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Historias que tejen sueños: Doblemente víctimas

 

“El conflicto y desplazamiento fue igual en estos dos países”

José Uriel Castaño de 68 años y su familia, tres niños de  13, 12 y 11 años, su esposa, Ninfa Gelvez,  de 42 años, son ciudadanos Colombianos, y han sido víctimas de la violencia tanto en Colombia, como en Venezuela. La primera vez, grupos paramilitares y guerrilleros de Norte de Santander, los obligaron a desplazarse al vecino país en búsqueda de una nueva vida, a comenzar de la nada y si cargando con mucho dolor y nostalgia por quienes y que dejaban al otro lado del río Táchira. Con los pocos ahorros que les quedaban compraron una pequeña finca en Venezuela, pero desde que llegaron el trato inhumano, la maldad y la humillación de la que huían en Colombia los alcanzó hasta ese lugar.
Los despojaron nuevamente de su finca, les arrebataron nuevamente sus animales, y como si fuera poca la furia del hombre, la de la naturaleza arrojo un árbol sobre el techo de su finca, acabando con la vida de los padres de Ninfa. Desde hace unos meses y tras ser maltratados junto a uno de sus hijos, tuvieron que salir en la madrugada hacía Cúcuta. José Uriel vendió todas sus herramientas de trabajo y hasta busco plata prestada, pensando que el dinero le alcanzaría para sobrevivir por un par de meses hasta que se estabilizará, pero para ingresar a Colombia tuvo que pagar y hasta ahí alcanzó el dinero.
Desde entonces buscan ayuda humanitaria para sobrevivir y ser reconocidos e indemnizados como víctimas de un conflicto armado del que nada tienen que ver. Sus hijos nacieron en Venezuela y no podían tener acceso a los derechos fundamentales que ofrece la ciudadanía colombiana, por eso al llegar al Servicio Jesuita a Refugiados Colombia, SJR Norte de Santander, recibieron atención psicosocial, una estufa, mercado, pago de arriendo por un mes y unos colchones que salvaron las noches de esta familia que dormían en una cochera en Cúcuta. También, gracias al trabajo de Acción Humanitaria, lograron nacionalizar a sus tres hijos, quienes ahora están estudiando y están a la espera de poder  acceder al sistema de salud. Desde el SJR Nortede Santander “entendemos que una estufa, un colchón, alimentos y ser escuchados y tratados con dignidad, puede significar mucho para las miles de familias que están llegando sin nada a Colombia”, dice asesor del SJR- Colombia, equipo Norte de Santander.
A pesar de todos estos grandes pesares, a pesar del cansancio que se les ve en la piel y en las manos de esta familia campesina, se encuentran en sus rostros una sonrisa, un trato amable y una esperanza de que llegue la justicia y que cese el hambre y la violencia en cualquier parte de la tierra. Pues sueñan con que les den nuevamente una casita, una finca, esa que le han arrebatado ya dos veces.
A don José Uriel y Ninfa gracias por abrir sus corazones.

Historias que tejen sueños: La historia de Yrania

“A pesar de las condiciones en las que estoy no me falta nada”

 

 

 

Estas son las palabras de Yrania Zamora, una venezolana de 34 años, madre de tres niños, dos de ellos todavía viven con su abuela materna en Venezuela, la otra, una pequeña de apenas unos meses, nació en Colombia. Yranía tuvo que abandonar su país cuando tenía casi 7 meses de embarazo, salieron de la ciudad donde vivían,  justo después de que su esposo terminara su jornada laboral. Se desplazaban o “perdíamos la vida por allá” dice Yrania Zamora, quien se desempeñaba como supervisora en una empresa de recolección de desechos sólidos, en Venezuela.

 

Después de llegar a San Cristóbal y huyendo de la violencia de su país, decidieron cruzar hacía Colombia. Ella recuerda como la primera noche tuvieron que dormir en el terminal, y después de largas horas de dialogo con su compañero sentimental, decidieron quedarse en Cúcuta, y empezar de nuevo, sin conocer a nadie, sin trabajo, sin nada, más allá de lo que tenían puesto y con una bebe en camino. Luego de vender las joyas que traía y vender cada uno su celular, compraron dulces para vender por la ciudad, y gracias a eso pudieron sostenerse por unos días, pero después de que el embarazó avanzo, Yrania se sentí muy agotada para vender en las calles, y el dinero ya no alcanzaba para pagar el alquiler de la habitación y los alimentos, por lo cual tuvieron que recurrir a hospedarse por un tiempo en la cancha de la ciudad.

 

“Eso fue horrible, se veía muchas cosas, y justo estando ahí alguien me hablo que había gente que ayudaba a mujeres embarazadas, y yo solo quería buscar el bienestar de mi niña” recuerda Yrania. Desde entonces encontró al Servicio Jesuita a Refugiados Colombia, equipo Norte de Santander, quienes desde el área de Acción Humanitaria, la acompañaron para que le brindaran la atención médica necesaria en este tipo de circunstancias. Su embarazo fue prematuro, pero afortunadamente  su bebe nació sana y no necesito de mayores cuidados médicos. Después de dar a luz, Yrania emprendió toda una búsqueda legal para solicitar refugio en Colombia para ella y su esposo, pues es inviable regresar a su casa en Venezuela.

