambios significativos en la mirada de los jóvenes hacia su labor como campesinos y en la proyección de un futuro tranquilo y legal para el Catatumbo, “Una hectárea de coca es mucho más rentable para el campesino que sembrar yuca, pero en la conciencia estamos más tranquilos, y eso no tiene precio.” Este joven rural de 33 años, afirma que detrás de su liderazgo y convicción en la erradicación manual de la mata de coca, hay sectores que no están muy contentos, pero primero está su familia, y las próximas generaciones, de quienes espera tengan otras oportunidades diferentes que sembrar coca.

Alexander visitó por primera vez Bogotá, el 10 de octubre de 2018, en el marco del evento “Generación País, Jóvenes que construyen futuro», este espacio organizado por el Espectador 2020, en asocio con la UE, buscó generar un diálogo entre el territorio y la ciudad, donde participaron jóvenes líderes que incluso en entornos adversos, tomaron la iniciativa, trabajaron en red y autogestionaron iniciativas en beneficio de sus comunidades. El auditorio se sorprendió al conocer que hasta ahora, y por cuenta del liderazgo de Alexander, junto con otros jóvenes y sus familias, se han erradicado un buen número de hectáreas de la mata de coca en el Catatumbo, aseguró además que el proyecto Jóvenes Rurales le dio una segunda oportunidad a él y a su comunidad “Hoy doy gracias a la Unión Europea y al Servicio Jesuita a Refugiados Colombia, quiénes con Jóvenes Rurales, salvaron mi vida”. Para Patricia Llombart, Embajadora de la Unión Europea en Colombia, encontrarse con jóvenes como Alex, reafirma el compromiso de la Delegación de la Unión Europea en el país, “Desde la Delegación acompañamos la paz, creemos en los jóvenes como agentes de cambio, esta es la generación que puede marcar el camino hacia la paz, una paz posible, que se construye desde los territorios. Hoy apoyamos a más de 14 mil jóvenes, en formación, proyectos productivos y programas de educación y de paz.”

 

El Futuro

Al preguntarle a Alexander, cómo le gustaría ver su territorio en 5 años, asegura que sueña con ver un Catatumbo reconocido como el corazón de Colombia, “se prestaría para toda clase de eventos, puede ser turístico, y que el dolor que hemos vivido sea parte de la historia narrada, para que no se repita jamás.” También, le gustaría regresar a los años 60, cuando eran reconocidos por ser los mayores productores del fríjol caraota, una semilla heredada del hermano país Venezuela.

Foto: Servicio Jesuita a Refugiados – Colombia

Espera continuar participando activamente en el proyecto Jóvenes Rurales, desde donde ha reafirmado su Identidad campesina- “cuando el proyecto llegó a Puerto las Palmas, no reconocíamos la identidad campesina, nos hicieron ver a los jóvenes el rol tan importante que jugamos desde el campesinado”. Además, el diplomado en Economía Solidaria y Agroecología, les ha dado herramientas para iniciar sus proyectos productivos desde la legalidad, “Más adelante me veo en un proyecto de Ovinos, espero crear la raza propia de la región, por ahora estoy también apostándole a la piscicultura, y lo que aprendemos, lo multiplicamos, le transmitimos los aprendizajes a compañeros de otras verdeas cercanas como Angalia y Mineiros, quiero que la gente sepa que el Catatumbo es más que guerra y coca.” También, con la puesta en marcha del diplomado en Formación Política, Ciudadana y Ambiental, los jóvenes han podido entender su rol dentro de la sociedad, y las instancias a las que pueden acudir como apoyo a los diferentes procesos que adelantan en el territorio, “antes iba uno calle arriba, calle abajo, buscando ser escuchado, ahora sabemos donde y a quien acudir, también reconocemos nuestros derechos y deberes como ciudadanos.”

Se despide agradeciendo al proyecto, reconociendo que han contado con un un acompañamiento permanente por parte de los profesionales que trabajan con ellos en terreno, lo que garantiza el éxito de Jóvenes Rurales, “estoy muy agradecido con Miguel Grijalba, a pesar de no ser de Norte de Santander, se preocupa por nosotros, se ve la gestión y el apoyo de todos, gracias a Oscar Calderón, José Luís Duarte y a Rosana por el apoyo incondicional.”

