• (1) 2456181
  • comunicaciones@sjrcolombia.org

Historias que Tejen Sueños: Nemecia Sampayo Pérez

Historias que Tejen Sueños: Nemecia Sampayo Pérez

La señora Nemecia de 54 años nació en Majagual, Sucre, pero fue bautizada y registrada en Magangué, Bolívar. Reside en el municipio de San Pablo, Bolívar, donde, en los últimos diez años, ha empezado a construir su proyecto de vida en torno al campo. Ahora se ha propuesto certificar su finca para que su cacao sea comercializado en mercados a los que, debido a las condiciones de su municipio, no ha podido acceder. El testimonio de la señora Nemecia es una muestra del empoderamiento de las mujeres en las zonas rurales. Foto: equipo regional Magdalena Medio - SJR Colombia.

Mi nombre es Nemecia Sampayo y vivo en San Pablo. Llegué al pueblo con mi abuela cuando tenía seis años. Me acuerdo que a veces visitaba fincas con un tío, pero el resto del tiempo me la pasaba por acá. Ahora es muy distinto porque prácticamente me la paso en mi finca que queda en una vereda que se llama Bodega San Juan y solo vengo de vez en cuando al pueblo, por ejemplo, cuando hay una urgencia ¡Como da de vueltas la vida!

Mi esposo Alonso es profesor de agropecuaria en un colegio de acá y le va muy bien. Yo creo que es porque le gusta mucho el campo y la enseñanza. Aunque él nunca me ha negado nada, sino por el contrario me da lo que le pido, yo quería tener mi platica para no tener que estar pida y pida. Ahí fue cuando empecé a vender por catálogo: ropa, implementos de aseo, utensilios de concina y muchas cosas más. Esto me gustó al principio, pero luego cuando iba a cobrar la gente me recibía de mala gana o no me pagaba y eso me fue enfermando, me daban dolores de cabeza muy fuertes y un estrés que no me dejaba salir de la casa.

Fue para esa época que Alonso llegó y me dijo que hiciera otras cosas, que empezara a estar pendiente de un proyecto de cacao en el que se había metido porque a veces no tenía tiempo de ir hasta Bodega. Yo iba de vez en cuando y me sentía bien en el campo, pero no me gustaba quedarme mucho porque tenía miedo. Eso fue en el tiempo en el que entraron los paramilitares al pueblo. Fue cuando más hicieron daño, preciso en el año 2005 salió el proyecto del cacao. Entonces yo me iba a la finca y estaba tranquila, pero luego me ponía a pensar que de pronto estando tan solos y tan alejados del pueblo nos podían hacer algo y me devolvía corriendo para no estar sola.

Afortunadamente después de que pasa la tormenta viene la calma. Empecé a ir más seguido a la vereda y me di cuenta que la plata que le invertía Alonso a esa finca no se le veía porque los animales se comían todo y porque pagar obreros es muy caro. Al final, de un día para otro, decidí venirme de manera permanente y empezar a trabajar la finca. Con el cultivo de cacao fue muy difícil porque antes habían sembrado coca y las fumigaciones fueron esterilizando la tierra, entonces no crecía nada y, además, tampoco recibíamos asistencia técnica y muchas planticas de esas se murieron.

Luego llegó el Servicio Jesuita a Refugiados con menos plantas, pero con mucho más apoyo. Los técnicos venían acá muy seguido y nos hacían visitas a las fincas en las que nos decían: ‘el hueco es de tanto por tanto, se le hecha esto y esto’. Le iban explicando a uno. También nos hicieron talleres con algunas personas de las veredas en los que aprendimos a hacer abonos orgánicos como Caldo Súper 4 o Compostaje y eso nos ha ayudado muchísimo porque, además de que las plantas crecen, hemos ayudado a que la tierra ya no sea tan estéril. Yo por allí abajo tengo un pedacito de tierra en el que echo las cascaras del cacao y cal y hago abono.

Hace poco un amigo de mi adolescencia vino a la finca, me empezó a hablar de certificar la finca y empecé a averiguar. Me contaron que eso servía para que mi cacao lo pudieran vender en mercados fuera de San Pablo y eso me llamó mucho la atención, porque yo a veces bajo a vender en el Mercado Campesino del pueblo, pero a la gente no le gusta apoyar al campesino, prefieren ir a comprar al supermercado chocolate que venga en un empaque bonito y ni siquiera piensan la cantidad de químicos que tiene eso.

Ahora último he aprendido, también, muchas cosas que me sirven para cuidar mi finca. El Servicio Jesuita a Refugiados nos ha explicado que es importante cuidar el medio ambiente, que hay que proteger las fuentes hídricas para poder seguir teniendo agua en la misma cantidad e igual de pura como nos llega, que no hay que quemar y que, si es posible, hay que sembrar árboles. También para nuestra salud es bueno guardar en una bodega todas las herramientas y productos que usamos en los cultivos. Porque yo no sabía, por ejemplo, la vaina de los venenos de los canecos y uno los medio enjuagaba, los cogía para beber agua y ahora los perforamos, los lavamos y los metemos en una caseta para luego reciclarlos.

Yo estoy muy feliz en mi finca y pienso quedarme acá el otro siglo de vida que me queda para seguir aprendiendo. A mí me gusta mucho criar animalitos, perros, gatos, gallinas, patos y mis dos caballos. Además mi salud acá es muy buena porque todo lo que como es natural y si me enfermo en algún momento, tengo un montón de hierbas medicinales que me ayudan más que los medicamentos que siempre me receta el médico de San Pablo cuando me atiende.

 

Testimonio recopilado por el equipo regional en Magdalena Medio del SJR Colombia

 

Servicio Jesuita a Refugiados Colombia

El Servicio Jesuita a Refugiados (SJR) es una organización de la Compañía de Jesús, fundada en 1980 por el Padre Pedro Arrupe, Superior General de los Jesuitas, con el objeto de acompañar, servir y defender los derechos de los refugiados y las personas en situación de desplazamiento. En Colombia el 8 hace presencia desde 1994 y ha venido trabajando con Población en Situación de Desplazamiento (PSD) desde 1995. “Actualmente ofrece asistencia a PSD en educación, asistencia en salud, nutrición, proyectos productivos, incidencia política, derechos humanos, y servicio social en general.”

Compartir
Compartir