 

Desde el SJR-Colombia, se le dio ayuda humanitaria cubriendo así sus necesidades básicas como lo son en este tipo de casos con un; kit de cocina, alimentos, colchonetas, y ayuda para el arriendo, además de gestionar con otra organización humanitaria para que le apoyaran con dinero, y así empezar de nuevo una actividad económica. Razón por la cual ahora tiene “dos puestos de dulces rodantes” uno, ella lo ubica todos los días fuera de su casa, y su esposo después de llegar de trabajar en una obra de construcción, como herrero, en el que le pagan menos de la mitad del mínimo vigente, sale a vender dulces por las calles de Cúcuta. Con el trabajo de su esposo y la venta de dulces logran conseguir lo del “salado” como le dice a los alimentos, vive en un apartamento de 6 por 7 metros, con una habitación, un baño y una cocina, y espera poder ahorrar para comprar una nevera, y así poder vender paletas o helados.

 

Expresa Yrania Zamora; “Yo no quiero irme a otra ciudad, al menos acá estoy cerca de Venezuela, cerca de mis hijos, por si pasa cualquier fenómeno, aunque no pueda ir, estoy cerca. Empezar de nuevo no es fácil, pero palante pues, me he caído muchas veces y me he levantado, y acá me han ayudado mucho, han sido muy humanitarios, hasta los vecinos me han regalado ropa para la bebe, y a pesar de las condiciones en las que estoy no me falta nada, yo me siento súper bien”.

 

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El Servicio Jesuita a Refugiados Colombia (JRS por sus siglas en ingles), desde el 2016 hasta marzo de 2018, ha atendido alrededor de siete mil personas provenientes de Venezuela en condición de migración forzada. Entendiendo que nuestro mandato de Servir, Acompañar y Defender no solo se debe a los ciudadanos colombianos, sino a todos aquellos que lo necesiten, y haciendo caso al llamado del Papa Francisco y siendo coherentes con nuestra misión, abrazamos plenamente a los migrantes provenientes de Venezuela  y refugiados, ofreciendo en todas nuestras formas de proceder los verbos a los cuales hemos sido invitados por el Papa en: Acoger, Proteger, Promover e Integrar.

Historias que tejen sueños: Casa Ecológica “Chicas F”

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Casa Ecológica “Chicas F”

La asociación “Chicas F” está conformada por 30 mujeres que viven en el asentamiento humano, la Fortaleza sobre el anillo vial occidental de la ciudad de Cúcuta, una comunidad que acoge en su mayoría población desplazada, migrante y de bajos recursos.

Cada séptimo día del mes esta asociación de mujeres, se reúne para soñar y planear el siguiente proyecto en apuesta a la construcción de paz y el desarrollo integral de sus asociadas y la comunidad.

Desde el equipo regional en Cúcuta del SJR-Colombia, las hemos acompañado desde el diplomado “Participación Política De La Mujer Y Construcción De Paz” escenario formativo en el que tuvieron la oportunidad de presentar un proyecto en respuesta a una problemática medio ambiental, en laque lograron identificar como en su comunidad hay un alto porcentaje de producción de desechos, y que además  no contaban con una estrategia de recolección y transformación de residuos.  

Así es como hoy se hace realidad el sueño de construir una casa ecológica. Proyecto innovador, apoyado por el Servicio Jesuita a Refugiados- Colombia y  Caritas Alemana, liderado por 30 mujeres que lograron beneficiar a una comunidad que alberga alrededor de mil familias, obteniendo  un importante impacto social, ya que se está sensibilizando a la comunidad frente a la importancia de cuidar el entorno. 

Este espacio se destinó como un centro de acopio para recolectar material reciclable y realizar las reuniones de la asociación. Sin embargo, también se utiliza para fortalecer redes de apoyo entre mujeres víctimas de la violencia basada en género y conflicto armado, además de una  formación para niños y niñas que impulse el uso adecuado del tiempo libre.

Pero, no solo se le apuesta en este lugar a la construcción del tejido humano y social, igualmente se le apuesta a generar ingresos con la venta de productos reciclables y artesanías creadas por las mismas mujeres de la asociación, dejando como resultado un impacto positivo ambiental por la reutilización de 7.000 mil botellas plásticas que hacen parte de la construcción de las  paredes de la casa ecológica de las Chicas F.

 

Por: Marlen López.

Equipo regional en Norte de Santander del SJR Colombia

Historias que tejen sueños: Los jóvenes de puerto las palmas son protagonistas de la paz territorial en su comunidad

LOS JÓVENES DE PUERTO LAS PALMAS SON PROTAGONISTAS DE LA PAZ TERRITORIAL EN SU COMUNIDAD

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Desde febrero de 2017, El Servicio Jesuita a Refugiados – Colombia, regional Norte de Santander, viene acompañando el proyecto “Emprendimientos juveniles rurales, nuevas identidades y paz territorial”, financiado por la Unión Europea, a la vereda Puerto las Palmas del corregimiento la Gabarra en el municipio de Tibú.