 

44 mujeres se gradúan como preventólogas de violencia

 

El pasado 6 de septiembre 44 mujeres de tres sectores de Cúcuta se graduaron del programa Terapeutas Populares y Conformación de Redes Socioafectivas de la Secretaría de Salud de la ciudad.

Las estudiantes fueron las integrantes de las organizaciones Chicas F, del sector de La Fortaleza; Un Nuevo Mundo con Ojos de Mujer, de la zona de Los Alpes y las mujeres de la Fundación Humildad Extrema, de La Ermita.

En el programa se estudiaron las distintas fases de la prevención de violencias. En ese sentido, las cursantes aprendieron a identificar casos de violencia, a desarrollar habilidades en prevención e intervenir en momentos de crisis a través de estrategias de primeros auxilios psicológicos.

Si bien el programa académico buscaba evidenciar el liderazgo y la capacidad como agentes de cambio de las mujeres en sus comunidades, también hizo énfasis en la importancia de que las estudiantes articularan sus esfuerzos a las acciones de las instituciones como herramienta para la incidencia. Por ello, se realizaron capacitaciones en mecanismos de exigibilidad de derechos, derechos de las personas víctimas de violencia y población migrante, así como en las rutas de atención que ofrece la Ley 1448 de 2011 (Ley de víctimas y restitución de tierras).

El escenario formativo tuvo un énfasis especial en la prevención de la violencia de género por lo común que esta es y la falta de atención que suele recibir. También se hizo hincapié en lo importante que es el cuidado y la atención de la salud mental, la cual suele ser ignorada frente a los problemas de salud física.

Durante la ceremonia de graduación, las integrantes de las tres organizaciones expusieron los conocimientos adquiridos en el programa a través de presentaciones de canto, mímica, oratoria, así como mostraron unos botiquines elaborados por ellas mismas para brindar primeros auxilios psicológicos y así mitigar la violencia en sus hogares.

En el evento las 44 mujeres se certificaron como preventólogas de la violencia y se manifestaron agradecidas con la Secretaría de Salud de Cúcuta, y con el Servicio Jesuita a Refugiados, quienes promovieron y acompañaron el proceso de formación.

Nunca es tarde para aprender

 

A sus 44 años de edad, Haimer Ariza padre de dos hijos, asiste semanalmente a la Institución Francisco Javier Cisneros, con el fin de continuar sus estudios de educación básica. Esta sede está ubicada en la vereda La Delfina, en el municipio de Buenaventura, Valle del Cauca.

En La Delfina conviven dos comunidades, una negra – afrodescendiente y otra indígena. El enfoque étnico diferencial que existe en este territorio ha llevado a que cada una de las comunidades cuente con su propia institución educativa: la comunidad negra – afrodescendiente asiste a la sede La Gran Colombia, y la indígena, a la Institución Educativa NACHASIN.

Desde Febrero del año 2017 el Servicio Jesuita a Refugiados Colombia, inició el acercamiento con la comunidad Indígena del Resguardo Nasa Kiwe para valorar el ingreso  de acompañamiento a la Institución Educativa Nachasin. De este acercamiento se logró la implementación de actividades, con el apoyo de INDITEX, la cual estuvo orientada hacia la promoción de mecanismos de protección para la población estudiantil con participación de cuidadores y cuidadoras, además de docentes e integrantes del cabildo. Hacia el año 2018, la misma acción se trasladó a la Institución Educativa La Gran Colombia, la cual se encuentra adscrita al Consejo Comunitario del Alto y Medio Dagua, comunidad negra – afrodescendiente, que comparte el mismo territorio con la comunidad del resguardo Nasa Kiwe.

