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Cuando los derechos no migran

Cuando los derechos no migran

Por toda la casa va caminando un niño sonriente de 2 años y 11 meses. Se mueve de un lado a otro tratando de llamar la atención de las nuevas personas que visitaban su casa. Va al cuarto donde está un primo y le pide que juegue con él. El primo juega con él. Luego sale y va a la cocina llorando para que le den comida. Le dan comida. Finalmente regresa a la sala y Selena, su mamá, ya sabe que quiere que lo alcen y lo alza. Con el bebé, tranquilo sobre su regazo, comienza a relatar lo que ha vivido su familia en el último año.

—La situación se puso muy crítica en Venezuela— empieza a relatar Selena. —Ya no daba ni para comer, ni para vestir, ni siquiera para decir: “le voy a comprar un caramelo al niño” porque no alcanza, así usted trabaje todo el mes, no alcanza—.

Brianneyker Méndez es el niño que está en el regazo de Selena. Tiene tres años, y es el único hijo de ella y su esposo, Jesús Méndez. Los tres viven actualmente en Cúcuta, Norte de Santander. Son una familia proveniente de Socopó, Estado Barinas en Venezuela, que migraron por la difícil situación que enfrenta ese país.

En Venezuela Jesús era mecánico de motos. Con su empleo podía sostener  a su familia, pero el dinero que ganaba le alcanzaba cada vez menos para comprar lo necesario. Ante la crisis económica, decidió migrar para conseguir un empleo en otro país, ganar en otra moneda y enviarle dinero a su familia. Escogió irse a Perú. Un conocido de él, que también era mecánico, se había ido para allá y le estaba yendo muy bien. Entonces Jesús vendió todas sus herramientas de trabajo, reunió el dinero de los pasajes y faltando una semana para partir comenzaron las dificultades.

—Resulta que en esos días [antes de viajar] le había dado una fiebre muy fuerte, muy fuerte, y le reventó como un herpes— relata Selena sobre lo que le ocurrió a Jesús en su ojo derecho. —Él pues ya tenía el viaje. Había vendido todas las herramientas y no teníamos más que hacer. Estábamos como entre la espada y la pared. Entonces él decidió comprar unas góticas para la irritación porque no sabíamos realmente qué tenía y se fue—.

 El viaje de Jesús a Perú duró siete días. Siete días en los que el estado de su ojo iba empeorando.  Una vez llegó, alcanzó a trabajar una semana en construcción, pero luego tuvo que ir al hospital a que le trataran su ojo. Todo el dinero que había ganado en una semana tuvo que invertirlo en medicamentos, pues los médicos le explicaron que el herpes que le había dado en Venezuela estaba muy avanzado y le causó una bacteria que perforó su córnea.

 —Él no tenía ayuda de nadie allá— cuenta Selena, —el único muchacho que le estaba ayudando también trabajaba… Decidimos entonces que yo me viniera para acá [Cúcuta] , y que él  también se viniera—.

Jesús llegó desde Perú al hospital Erasmo Meoz, en Cúcuta. Los médicos le dijeron que la bacteria estaba muy avanzada, y de urgencia le hicieron un procedimiento para detener el deterioro de su salud. Según cuenta Selena, fue un procedimiento sencillo que consistió en que —de la misma córnea de él, le quitaron un pedacito y le taparon la perforación—.

Tras ese procedimiento, Jesús necesitaba más operaciones y citas médicas para recuperar plenamente su salud. Sin embargo, cuenta Selena (quien ya había llegado a Cúcuta) que en el hospital le dijeron: —“nosotros no la  podemos ayudar más porque aquí el sistema es así, y él no es colombiano, él no tiene cédula colombiana”—.

Sin saber qué más hacer, Selena y Jesús viajaron a Venezuela con la esperanza de que allá lo operaran. En ese país, una doctora les colaboró y le hizo una de las operaciones que Jesús necesitaba en su ojo. Cuando regresaron a Colombia, el JRS los apoyó con una cita médica de oftalmología en donde el médico les explicó que debían esperar seis meses más, para evaluar la evolución de la cirugía que le hicieron en Venezuela y continuar con las demás operaciones.

En ese momento, Jesús y Selena se acercaron a la oficina del JRS donde los orientaron sobre cómo acceder al derecho a la salud en Colombia. Debían inscribirse en el censo RAMV (Registro administrativo de migrantes venezolanos) que hizo el gobierno colombiano, para luego sacar el PEP (Permiso especial de permanencia) e inscribirse con ese documento al sistema de salud. Ellos se censaron en el RAMV, y ahora están a la espera de los demás trámites para acceder a la salud.

Selena sigue sentada con el niño en sus piernas. Su hijo y su esposo, que está parado a espaldas de ella, la escuchan atentamente. Selena habla rápido por su acento, pero cuando recuerda los momentos más difíciles de su historia, acelera más cada palabra. Culminando su relato, Selena dice —gracias a Dios [Jesús] ha estado estable, pero tiene un año que él no puede hacer nada. No puede trabajar, y pues se nos ha complicado todo un poco debido a eso—.

Con esmero Selena cose con dos máquinas antiguas para obtener algo de dinero y Jesús le ayuda a un muchacho en lo que puede para sustentar a su familia. No es fácil la situación: deben cubrir los gastos de su familia, los medicamentos de Jesús y construir nuevamente su vida en un nuevo país.  A pesar de las dificultades siempre tienen un motor que los impulsa  a enfrentar cada reto —la familia y mi hijo— afirma Selena —o sea, como sea, ¡pero estamos juntos, unidos!—.

En Colombia los venezolanos que no están en situación regular no tiene acceso pleno a la salud. Solo pueden acceder a los centros médicos cuando tienen una urgencia. Allí los estabilizan, pero no les brindan los medicamentos o procedimientos posteriores a la urgencia, a pesar de que el derecho a la salud abarque más que la atención de una situación inminente. Así, la falta de seguimiento oportuno a afecciones sencillas como la que le dio a Jesús en Venezuela, desemboca en graves problemas de salud como el que él sufre hasta el día de hoy.

—La única posibilidad que vemos es luchar poco a poco mientras le sale la afiliación al sistema de salud— dice Selena, —y pues gracias a Dios, Jesús se pueda operar—. Mientras tanto, su hijo, el niño que estuvo en el regazo de Selena durante toda la historia y que en este momento se baja de sus piernas, es y seguirá siendo el motivo más fuerte para seguir perseverando cada día.

Servicio Jesuita a Refugiados

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