 

Desde entonces, y con esta comunidad, se adelantan procesos de formación en economía solidaria, agroecología y formación política, ciudadana y ambiental. En ese sentido, una vez consolidan sus proyectos de vida comunitarios establecen emprendimientos económicos alternativos y a la vez ejercen su ciudadanía en espacios de participación formales y no formales. Igualmente, desde finales del año anterior se lleva a cabo la sustitución voluntaria de cultivos de uso ilícito, y por iniciativa de la comunidad, los jóvenes han asumido un protagonismo en la interlocución con entidades del Estado para la exigibilidad de sus derechos y en búsqueda de que lo pactado se cumpla.

 

El pasado 6 de febrero, se llevó a cabo en la comunidad una de estas jornadas de interlocución, con la presencia del Programa nacional Integral de sustitución de cultivos – PNIS – delegación de la Gobernación del Norte de Santander, Alcaldía Municipal de Tibú, Servicio Nacional de Aprendizaje – SENA – y la Oficina de la ONU contra la Droga y Delito. En este espacio de dialogo también participaron como observadores la Pastoral Social de la Diócesis de Tibú.  

 

Actualmente, hay 37 núcleos familiares de la vereda Puerto Las Palmas inscritos en el Programa Nacional Integral de Sustitución de cultivos ilícitos (PNIS) y gracias a las acciones de incidencia de los líderes comunitarios se logró establecer un cronograma de pagos con la Dirección Nacional de sustitución, también, se realizó una alianza con el SENA para la formación agropecuaria acorde a los proyectos productivos, y se pacto garantizar la secundaria del grado sexto a octavo para los jóvenes de la veredaarticular a otras instituciones del Estado para que participen del siguiente encuentro que será el 21 de febrero de 2018 en la comunidad de la Angalia.

Para esta comunidad rural, la construcción de paz territorial se comprende como la generación y diálogo con un Estado que durante décadas ha sido ausente y como la posibilidad de forjar un futuro distinto en libertad, que va en contravía a más de un siglo de historia de la violencia armada en sus territorios.

 

Por nuestra parte, El SJR-Colombia, Regional Norte de Santander, nos comprometemos a continuar con los apoyos en términos de la asistencia técnica agrícola preparatoria de los apoyos que recibirán del programa de sustitución.

 

 

Por: Oscar Calderón y Miguel Grijalba

Equipo regional de Norte de Santander del SJR Colombia

 

Historias que Tejen Sueños: Nemecia Sampayo Pérez

La señora Nemecia de 54 años nació en Majagual, Sucre, pero fue bautizada y registrada en Magangué, Bolívar. Reside en el municipio de San Pablo, Bolívar, donde, en los últimos diez años, ha empezado a construir su proyecto de vida en torno al campo. Ahora se ha propuesto certificar su finca para que su cacao sea comercializado en mercados a los que, debido a las condiciones de su municipio, no ha podido acceder. El testimonio de la señora Nemecia es una muestra del empoderamiento de las mujeres en las zonas rurales. Foto: equipo regional Magdalena Medio - SJR Colombia.

Mi nombre es Nemecia Sampayo y vivo en San Pablo. Llegué al pueblo con mi abuela cuando tenía seis años. Me acuerdo que a veces visitaba fincas con un tío, pero el resto del tiempo me la pasaba por acá. Ahora es muy distinto porque prácticamente me la paso en mi finca que queda en una vereda que se llama Bodega San Juan y solo vengo de vez en cuando al pueblo, por ejemplo, cuando hay una urgencia ¡Como da de vueltas la vida!

Mi esposo Alonso es profesor de agropecuaria en un colegio de acá y le va muy bien. Yo creo que es porque le gusta mucho el campo y la enseñanza. Aunque él nunca me ha negado nada, sino por el contrario me da lo que le pido, yo quería tener mi platica para no tener que estar pida y pida. Ahí fue cuando empecé a vender por catálogo: ropa, implementos de aseo, utensilios de concina y muchas cosas más. Esto me gustó al principio, pero luego cuando iba a cobrar la gente me recibía de mala gana o no me pagaba y eso me fue enfermando, me daban dolores de cabeza muy fuertes y un estrés que no me dejaba salir de la casa.

Fue para esa época que Alonso llegó y me dijo que hiciera otras cosas, que empezara a estar pendiente de un proyecto de cacao en el que se había metido porque a veces no tenía tiempo de ir hasta Bodega. Yo iba de vez en cuando y me sentía bien en el campo, pero no me gustaba quedarme mucho porque tenía miedo. Eso fue en el tiempo en el que entraron los paramilitares al pueblo. Fue cuando más hicieron daño, preciso en el año 2005 salió el proyecto del cacao. Entonces yo me iba a la finca y estaba tranquila, pero luego me ponía a pensar que de pronto estando tan solos y tan alejados del pueblo nos podían hacer algo y me devolvía corriendo para no estar sola.