Haimer en este el momento, no solo participa de este proyecto como padre de familia, sino también como estudiante activo de la institución; “La expectativa que traía del proceso era saber de qué se trataba en sí el programa”, dice Haimer al expresar que fue la curiosidad lo que lo movió a querer ser parte de este, y lo llevó a pertenecer al grupo de Padres, madres y cuidadores responsables con el cual el JRS-Colombia ha desarrollado una serie de trabajos basados en la identificación y conocimiento de riesgos en el contexto educativo y en el territorio, el rol de los padres frente a los derechos de los niños, niñas y adolescentes (NNA) y generar rutas y mecanismos de protección de los derechos de NNA. Cabe resaltar que, dentro en este grupo, Haimer no solo se destaca por ser activo y muy receptivo de los espacios, sino también porque es la única representación masculina dentro del proceso. 

Haimer rescata los aportes que el proceso con el JRS- Colombia ha dejado en la comunidad, y dice querer seguir apoyándolo no solo para aprender cada día más, sino también porque los espacios en los que ha participado le brindó herramientas que espera seguir implementando a futuro en sus entornos familiares y comunitarios. “Me parece positivo muchas cosas de las que uno estaba ajeno antes. Como lo que sabía sobre los derechos para los niños, y de las responsabilidades que debe tener uno como adulto sobre los niños; y también aprender de los compañeros con los que estamos en el proceso”. 

Texto y foto: JRS Colombia-Comunicaciones Valle 

Historias que tejen sueños: Poniéndole sabor a la vida en Buenaventura

Poniéndole sabor a la vida en Buenaventura 

 

 

Genifer Paola Serna, tiene 29 años, nació en Quibdó, la capital de Choco – Colombia, pero desde hace 19 años, y debido a la violencia tuvo que desplazarse a Buenaventura, una de las ciudades al igual que su ciudad natal, con uno de los mayores índices de empobrecimiento del país, casi el 91% de su poblaciòn urbana es considerada pobre, según los últimos indices del año 2017. Esta situación resulta para muchos paradojica ya que en Buenaventura está uno de los puertos más importantes de América Latina de los cuatro que se encuentran en funcionamiento. Esta ciudad, no es solo una zona de gran tránsito marítimo para el comercio del país, sino que también ha sido convertida en un corredor lleno de violencia.

Sin embargo, Genifer Serna, al igual que muchos bonaverenses no cree que su familia y ella deban crecer en medio de la pobreza. Esta mujer ha vivido varios desplazamientos intraurbanos, “hubo una época tan violenta que deseaba salir del país”, asegura Genifer. Pero su hija, le ha dado la fortaleza para seguir soñando, y hace más de tres años empezó a estudiar cocina tradicional en un centro eduactivo gratuito llamado Escuela Taller.

Después de varios meses, ella y tres compañeras más aprendieron sobre el negocio de producir y vender cocadas, un dulce típico, elaborado a base de coco y leche. Estaban a punto de graduarse y para hacer la despedidad del salón debian reuninr dinero, entonces decidieron hacer una colecta y salir a vender cocadas por las calles. Les fue muy bien, las vendieorn todas, y a partir de allí cada una de estas 4 mujeres, puso 10 mil pesos, para comprar lo materiales. Iniciaron con 3 cocos, se dividieron de a dos y salieron a vender. Pasó poco tiempo cuando ya tenían clientas fijas y cada vez debian comprar más cocos, incluso hasta 12 por una sola elaboración. Inicialmente hacían la preparación en la cocina de la Escuela Taller, pero cuando se graduaron no pudieron continuar cocinando allí.

Ahorraron durante 6 meses, recibieron donaciones y compraron un horno, pero no tenian donde cocinarlas, entonces empezaron en un fogón de leña, pero las cocadas no tenian el mismo y buen sabor, la gente empezó a notarlo, pues olían y sabían a humo, las ventas bajaron, y la decepción se estaba apoderando de estas jovenes emprendedoras. “No teníamos estufa, una de las clientas se dio cuenta y nos hizo la propuesta de ser nuestra fiadora y que nosotras comparamos la estufa y la pagáramos mensualmente. También sacamos unos sartenes, cucharones y una estufa de un solo fogón, por miedo a comprar una más grande y costosa”.