Afortunadamente después de que pasa la tormenta viene la calma. Empecé a ir más seguido a la vereda y me di cuenta que la plata que le invertía Alonso a esa finca no se le veía porque los animales se comían todo y porque pagar obreros es muy caro. Al final, de un día para otro, decidí venirme de manera permanente y empezar a trabajar la finca. Con el cultivo de cacao fue muy difícil porque antes habían sembrado coca y las fumigaciones fueron esterilizando la tierra, entonces no crecía nada y, además, tampoco recibíamos asistencia técnica y muchas planticas de esas se murieron.

Luego llegó el Servicio Jesuita a Refugiados con menos plantas, pero con mucho más apoyo. Los técnicos venían acá muy seguido y nos hacían visitas a las fincas en las que nos decían: ‘el hueco es de tanto por tanto, se le hecha esto y esto’. Le iban explicando a uno. También nos hicieron talleres con algunas personas de las veredas en los que aprendimos a hacer abonos orgánicos como Caldo Súper 4 o Compostaje y eso nos ha ayudado muchísimo porque, además de que las plantas crecen, hemos ayudado a que la tierra ya no sea tan estéril. Yo por allí abajo tengo un pedacito de tierra en el que echo las cascaras del cacao y cal y hago abono.

Hace poco un amigo de mi adolescencia vino a la finca, me empezó a hablar de certificar la finca y empecé a averiguar. Me contaron que eso servía para que mi cacao lo pudieran vender en mercados fuera de San Pablo y eso me llamó mucho la atención, porque yo a veces bajo a vender en el Mercado Campesino del pueblo, pero a la gente no le gusta apoyar al campesino, prefieren ir a comprar al supermercado chocolate que venga en un empaque bonito y ni siquiera piensan la cantidad de químicos que tiene eso.

Ahora último he aprendido, también, muchas cosas que me sirven para cuidar mi finca. El Servicio Jesuita a Refugiados nos ha explicado que es importante cuidar el medio ambiente, que hay que proteger las fuentes hídricas para poder seguir teniendo agua en la misma cantidad e igual de pura como nos llega, que no hay que quemar y que, si es posible, hay que sembrar árboles. También para nuestra salud es bueno guardar en una bodega todas las herramientas y productos que usamos en los cultivos. Porque yo no sabía, por ejemplo, la vaina de los venenos de los canecos y uno los medio enjuagaba, los cogía para beber agua y ahora los perforamos, los lavamos y los metemos en una caseta para luego reciclarlos.

Yo estoy muy feliz en mi finca y pienso quedarme acá el otro siglo de vida que me queda para seguir aprendiendo. A mí me gusta mucho criar animalitos, perros, gatos, gallinas, patos y mis dos caballos. Además mi salud acá es muy buena porque todo lo que como es natural y si me enfermo en algún momento, tengo un montón de hierbas medicinales que me ayudan más que los medicamentos que siempre me receta el médico de San Pablo cuando me atiende.

 

Testimonio recopilado por el equipo regional en Magdalena Medio del SJR Colombia

 

Historias que Tejen Sueños: María de la Cruz Peñuela

Foto: archivo SJR ColombiaEn la comunidad del Alto Berlín, desde hace más de 25 años vive la señora María de la Cruz, quien tiene 58 años de edad. Empeño y persistencia la han caracterizado a la hora de buscar alternativas que mejoren el lugar donde vive. Por su gran labor, la comunidad la reconoce como una líder respetada en esta zona rural del municipio de San Pablo, Bolívar. A pesar de que cree que el campesino ha perdido la fe en la política, reza para que algún día a “los mandatarios se les ilumine la mente y repartan los recursos también a las personas más vulnerables”.

Mi nombre es María de la Cruz Peñuela y soy de El Socorro, Santander. Llegué a San Pablo hace más o menos treinta años porque donde nací la tierra le pertenece a pocas personas: a gente rica que nos hacía trabajar gratis para poder tener un techo ahí al lado de sus fincas. Cuando me casé, mi esposo y yo quisimos buscar un mejor futuro para nuestra familia, entonces él aceptó un trabajo acá y nos vinimos sin pensarlo dos veces a una finca en el corregimiento Caño de Oro. Él trabajó mucho con su hermano y al final pudimos comprar una finca grande. Hoy tenemos cultivos de plátano, yuca, piña, maíz, arroz, frutales, ganado, cerdos y aves de corral. Los que trabajamos las tierras somos mis dos hijos, sus parejas y yo porque mi esposo murió ya hace veinte años.

 Cuando llegamos nos tocó afiliarnos de una vez a la Junta de Acción Comunal del corregimiento y digo que nos tocó porque para esa época era una obligación. Primero entré como afiliada, pero luego empecé a pertenecer a la directiva y en año 91 logré que nos construyeran la primera escuela que es donde ahorita hacemos las reuniones de la Junta. Ahora tenemos una nueva escuela porque un día el SJR nos dijo que nosotros teníamos que hacer valer el derecho a la educación de nuestros niños construyendo una escuelita digna, entonces nosotros empezamos a gestionar allá en la Alcaldía hasta que nos la construyeron. La comunidad está muy contenta porque ya no tenemos una escuela de cuatro vigas y un techo de zinc, sino una escuela de verdad. También tenemos un comedor escolar y un parque que nos dio el SJR para rematar.

 Ya no soy más la presidente de la Junta de Acción Comunal, ahora soy la tesorera y también la secretaria porque la que estaba en el cargo lo dejó. Es que a veces trabajar con las comunidades requiere de mucha paciencia, yo no sé cómo he hecho para llegar hasta acá. También hago parte del Comité Pro-Carreteras que está conformado por un representante del corregimiento de Cerro Azul y las veredas de Alto San Juan y Alto Berlín.

Cuando yo llegué había un camino real, una trocha hasta el corregimiento de Caño de Oro que es más o menos a 20 minutos del pueblo. Luego como a los dos años empezó a salir una gincha, que es un camión largo que transporta madera, cada ocho días en la que nosotros bajábamos con la yuca, el plátano y todo eso, uno se hacía por encima de esa madera. Al poco tiempo unos grupos nos obligaron a abrir trocha a pica y pala pero eso fue una pérdida de tiempo porque el derecho era haber reunido a las directivas de las Juntas de Acción Comunal para enseñarles cómo gestionar y presionar a la Alcaldía. Al final mandaron a traer al Alcalde y se vino con una máquina que destruyó todo lo que habíamos hecho. A pesar de eso, hoy tenemos una vía que va hasta un poquito más allá de Alto San Juan que es como a hora y media del pueblo.

Para mantener la vía ha sido una lucha. En el año 2000 pusimos un peaje que pagaban las motos, las líneas, que es un transporte informal que lleva personas, alimentos y herramientas de la zona urbana a la rural, y los camiones de carga pesada que cruzan por acá. Eso lo usamos para pagar el arreglo de las vías, porque cuando llueve prácticamente se llena de lodo la vía. Yo sé que el municipio tiene presupuesto para esos arreglos pero quién sabe qué harán con él.

Entre el año 2013 y el 2014, el Servicio Jesuita a Refugiados pagó el contrato de arreglo de vías para que subieran volquetas, motoniveladoras y pajaritas, o sea retroexcavadoras para que arreglaran desde Caño de Oro hasta Alto San Juan. Fue esa una gran ayuda del SJR porque esas vías estaban acabadísimas, pero eso no es responsabilidad de ellos, sino de la Alcaldía. El problema es que a esa plata le dan un mal manejo porque lo invierten en otras cosas o a veces hasta aparentan. Sacan documentos que dicen que arreglan puentes y vías cuando eso no es así. Esas platas cogen otro rumbo y por eso es que siguen las vías en mal estado. Siguen los problemas y pasan de una administración a la otra, entonces a diario tiene que estar el campesino allá con protestas, con paros para que arreglen las vías, para que le pongan atención y se acuerden que uno existe.

 

Testimonio recopilado por el equipo regional en Magdalena Medio del SJR Colombia

Historias que Tejen Sueños: Adriana Nataly Caro León

“ La paz comienza con una sonrisa”

Adriana Caro es una de las tantas mujeres en el país que se ha enfrentado a las consecuencias del desplazamiento forzado, es madre cabeza de hogar y es acompañada por el Servicio Jesuita a Refugiados – Colombia desde el área de Integración Local del equipo regional en Norte de Santander. Su acompañamiento hace parte de la estrategia de medios de vida y generación de ingresos.  Foto: Adriana Nataly Caro

Es partir de esta iniciativa que desde el año 2016 Adriana es apoyada con un proyecto productivo para la venta de comidas rápidas mediante el cual sostiene sus tres hijos y ha ido cumpliendo su sueño de adecuar su hogar. Su testimonio e historia de vida fue compartido en el marco de la conmemoración del Día Nacional de las Víctimas que se llevó a cabo el pasado 9 de abril en las instalaciones del concejo municipal de la ciudad Cúcuta.

“Mi más sincero deseo de bienestar y progreso para lograr estabilidad en toda las circunstancias, abramos el corazón a Dios y en un minuto de silencio agradezcamos su presencia bondadosa en los momentos de logro y también en los momentos difíciles, que su presencia nos ayude a vivir en la esperanza y en el esfuerzo constante de superación”. Al iniciar su intervención Adriana en el recinto del concejo municipal.

“Soy Adriana Nataly Caro León, oriunda de la ciudad de Medellín, la mayor parte de mi vida transcurrió en Bogotá, donde viví en el cartucho ya que por mis bajos recursos no me permitía vivir en otro lugar. Mi compañero sentimental fue asesinado por las Bandas Criminales – BACRIM por lo cual tuvimos que desplazarnos con dos de mis cinco hijos debido a que no tenía los recursos suficientes para movilizarnos en familia. Recorrimos muchos lugares de Colombia luchando para sobrevivir. Llegué a la ciudad de Cúcuta en el departamento de Norte de Santander en el año 2013 debido a las inminentes amenazas por parte de las BACRIM y con mucho esfuerzo he adquirido aquí un poco de estabilidad y con la fe en el señor y en las entidades buenas que me ha ayudado sin ningún interés”. Asegura Adriana mientas cuenta su testimonio.