La elaboraciòn de las cocadas empezó a tomar mucho más tiempo que antes. “Nos dimos cuenta que una sola boquilla nos dificultaba el trabajo porque son dos tipos de sabores; maracuyá y coco. Eso nos quitaba mucho tiempo”. Los martes y jueves empezan a las 8 am a hacer las cocadas y terminaban a las 2 de la tarde. Después de eso,  salían a venderlas por el centro de la ciudad recién horneadas. Pero desde marzo de 2018, les toma menos tiempo hacerlas, en el 2017 conocieron al JRS Colombia, equipo Valle, que les hizo entrega no solo de una estufa con más fogones, sino que les invitó a participar en talleres sobre contabilidad básica para que manejaran mejor su negocio.

Una de las jóvenes emprendedoras se fue a vivir a Ecuador, ahora solo quedan Genifer y dos compañeras cabeza de hogar,  actualmente estan vendiendo entre 500 cocadas diarias o a vaces, en un día malo 200, “hemos llegado a vender hasta 600. Muchas personas nos hacen encargo, y asi no tenemos que caminar tanto para venderlas”. Con esto, han logrado pasar de una idea de emprendimiento comercial a un negocio con grandes posibilidades de consolidación, en la que se garantizan más y mejores recursos económicos de sus familias, y se posiciona un producto de consumo tradicional propio de la cultura gastronómica del Pacifico Colombiano.

 

Historias que tejen sueños: Doblemente víctimas

«El conflicto y desplazamiento fue igual en estos dos países»

 

 

José Uriel Castaño de 68 años y su familia, tres niños de  13, 12 y 11 años, su esposa, Ninfa Gelvez,  de 42 años, son ciudadanos Colombianos, y han sido víctimas de la violencia tanto en Colombia, como en Venezuela. La primera vez, grupos paramilitares y guerrilleros de Norte de Santander, los obligaron a desplazarse al vecino país en búsqueda de una nueva vida, a comenzar de la nada y si cargando con mucho dolor y nostalgia por quienes y que dejaban al otro lado del río Táchira. Con los pocos ahorros que les quedaban compraron una pequeña finca en Venezuela, pero desde que llegaron el trato inhumano, la maldad y la humillación de la que huían en Colombia los alcanzó hasta ese lugar.

Los despojaron nuevamente de su finca, les arrebataron nuevamente sus animales, y como si fuera poca la furia del hombre, la de la naturaleza arrojo un árbol sobre el techo de su finca, acabando con la vida de los padres de Ninfa. Desde hace unos meses y tras ser maltratados junto a uno de sus hijos, tuvieron que salir en la madrugada hacía Cúcuta. José Uriel vendió todas sus herramientas de trabajo y hasta busco plata prestada, pensando que el dinero le alcanzaría para sobrevivir por un par de meses hasta que se estabilizará, pero para ingresar a Colombia tuvo que pagar y hasta ahí alcanzó el dinero.

Desde entonces buscan ayuda humanitaria para sobrevivir y ser reconocidos e indemnizados como víctimas de un conflicto armado del que nada tienen que ver. Sus hijos nacieron en Venezuela y no podían tener acceso a los derechos fundamentales que ofrece la ciudadanía colombiana, por eso al llegar al Servicio Jesuita a Refugiados Colombia, SJR Norte de Santander, recibieron atención psicosocial, una estufa, mercado, pago de arriendo por un mes y unos colchones que salvaron las noches de esta familia que dormían en una cochera en Cúcuta. También, gracias al trabajo de Acción Humanitaria, lograron nacionalizar a sus tres hijos, quienes ahora están estudiando y están a la espera de poder  acceder al sistema de salud. Desde el SJR Nortede Santander «entendemos que una estufa, un colchón, alimentos y ser escuchados y tratados con dignidad, puede significar mucho para las miles de familias que están llegando sin nada a Colombia», dice asesor del SJR- Colombia, equipo Norte de Santander.

A pesar de todos estos grandes pesares, a pesar del cansancio que se les ve en la piel y en las manos de esta familia campesina, se encuentran en sus rostros una sonrisa, un trato amable y una esperanza de que llegue la justicia y que cese el hambre y la violencia en cualquier parte de la tierra. Pues sueñan con que les den nuevamente una casita, una finca, esa que le han arrebatado ya dos veces.

A don José Uriel y Ninfa gracias por abrir sus corazones.

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