“Agradezco a Cúcuta por su acogida porque me ha permitido soñar y empezar a tener una vida a pesar de las múltiples dificultades, pero siempre con el deseo de ofrecerles a mis hijos las mejores oportunidades de vida y sobre todo con la esperanza de hacer de ellos unas grandes personas y unos grandes ciudadanos”.

“Finalmente, sigo siendo desplazada y víctima y aunque el gobierno no me ha reconocido como tal sigo luchando para salir adelante con mi familia, gracias de todo corazón al Servicio Jesuita a Refugiados – SJR quienes confiaron en mí, en mis capacidades y deseos de superación, obras como estas me han brindado una nueva oportunidad, gracias a la comunidad Jesuita. No sin antes terminar con una frase para la construcción de paz que tanto anhelamos en este país “ la paz comienza con una sonrisa”. De esta manera Adriana termina su presentación frente a los asistentes en el recinto para la conmemoración de este día.

 

Testimonio presentado por el equipo regional del SJR Colombia en Norte de Santander

22 de mayo de 2017

Historias que Tejen Sueños: Carmenza Delgado

“Si usted va a cultivar la tierra, hágalo con amor” 

La señora Carmenza tiene 40 años y vive en la vereda Patio Bonito. Es una mujer alegre que hace algunos años tomó la decisión de probar otras formas de cultivar la tierra para ver si era posible tener un vida con más paz: Nací en una época en que las mujeres no valemos nada, y por eso hago todo lo posible por dejarle un futuro diferente a mis hijos. Foto: archivo SJR Colombia

Mi nombre es Carmenza Delgado y tengo 40 años. Desde pequeña he vivido en la zona rural de San Pablo trabajando en lo que se me ponga en frente. Me crié en las minas y aprendí con mi papá a extraer el oro de la tierra. A veces, cuando me estoy quedando sin plata me dan ganas de salir corriendo otra vez a trabajar en eso… No para quedarme toda la vida, no, no, sino para sacar buena plata e invertirla en mis frutales.

Cuando me casé me fui a vivir al Bajo Taracué y tuve tres hijos con mi primer esposo. La verdad es que vivíamos de la coca, él raspaba mil arrobas, tenía una camioneta muy linda. Pero eso trae muchos problemas, por eso fue que lo mataron. Le robaron todo y a nosotros nos amenazaron y nos sacaron de la finca. Vivimos en el pueblo un tiempo pero la situación era muy difícil, entonces me fui a raspar a Patio Bonito y luego, con una plata que me salió de ayudas del Estado, me compré una tierra y empecé otra vez a sembrar coca.

Es que ese cultivo empieza a dar a los seis meses y a partir de ahí, cada dos meses se raspa, y por cada kilo que uno procese le dan dos millones trescientos. Todos acá tenemos poquita coca por el miedo a las fumigaciones porque eso es mucha destrucción, acaba con todo. Yo tenía un cultivo donde raspaba 200 arrobas, le hice dos raspas y con la plata que me quedaba arreglaba los potreros. Pero un día llegó el avión y fumigó mi plátano, mi yuca, mi ñame, todo, nos quedamos sin nada. Me fumigó hasta a mi que estaba embarazada, me mató la niña que tenía en la barriga. Le repito que eso trae muchos problemas, pero también es lo que le da la comida a uno.

Luego de todo eso me arriesgué con el SJR a sembrar cacao. Me dieron 2200 maticas, más 300 de plátano y 30 palos de aguacate, y luego me ayudaron con el zinc y las puntillas para la marquesina. Nos demoramos como dos meses sembrando el cacao entre mi marido y los pelados pequeñitos… Se me olvidó contarle que ahora tengo otra pareja y que con él tenemos tres hijos, serían cuatro, pero una me la mató una serpiente. Pero bueno, mi papá iba hoyando, un vecino lo ayudaba a ir midiendo, y nosotros le echábamos cal al hueco y enseguida el abono orgánico para ahí si sembrar la mata.

El mantenimiento también ha sido muy difícil, pero luego de tres años le puedo decir que mi cacao me está dando. Hace poco cogí los primeros frutos y me dieron trescientos mil pesos. Me toca ser bien ordenada porque siempre me gasto la plata en ropa y comida, pero tengo que guardar y ahorrar. Ese cultivo no nace de la noche a la mañana como la coca, pero por lo menos nos hace vivir diferente y le ayuda a pensar a uno en un mejor futuro. Ahora digo con orgullo que soy chocolatera.

Yo me siento contenta. Toca ponerle mucho amor a esto para que salga algo bueno, pues lo que uno no haga con amor no trae nada bueno. A mis hijos les he enseñado eso, a amar el campo y a cuidar las maticas que se siembran. Los chiquitos saben podar y abonar el cultivo de cacao, coger el fruto y ponerlo al sol, y uno de los mayores ya aprendió a injertarlo. Eso es lo único que les voy a dejar. Yo quiero una mejor vida que la que yo tuve para ellos. Cuando pequeña llegué hasta primero porque mis papás me pusieron a trabajar. A mis tres hijos mayores no les pude dar sino hasta octavo, y con los tres pequeños no quiero que me pase lo mismo. Tampoco quiero que se me vayan a buscar la guerra…

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El día 11 de septiembre del presente año, helicópteros del Ejército Nacional sobrevolaron la zona conocida como Cuatro Vientos en la vereda Patio Bonito, con el objetivo de realizar una operación militar contra integrantes del frente “Héroes y Mártires de Santa Rosa” del grupo guerrillero ELN. La tropa de la Quinta Brigada descendió sobre la finca de la señora Carmenza y abrió fuego contra su esposo Álvaro, quien estaba al lado de su hijo de tres años.

Los vecinos de Álvaro y Carmenza empezaron a llegar para acompañar a la familia y verificar lo sucedido. Al ver que el cuerpo quería ser levantado por parte de los integrantes del Ejército, se levantaron contra ellos. Tenían temor e ira de que se lo llevaran, de que le pusieran un uniforme para hacerlo pasar como un guerrillero más caído en combate.

Si bien la reacción violenta de los pobladores en contra del ejército no es justificable, esta se generó ante la sensación de injusticia que experimentaron y ante la ausencia de garantías de seguridad por parte de las autoridades locales. La reacción violenta de los integrantes del Ejército Nacional, que terminaron asesinando a un poblador argumentando un compromiso por la defensa de los Derechos Humanos y el respeto al Derecho Internacional Humanitario, si resulta totalmente cuestionable. El SJR Colombia no considera justificable una lucha contra el conflicto armado en el que las víctimas son los campesinos.

En el momento actual del país, esta situación es una oportunidad real para ponernos en los pies de la señora Carmenza, de sus hijos, de todas las familias de la región del Magdalena Medio, del país, que continúan siendo marcadas por el conflicto armado.

El Servicio Jesuita a Refugiados a partir del trabajo desarrollado durante años en las comunidades rurales de San Pablo – Bolívar, re-conoce a Carmenza como una mujer humilde y emprendedora, que trabaja por una vida digna y más bonita para sus hijos. Asimismo, lamentamos que haya tenido que pasar por esta situación y la acompañamos a ella, a sus hijos, a la familia de Álvaro y a los pobladores de la zona, en su lucha por no dejar en la impunidad la muerte de un inocente.

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Historias que Tejen Sueños: Omaira Lizarazo

A sus 36 años, Omaira Lizarazo García, lejos de la casa donde crio y educó a su hija menor, a la dulce Yurlei, conmemora el primer aniversario de su partida. Un año sin su hija, un año que para Omaira ha permitido sobrellevar un proceso de aceptación y duelo, del hecho ocurrido el pasado 4 de septiembre del 2015, en el corregimiento Las Mercedes, donde la belleza natural del territorio se ve empañada constantemente por la presencia de grupos al margen de la ley, siendo estos lo causantes del giro al ritmo de vida de la familia Prado Lizarazo. Foto: comunicaciones regional Norte de Santander.

“El domingo celebramos el primer aniversario de mi niña, su hermana y yo oramos por ella, pero para mi esposo todavía es difícil” comentó Doña Omaira. Y es que para Luis David Prado López es aún más complejo, pues los hechos que le dieron fin a la vida de su hija ocurrieron cuando él no estaba en casa, se encontraba en Cúcuta, la capital del departamento de Norte de Santander, siendo intervenido quirúrgicamente debido a un accidente que sufrió.

Un mes después del desplazamiento forzado, en una jornada itinerante permitió que la señora Omaira y su familia tuviesen la oportunidad de contactarse con el Servicio Jesuita a Refugiados (SJR) – Colombia. Desde aquel día inició el proceso de acompañamiento a esta familia. El acompañamiento legal y psicosocial que el SJR prestó a la señora Omaira y su familia les han permitido apaciguar el dolor por la pérdida de un ser querido, y el desalojo de la casa donde vivieron por tantos años, en el corregimiento Las mercedes, Municipio de Sardinata. Hoy tienen una vivienda digna, ubicada en el casco urbano de Cúcuta. Su hija mayor se encuentra estudiando en la universidad gracias al apoyo recibido, y ella, trabaja de manera informal para solventar los gastos de la casa.

La comunidad a la que llegaron los acogieron con brazos abiertos, Doña Omaira comentó que se siente segura después de mucho tiempo, y aunque extraña su casa, ella y su esposo no desean volver, pues hay muchos recuerdos que quieren dejar en el pasado para seguir adelante como lo han hecho hasta el momento.

Foto: comunicaciones regional Norte de Santander.Omaira, hoy es la presidenta de la Junta de Acción Comunal de su barrio. Entre sonrisas comenta que fue la comunidad quien la eligió para ocupar ese cargo, que sus vecinos la tienen muy en cuenta. Éste cargo le ha otorgado confianza en sí misma, ahora cree en ella y cree en el liderazgo que despertó; además cuenta con los ojos inundados de orgullo y alegría que su primer logro fue el mejoramiento de la cuadra donde vive, todo gestión de ella¸ ha aprovechado su tiempo para perdonar al destino y para acoger en su corazón el sentimiento de reconciliación.

 

Testimonio recopilado por el equipo regional en Norte de Santander del SJR Colombia

Noviembre de 2016

Historias que Tejen Sueños : Campo Elías

Recopilación: equipo regional Magdalena Medio

“Yo quiero un futuro en el campo”

A sus cincuenta y cinco años, siendo padre de dos hijos, el señor Campo Elías vive con Elvia, su esposa. Puerto Boyacá fue el lugar donde nació, pero la necesidad de encontrar un lugar que le brindara mejores oportunidades lo llevó hasta San Pablo, Bolívar. Actualmente vive allí, en el corregimiento de Cerro Azul, donde es presidente de la Junta de Acción Comunal. Él constantemente está buscando soluciones a todas las necesidades de su comunidad, pues cree que si el Estado invirtiera más en el campo, las futuras generaciones permanecerían en zona rural y estarían orgullosas de llamarse campesinas.

Mi nombre es Campo Elías García y, hace dieciséis años, vivo en San Pablo. Llegué con mi esposa Elvia y mis dos hijos al corregimiento de Cerro Azul y hoy en día tenemos una finquita con cacao, yuca, plátano, pasto y otros cultivos. Esto lo hemos conseguido con mucho esfuerzo, tuvimos que vender una casa que teníamos en Barrancabermeja y un lote en Cimitarra, Santander. 

 A mí, mis papás pudieron darme educación solo hasta que tuve catorce años y yo a esa edad pensaba en todo menos en estudiar, por eso trabajé desde niño en todo lo que la ciudad me ofreciera y nunca terminé mis estudios. Pero llega un momento en que uno se empieza a hacer viejo y las empresas ya no lo quieren contratar, entonces si uno quiere seguir vivo tiene que pensar qué hacer. Fue así cómo llegué acá, porque siempre me ha gustado la agricultura, entonces ¿por qué no vivir del campo?

 Había gente que me decía que no me fuera al sur de Bolívar porque iba a terminar cultivando coca y viviendo en guerra, pero así tocó. Yo no tengo cultivo de coca porque no quiero vivir pensando que en cualquier momento el gobierno mande las fumigaciones o erradicaciones y me dañen todo. Igual ya me han dañado algunos cultivos legales. Yo siempre he pensado que la coca no es la mala, la gente la cultiva porque le toca. En una región como estas donde no hay educación, salud, proyectos productivos, nada, la gente tiene que ver cómo hace para no dejarse morir.

 A mi cultivo de cacao yo le dedico mucho esfuerzo. Fue un apoyo que el SJR dio hace como dos o tres años a algunas familias. Teníamos la opción de elegir varios proyectos productivos como cítricos, aguacate, avicultura, piscicultura. La gente no sabía si el cacao era una buena opción porque ese cultivo se demora dos años en producir, darle vida es muy difícil. Entonces son dos años en los que uno le invierte sin recibir ingresos. Son dos años que uno tiene que trabajarle fuerte a otros cultivos para recibir algo de dinero. Yo me arriesgué y lo sembré, aprendí a cultivarlo por medio de la asistencia técnica que me prestaron y, a pesar de que ha sido muy duro, mi cacao ya está empezando a producir.

 La gente necesita los proyectos productivos para poder tener una buena vida. Yo quiero mucho a mi comunidad, por eso soy el presidente de la Junta de Acción Comunal. A veces es difícil lidiar con la gente, pero yo trabajo por el bienestar de ellos. Con el SJR también hemos recibido información sobre cómo manejar una junta, cuáles son los reglamentos y sobre nuestros derechos como ciudadanos. Recopilación: equipo regional Magdalena Medio

 Como le digo, la cosa es difícil pero ahí estamos buscando qué hacer. Yo quiero dejar algo bien bueno en la comunidad para ver si este país cambia en algo. Hasta el día de hoy, los niños de acá no tienen una educación de calidad porque desde que empezó eso de la educación contratada las clases empiezan dos o tres meses después. No hay bachillerato entonces los jóvenes se tienen que ir para San Pablo o quedarse a trabajar boleando rula, raspando coca o como no tienen capacitación o educación los inducen fácilmente a que terminen trabajando con los grupos armados.

 Yo creo en la paz, pero no creo que sea posible como se está haciendo ahorita. Es necesario que el gobierno haga la paz desde el campo, que le invierta para que así los jóvenes tengan cosas buenas en las qué trabajar. Para que en un futuro no vaya a pasar que la gente tenga hambre y esté tan cansada que la violencia aumente y se conformen nuevos grupos. Yo le tengo mucho miedo a los grupos armados y ahora la delincuencia aumenta día a día. A veces me da hasta miedo bajar a San Pablo porque qué tal me roben y me quiten lo poco que tengo.

 A mí sí que me ha tocado vivir la guerra por mucho tiempo. De acá del corregimiento, la comunidad se ha tenido que desplazar varias veces por bombardeos y combates porque minaron las tierras donde trabajábamos. Una vez en un enfrentamiento entre el ejército y la guerrilla hasta la casa mía llegaban balas que pasaban encima de nosotros, se veían como cocullos [1].

 

 

Testimonio recopilado por el equipo regional en Magdalena Medio del SJR Colombia

Octubre de 2016

 

[1] Insecto parecido a la luciérnaga.